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Alguna vez la justicia llega

Rogelio Alaniz

No estoy seguro de que sea justo alegrarse porque alguien vaya preso. De lo que sí estoy seguro es que como ciudadanos nos asiste el derecho de manifestar nuestra satisfacción porque aquellos poderosos que corrompieron lo que tocaron con la impunidad de quienes creían que ni en el cielo ni en la tierra los iban a molestar, hoy estén entre rejas.

No me molesta el show. No participo de él, pero no me molesta. El show mediático parece ser inevitable en las sociedades contemporáneas, sobre todo cuando sus partícipes son personajes del poder. Néstor y Cristina a esta verdad se la saben lunga. El populismo criollo vive del show, por lo que no deberían sorprenderse cuando el guión de pronto incluye sus repentinas e inesperadas caídas en desgracia.

No me parece mal que a un corrupto se lo lleven preso y algunas imágenes testimonien para la historia ese momento. Puede que haya algunas exageraciones, algunos toques de mal gusto, pero sinceramente no me voy a poner a llorar porque el señor Amado Boudou pose descalzo en una foto. Y por una vez en la vida su risa histérica haya devenido en una mueca de estupor y desolación. No lo disfruto. Pero tampoco pierdo el sueño.

En un país donde desde hace algunos años la impunidad parecía obstinarse en imponer sus fueros, es estimulante para los ojos y para el espíritu, pero sobre todo, es justo, que los poderosos alguna vez paguen por sus tropelías. O, por lo menos, se asusten un poco. Repito: los poderosos. Porque de eso se trata. De Vido, Báez, Jaime, Boudou no son militantes populares, mártires sociales, objetores de conciencia. Ni por cerca. Son ladrones. Ladrones y multimillonarios. Personajes que se han valido del poder y de los relatos del poder para saquear los recursos públicos.

¿Serán en verdad culpables? Lo tendrá que resolver la justicia. Pero como ciudadano no necesito del fallo de los jueces para elaborar mi propia opinión. Sobre todo cuando las evidencias están a la vista. No niego a los jueces, ni a las instituciones como algún imbécil podría suponer. Lo que digo es que la verdad jurídica importa, pero no es exclusiva. Y que a veces la opinión del ciudadano está más cerca de la verdad que un fallo de la justicia.

Si –por ejemplo- los jueces dicen que Al Capone es un evasor de impuesto y yo digo que es un jefe mafioso, es probable que yo esté más cerca de la verdad que los honorables jueces. ¿Se equivocan, mienten? A veces sí, a veces no. Pero lo que importa saber es que un fallo judicial es en más de un caso la verdad posible o la verdad mínima. Una verdad que surge de la confrontación entre puntos de vista diferentes y, sobre todo, de intereses diferentes. Acato el fallo judicial, pero no renuncio a las exigencias de la razón, la inteligencia y, en más de un caso, el sentido común, ese sentido común que me dice que Boudou es un malandra.

Supongo que la mayoría de la gente comparte estos deseos de justicia. No quiero ni escraches, ni linchamientos públicos, ni apremios ilegales. Los condeno. Pero en nombre de estas justas objeciones no se puede dejar abierta una puerta o un portón a la impunidad, a los responsables de muchas de las desgracias que nos afligen a los argentinos.

La ley dispone de sus tiempos y de sus mesuras. Pero la ley si quiere ser lo que se propone, sino quiere distanciarse de la justicia, no puede condenarse a la impotencia. Y es la impotencia el lugar que le asignan quienes a veces con malicia y a veces con las mejores intenciones leguleyas recurren a un purismo que no es de este mundo y mucho menos se compadece con el chiquero de la política criolla.

Por otra parte, y en homenaje al realismo, a no entusiasmarse demasiado. Estos procesos de purificación social no duran mucho ni suelen ir muy lejos. Los poderosos se la suelen ingeniar para aliviar sus situaciones. Es lo que mejor saben hacer. Así que por lo tanto, disfrutemos de esta breve “fiesta” mientras podemos y nos dejen.

No está mal por lo pronto que los corruptos de ayer, de hoy o de mañana sepan que en algún momento pueden pagar por sus fechorías. No está mal que los chicos, los jóvenes, el hombre común de la calle vean que, a pasar de todo, la justicia en algún momento resplandece. Es verdad que el show tiene su costado detestable, pero de una manera oblicua, a veces inesperada, ejerce su pedagogía.

No me sorprende el silencio de los kirchneristas, salvo las bravuconadas del Morsa Fernández y el judeofóbico de D’Elia. Es que se puede ser alienado, fanático o estúpido, pero hay evidencias que encandilan con su luminosidad, verdades que golpean en la mandíbula. Es que se hace muy difícil ser honesto y defender a Boudou o a De Vido o a “la que te dije”.

Sí me sorprenden algunas objeciones de algunos no peronistas, quienes pareciera que están afligidos por lo que sucede, tal vez porque no terminan de asimilar que el peronismo fue derrotado en las urnas y suponen que por esa derrota hay que pedirles disculpas a los peronistas, disculpas que, dicho sea de paso, no las piden y tampoco las necesitan.

¿Que la detención de Boudou o la de DeVido fue algo desprolija? Es posible. Dejo a los juristas dilucidar esa duda. Digo como ciudadano que tal vez fue desprolija, pero con seguridad que fue justa. Y al respecto seamos claros: la desprolijidad no es Boudou descalzo, el chiquero moral, el asco metafísico, el escándalo no es que Boudou salga descalzo en una foto, sino que haya sido vicepresidente de la Argentina. Que este personaje sacado de los rincones más sórdidos de la picaresca y el rufianismo haya ocupado el cargo que en algún momento ocuparan Adolfo Alsina, Elpidio González o Víctor Martínez quien nunca deberá sufrir los sobresaltos de que la policía allane su casa, porque esos sobresaltos no suelen inquietar a las personas decentes.

En la Argentina que vivimos las desprolijidades son inevitables como el mal aliento. Tenemos la justicia que tenemos, tenemos los políticos, los empresarios y los sindicalistas que tenemos. Admitimos que el Estado ha sido saqueado y corrompido por el malón populista. Y sin embargo, la vez que se insinúa algo parecido a la justicia nos ponemos a toser porque Boudou salió descalzo en una foto o a De Vido lo retrataron con traje a rayas.

No me chupo el dedo con Ariel Lijo. Es evidente que quiere limpiarse sobreactuando una decisión que debería haber tomado hace años en lugar de cajonear expedientes y postergar indagatorias. Lijo no es un juez probo, pero me guste o no es un juez. Un juez que impulsado por el miedo, el oportunismo o lo que sea, se vio obligado a tomar -tal vez por primera y última vez en su vida una decisión justa.

Para todos aquellos que están algo afligidos por la detención sorpresiva de Boudou, a todos aquellos que les parte el corazón sus aires de “carmelito descalzo”, les recuerdo que en la Argentina que vivimos, si algo hay que objetarle a la justicia que tenemos es

su exasperante lentitud, no su temeraria celeridad. La causa de Menem tiene casi veinte años. Y ahí anda el hombre: alegre y saltarín, correteando por los Llanos de La Rioja. De Vido fue denunciado hace diez años. Boudou hace siete. La Señora sumando causas todas las semanas. En el camino quemaron expedientes, borraron pruebas, cesantearon jueces y fiscales y se cagaron de risa de todos nosotros. También, dicho sea de paso, se lo llevaron puesto a Nisman.

Entiendo los tiempos de la justicia. Pero una cosa es el tiempo y otra la inmovilidad. Ese inmovilismo que pareciera que aspirara a confundirse con la eternidad. Y cuando los expedientes deciden empezar a moverse, a sacudir las telarañas y los hongos, algunos de nosotros nos ruborizamos y se nos enronquece la garganta porque Boudou está descalzo o la policía interrumpió su sueño reparador de bello durmiente.

Aquellos que responsabilizan al Gobierno por estas detenciones o le exigen o le solicitan que intervenga para poner límites, también les recuerdo que la exclusiva responsabilidad del actual gobierno es la de haber propiciado un clima político para que los responsables de la cleptocracia kirchnerista rindan cuentas por sus fechorías. Nada más y nada menos. Es más, a contramano de lo que se cree de manera apresurada y algo falaz respecto de un gobierno que manipula a los jueces, lo que la realidad se empecina en demostrarnos es que estos jueces, a veces en nombre de la justicia, a veces en nombre del oportunismo, a veces en nombre de rencillas internas, actúan con independencia, una independencia que, es verdad, en algunos casos se parece a la indecencia.

Para mi satisfacción, estimo que el gobierno ha manejado el tema con bastante discreción y recato. Sin demagogia ni golpes bajos. ¿O es que ahora Macri tiene que pedir perdón porque Boudou o De Vido están presos y el sonido metálico y desafinado de las cadenas merodea por las inmediaciones de la justicia?

publicado en www.lt10.com.ar, 5/11/2017

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