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Almas bellas que militan con fervor en el «partido del bien”

Jorge Sigal

“A mí me llaman ‘cal El Milagro’, sirvo para blanquear». El profesor Alfredo Bravo, hombre culto y honesto que se afilió al Partido Socialista cuando era casi un niño, solía repetir la ingeniosa frase cada vez que un gobierno o un frente electoral lo convocaba para algún cargo público o una candidatura. Se la escuché decir -entre carcajadas-, a mediados de los 80, luego de rechazar una de esas propuestas. A pesar de los múltiples rechazos, aquel intelectual ocupó varias funciones en la democracia y murió como diputado nacional en 2003. La anécdota viene a cuento de una tradición, muy arraigada durante el siglo XX, por la cual el pensamiento se consideraba un insumo esencial de las elites. Política y teoría iban juntas.

«Hacer política», «militar», «activar» eran por entonces sinónimos de discusión ideológica. Y, por tanto, artistas, novelistas, poetas, ensayistas y docentes constituían un insumo imprescindible. Hoy parecería que las cosas han cambiado. Según Jaime Durán Barba -basado en su enorme experiencia como estudioso de la opinión pública-, esa liga no pesa en las decisiones del electorado. No trae votos. Fue.

Sin embargo, como las matemáticas no lo explican todo, cuando asoma la temporada alta de elecciones, cualquier líder que se precie sigue requiriendo de un guiño, una mirada, y si es posible una caricia, de esa legión de voces potentes, altivas y glamorosas. Los intelectuales lubrican la lucha por el poder, ponen miel donde hay espinas, les dan una razón de ser al cálculo y la especulación. Entonces todos, absolutamente todos los candidatos, empiezan a prestarles atención a los «trabajadores de la cultura», como los denominó la Internacional Comunista para brindarles un estatus preferencial en el reino del proletariado.

La teoría blanqueadora -que con picardía y calidez esbozaba el maestro Bravo- tiene un antecedente, en verdad una versión cínica y perversa creada en la década de 1920 por un sofisticado espía soviético llamado Willi Münzenberg. Por supuesto, este agente de NKDV (la abuelita rústica de la KGB), que supo ganarse la confianza de Lenin y Stalin, no tenía una pizca de ingenuidad. Willi era un fanático y disciplinado combatiente, un convencido de que las grandes batallas se libran no solo en el terreno militar. Ciudadano alemán de escasa formación académica, el joven militante poseía sin embargo una sabiduría intuitiva que supo deslumbrar a los jefes bolcheviques. Se jactaba de que su especialidad era masajear la vanidad de aquellas personas sensibles que trajinaban el mundo de las pasiones creativas. Propuso entonces construir una gran red para seducir a los más destacados creadores, artistas y pensadores de su tiempo. Lo logró, y con creces.

Instalado en París, provisto de suculentos fondos suministrados por la caja de la revolución, el astuto agente de inteligencia salió a cazar egos por dos continentes. En poco tiempo, los principales referentes de las culturas europea y estadounidense ya integraban su colección. Ernest Hemingway, John Dos Passos, Guy Burness, André Malraux, André Gide y Bertolt Brecht fueron algunos de los primeros alistados. Pero siguieron miles. Nadie por entonces quería estar fuera de la crème de las buenas conciencias. La izquierda era el bien; la derecha, el mal. Instalar ese sentido común fue la clave del éxito de la misión Münzenberg.

El fin de la inocencia, una minuciosa biografía sobre el poderoso espía germano-soviético escrita en 1997 por Stephen Koch, explica las profundas motivaciones que inducían a las bellas almas hegelianas a caer en las redes del astuto topo: «El ansia de justificación moral para la propia vida es una de las necesidades más profundas, una de las fuerzas más poderosas e intrínsecamente humanas que existen». Aquel cerebro de la inteligencia soviética -continúa el escritor norteamericano- «alentó lo que podría considerarse la mayor ilusión ética del siglo XX: la idea de que el principal escenario de la vida moral, el verdadero reino del bien y del mal, era la política. Él fue el organizador invisible de esa modalidad, indispensable en una cultura de oposición al sistema, que podríamos llamar política del bien».

Willi les brindaba a sus seguidores sedientos de redención el combustible que necesitaban: un sustituto de la fe religiosa. «Ofrecía a todos sin excepción un papel en la búsqueda de la justicia. Al definir la culpabilidad (el capitalismo), proponía indulgencia a sus seguidores. Y millones lo aceptaron», remata Koch. Aunque en público era un profeta de nobles causas, ante sus jefes y colaboradores íntimos, Münzenberg -que apareció convenientemente muerto en 1940 en una zona montañosa de Francia- nunca ocultó cierta mirada despectiva hacia sus ilustres reclutas. Decía que integraban «clubes de inocentes», núcleos de gente buena y confiada que prestaba un servicio a la gran causa de los obreros sin tener que ensuciarse con las ingratas tareas que suele demandar la lucha por el poder. Así logró, por ejemplo, que los socios de su selecta grey ignoraran cuando en la URSS se asesinaba a millones de personas en las purgas estalinistas. Las acusaciones («maniobras de la derecha») rebotaban ante la fuerza gravitante de la convicción y el fanatismo.

En la Argentina reciente, el kirchnerismo supo desempolvar aquella metodología de la coartada perfecta. Los clubes de inocentes nacionales y populares se nutrieron de una fórmula que resultó -puesta en escala, por supuesto- tan infalible como la vacuna de Willi. Néstor y Cristina Kirchner, que no registraban antecedentes en ninguno de los movimientos de derechos humanos que se forjaron para reclamar por los crímenes de la dictadura, apuntaron directo al corazón de los carenciados de fe. Por un precio módico, más simbólico que real, se adueñaron de una historia que no les perteneció, la convirtieron en relato encantado y salieron a cazar voluntades en los foros nativos del bien.

Un poco aligeradas, con actores políticos algo degradados, aquellas consignas de los tiempos de utopías totalizadoras volvieron a irrumpir en escena. El poder patentó una marca ajena, le dio rango de creencia y la utilizó sin pudor. La receta funcionó. El ruido de los deseos tapó la realidad del latrocinio. Aquí tampoco nadie vio nada. Ni corrupción, ni pobreza extrema, ni abusos de poder. Sentimiento mata razón.

Por supuesto que no toda la intelectualidad se dejó seducir por el canto de sirena del progresismo populista. Centenares de figuras del pensamiento marcharon a contramano de la política oficial, se sublevaron ante el discurso único y generaron un sentido común de resistencia. Pero, al estilo Münzenberg, los estrategas de la doctrina oficial forzaron a sus oponentes a convertirse en minorías disidentes. Se podía estar en contra, claro. Pero había que explicar por qué. La verdad era única. Lo otro, pura desviación. Así se construyó la historia oficial.

Sería imprudente, y sobre todo injusto, afirmar que los políticos se aprovechan de los creadores de cultura. Ni los primeros son tan inteligentes (y malditos) ni los segundos tan nobles (y tontos). Es una relación que suele alimentarse por una doble necesidad. Cambiar las condiciones de vida es una motivación propia de los creadores; conducir ese cambio es tarea de los políticos. Pero, como enseñaba Raymond Aron -el enfant terrible que en los 50 se rebeló ante el dogmatismo ciego de la izquierda-, son los intelectuales los que deben cuidarse de las tentaciones mesiánicas porque «hay una actividad humana que puede ser más importante que la política: la búsqueda de la verdad».

publicado en La Nación, 9/5/2019

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