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Argentina parece lo mejorcito de una Sudamérica en crisis

Oscar Muiño

Pese a su retroceso económico-social y el impulso de los núcleos duros del kirchnerismo y el macrismo hacia una grieta política, cultural y hasta clasista, la sociedad argentina está exhibiendo la conducta más tolerante de la región. Sólo superada por la República Oriental del Uruguay, que aguarda su segunda vuelta electoral. En la primera, a diferencia del resto del mundo, las consultoras acertaron los resultados. Ahora pronostican la derrota del Frente Amplio.  Natural: tres mandatos tuvo el Frente Amplio, tres duró el kirchnerismo argentino, tres estaba terminando Evo Morales. Apenas empezaba el cuarto del Partido de los Trabajadores cuando Dilma Rousseff fue destituida. Y cuatro veces ganó la Concertación chilena –dos veces democristianos, otras dos socialistas- entre 1990 y 2010, cuando Sebastián Piñera la derrotó por primera vez. La alternancia  es condición y prueba de la democracia plena.

La excepcionalidad argentina no es exacta. Aunque exhibe –sobre todo en el pasado- rasgos diferenciados de sus vecinos, la verdad es sigue modelos muy parecidos al resto del continente. Para ser claro: el primer Juan Perón muestra semejanzas con el caudillo brasileño Getulio Vargas  y el general chileno Carlos Ibáñez del Campo.  Su segundo mandato lo acerca al paraguayo Alfredo Stroessner, al venezolano Marcos Pérez Jiménez y al colombiano Gustavo Rojas Pinilla. Está claro que Arturo Frondizi comparte el podio del desarrollismo con Juscelino Kubitschek en el Brasil. Luego, los gobiernos sesentistas keynesianos.  Arturo Illia convive con el reformismo democristiano de Eduardo Frei padre en Chile, entre otros.

Acontece, entonces, la tragedia. El golpe militar brasileño de 1964 inaugura una ola de cuartelazos  que barren la República en todo el continente, con las excepciones de Venezuela y Colombia. Las tiranías más sanguinarias llegan en los años setenta: Augusto Pinochet en Chile y Jorge Videla en la Argentina, en una oleada inspirada por el Pentágono, aunque también hay generales anti-norteamericanos que toman el poder en el Perú y Bolivia (y hasta la Guardia Nacional de Panamá). Corren los años de la acción guerrillera en el marco de la guerra fría entre Washington y Moscú.

Luego vienen los demócratas: el argentino Raúl Alfonsín impulsa la reconquista civil en Uruguay, en Chile, en Bolivia. Llega la Concertación de Patricio Aylwin y Eduardo Frei hijo, Luis María Sanguinetti en el Uruguay, en un proceso que se generaliza. Pero la crisis de la deuda es fatídica para quienes gobiernan en los años ochenta. Y llegan los neo-populistas. Desde conservadores como Carlos Menem, Alberto Fujimori  y  Fernando Collor de Melo, hasta extravagancias como  Abdalá Bucaram en Ecuador. Varios fueron destituidos y todos terminaron pasando por la justicia.

El fracaso neoconservador clausura la etapa reaganista-thatcheriana en el continente y abre la puerta a los populismos anti-norteamericanos. Con  eje en el chavismo venezolano, se suman Evo Morales (quien encabeza una reivindicación indigenista y del Che Guevara, pero con férreo control fiscal), Rafael Correa en Ecuador. La Argentina de Néstor Kirchner y el Brasil de Lula da Silva, con posiciones más moderadas, se van acercando a esa corriente llamada bolivariana.

El fin de la era de oro de las commodities  y ciertos intentos de violentar las normas del liberalismo político, vuelve a correr a la región. Esta vez, hacia el centro-derecha.  Así, Piñera conquista Chile, Michel Temer sustituye al Partido de los Trabajadores en Brasil y Mauricio Macri desaloja al kirchnerismo en la Argentina.  El centro-derecha parece hegemónico y crea el Grupo de Lima para propiciar el fin del gobierno de Maduro en Venezuela y el apoyo a la presidencia paralela de Juan Guaidó, estimulada por Estados Unidos. El régimen de Nicolás Maduro sigue, apenas sostenido por la fuerza militar y la fragmentación opositora, mientras los bienes escasean y las personas huyen.

Pero la derecha democrática tampoco logra hacer pie. Brasil consagra al capitán jubilado Jair Bolsonaro, quien retoma el lenguaje de la guerra fría y reivindica las antiguas dictaduras del Brasil y Chile, lo que nadie se había atrevido. La presencia de Trump y el clima de época promueven el primer triunfo de la extrema derecha en el principal país de la región.

A la inversa, el peronismo con un discurso entre socialdemócrata y populista vuelve al poder en Argentina. Para sorpresa de muchos, la otrora previsible y conservadora sociedad chilena se alza como nunca para reclamar cambios revolucionarios. El fin para la ilusión de una economía neoliberal puesta como ejemplo continental. Igual que ocurre en Chile, el pueblo de Ecuador rechaza los impagables aumentos de tarifas. El argentino también, pero sin violencias.

Perú muestra números optimistas, pero sus presidentes están presos o procesados y sus alianzas políticas se disuelven una tras otra. Colombia no logra concluir una paz estable y el narcotráfico ha abandonado su intento de copar el poder político pero continúa con su lucrativa actividad. Sólo el atrasado Paraguay parece estar creciendo, pero  con un sistema político rudimentario.

Hoy por hoy, la región bulle, sin hegemonías. Hay gobiernos para todos los gustos y ninguno está despertando entusiasmos excesivos ni construyendo modelos para imitar.

El peor alerta, Bolivia. Luego de poner en riesgo su propia legitimidad con una convocatoria viciada y un muy discutido proceso de conteo de votos, el riesgo constitucional se convirtió en certeza. Como prueba del golpe de Estado, asume una presidente sin votos que el Congreso jamás eligió. Es como si, renunciado Fernando de la Rúa, el nuevo presidente hubiera pertenecido a una fuerza minoritaria y se hubiera auto-erigido sin los votos de la Asamblea Legislativa (Adolfo Rodríguez Saá se convirtió en presidente por 169 votos contra 138 y Eduardo Duhalde fue ungido por 262 votos en favor, 21 en contra y 18 abstenciones). Con la Biblia del ultraderechista Luis Camacho y el poder policial y militar, Bolivia amenaza el retorno a los días de la cruz y la espada.  La amenaza a la vez sobre la civilidad y la laicidad.  Es decir, contra la civilización. Ojalá la región encuentre el camino para ayudar a restablecer la democracia en Bolivia. De otro modo, acechan los viejos, temibles fantasmas que desafían la soberanía de los pueblos…

publicado en El Economista, 13/11/2019

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