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A la democracia occidental le cuesta respirar con ritmo sereno

Alejandro Katz

El ritmo de la respiración cambió en el mundo atlántico: si durante muchos años, cuando menos desde la caída del Muro, Occidente respiró pausada, regularmente, sin sobresaltos, hace por lo menos una década padece jadeos y apneas, se agita. Los primeros sobresaltos se produjeron en la crisis de 2007 y 2008, y fueron más intensos cuando Trump ganó las elecciones o cuando se votó en Gran Bretaña a favor del Brexit. Por el contrario, cuando Trump perdió las elecciones se oyó una larga exhalación, un suspiro aliviado, al cabo del cual, sin embargo, un carraspeo seco nos recordó que, finalmente, aun perdiendo Trump obtuvo casi 75 millones de votos, y 91 millones de abstenciones dijeron de algún modo que ni su presidencia ni su persona eran tan aborrecibles política ni moralmente como para que mereciera la pena ir a votar.

Son esas dificultades respiratorias las que hacen que en foros académicos, en encuentros intelectuales o en los medios de comunicación se repita la misma pregunta: ¿sobrevivirán las democracias? Porque los jadeos, las apneas y las mioclonías suelen ser los síntomas de una respiración agónica, que estaría indicando que a la democracia comienza a faltarle el oxígeno.

A diferencia del estado de ánimo dominante en Occidente en la última década del siglo pasado, cuando la convicción era que los Estados que todavía no se habían incorporado al torrente democrático lo harían a medida que la globalización llevara prosperidad e información a poblaciones cuyas demandas pasarían de lo material a lo político, el estado de ánimo del presente, de un presente que empezó antes de la pandemia y que se prolongará, seguramente agravado, cuando ella haya terminado, es más bien sombrío, como lo prueba la gran cantidad de títulos de los más lúcidos académicos que interrogan las causas de la fatiga democrática del mundo contemporáneo.[1]

Algo ocurrió, digamos, entre 1992, cuando Francis Fukuyama nos informó que había llegado la hora de deponer las armas del pensamiento político, dado que el espíritu hegeliano había encontrado su absoluto bajo la forma de la democracia liberal y por tanto la Historia, entendida como la fuerza cuyo propósito era alcanzar tal destino, estaba concluida, y 2020, cuando esa Historia que Fukuyama había enviado al exilio por la puerta de servicio de Occidente regresó por la entrada principal, arrinconándonos con la pregunta que formulan Ziblatt y Levitsky: ¿por qué un creciente número de democracias se vuelven vulnerables a la destrucción producida desde adentro?

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La democracia moderna no fue desde sus inicios ese gobierno “del pueblo, por el pueblo, para el pueblo” que famosamente reclamara Abraham Lincoln, sino más bien uno cuya esencia residía “en la total exclusión del pueblo, en su capacidad colectiva, de cualquier participación en el gobierno”, tal como habían escrito Hamilton y Madison.  Para los Padres Fundadores de la democracia norteamericana, la antigua democracia griega no era un modelo a imitar; era más bien algo que debía evitarse: era “el gobierno de la muchedumbre revoltosa”, y no por causa de las características particulares de cada individuo. Madison opinaba que, aun si cada ciudadano de Atenas hubiera sido un Sócrates, la asamblea no habría sido más que una turba.

Pero desde aquel diseño original la democracia mutó, y fue dejando de ser solo un régimen que protege al individuo del estado y que representa el interés de élites establecidas de una vez para siempre, para ir convirtiéndose sobre todo en un dispositivo de acceso, un mecanismo complejo que en ocasiones funcionó  aceitadamente y en otras con rispideces, pero que se configuró fundamentalmente para dejar entrar. Es, de hecho, el único régimen político de lo abierto, en oposición a todos los otros regímenes -la oligarquía, la dictadura, la aristocracia, la monarquía- que lo son de lo cerrado. Que la democracia sea un mecanismo de ingreso no significa que no interponga barreras. Hay, por el contrario, una tensión entre abrir y cerrar, permitir e impedir. Pero siempre hay una permeabilidad. Eso permitió el voto de los varones no propietarios, de las mujeres, de las minorías étnicas, de los extranjeros, el casamiento civil y el divorcio, el matrimonio igualitario…

Y permitió, sobre todo, que el crecientemente complejo edificio de las sociedades modernas continuara elevándose sobre la solidez de su piedra fundamental: la idea de progreso, una idea que indica a la vez movimiento -en oposición a la quietud de las sociedades tradicionales- y dirección, sentido: no cualquier movimiento, sino uno que aleja a la vez del mundo de origen -de los oficios, de las creencias, de la casa y el pueblo paternos, pero también de las elecciones políticas, de las opciones sexuales y, en el extremo, del sexo mismo heredado de la biología. Origen ya no es destino, y el movimiento que aleja del origen es un movimiento hacia la autonomía personal que implica ascenso social.

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La democracia ya no está funcionando de ese modo. No solo en las últimas décadas ha aumentado la desigualdad sino que la movilidad social está declinando, si es que no se ha detenido completamente; el debate político se ha vuelto partisano y casi religioso, enfrentando bandos decididos a no moverse de sus posiciones; las instituciones que tradicionalmente se dedicaban a cuestionar la ortodoxia, como las universidades, han desertado de ese rol: todo ello está distorsionando si es que no directamente destruyendo la capacidad de la democracia de ser un dispositivo de ingreso. La lógica de la frontera, sobre la cual se ejerce un poder restrictivo, pero que es fundamentalmente un mecanismo diseñado para permitir pasar, es sustituida por la lógica del muro.

Pero el muro no es solo el que divide a los territorios nacionales entre sí. Los 40 norteamericanos más ricos poseen una riqueza superior a la de los 185 millones de norteamericanos más pobres. Esta no es solo -aunque también lo sea- una medida de la desigualdad: es una descripción de un tipo de sociedad que solo con una enorme fuerza de voluntad puede seguir llamándose moderna. Una sociedad de la que ha desaparecido, o está desapareciendo, lo que es característico de las sociedades modernas y, especialmente, de las sociedades democráticas: la clase media. De hecho, como tan dramáticamente han mostrado Angus Deaton y Anne Case[2], la población blanca, sin estudios universitarios, es el único grupo demográfico de los Estados Unidos cuya expectativa de vida ha declinado desde que hay estadísticas. El indicador con el que el mundo contemporáneo ha querido jactarse de sus logros a la vez sociales y científicos -el incremento constante de la esperanza de vida- ha comenzado a estropearse. Case y Deaton lo llaman “muertes por desesperación”.

Por  supuesto , no es necesario mirar a los Estados Unidos, y si lo hacemos es para señalar que estamos ante una tendencia si no global cuando menos extendida en Occidente, y que nuestro país no solo no está fuera de esa tendencia sino que, en la historia reciente, es el que más rápidamente ha recorrido ese camino: de ser una sociedad razonablemente integrada y cohesionada hasta el último cuarto del siglo pasado, ha producido unos niveles de pobreza y desigualdad que en otros rincones de América Latina son resultado de la mal procesada conquista española durante cinco siglos y en África consecuencia de la empresa imperial extractiva, incluido el sanguinario comercio de esclavos.

Si queremos seguir considerando a la democracia como ese dispositivo que permite el acceso, entonces la pregunta no es si la democracia sobrevivirá sino si es posible reanimarla. Si no encontramos el modo de hacerlo, no solo no habrá democracia, sino que nuestra comunidad política misma proseguirá la senda de descomposición en la que hace ya largo tiempo ha entrado.


[1] Richard Haass,A World in Disarray; Timothy Snyder, Sobre la tiranía; Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias; Jason Stanley,How Fascism Works; Yascha Mounk, The People vs. Democracy; Masha Gessen, Surviving Autocracy; Anne Applebaum,Twilight of Democracy; Balint Magyar, Post-Communist Mafia State; Edward Luce, The Retreat of Western Liberalism;T. Ginsburg y A. Huq,How to save a Constitutional Democracy; M. Graber, S. Levinson y M. Tushnet (eds.), Constitutional democracy In crisis?

[2]Anne Case y Angus Deaton,Deaths of Despair and the Future of Capitalism, Princeton University Press, 2020

publicado en Revista Ñ, 19/12/2020

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