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Barras bravas: Una cuestión de estado

Alejandro Poli Gonzalvo

El lamentable espectáculo de la final frustrada de la copa Libertadores de América nos invita a reflexionar. Una primera aproximación lleva a generalizar los desmanes que se vivieron el sábado con el estado de ánimo de toda la sociedad y equipararlos con la violencia latente que asecha cada día a los argentinos. Quienes así opinan, agregan que el legado de intolerancia de la estrategia política del kirchnerismo, una anacrónica conjunción de mesianismo y fomento de la división de la sociedad, es el origen de la crispación social. Según esta visión, el fútbol es un reflejo de la sociedad en que vivimos, enfrentada en dos bandos irreconciliables. No compartimos esta opinión. Lo que pasó ayer es el resultado de una suma de hechos concretos, que no requieren apelar a una teoría sociológica para explicarlos.

Esta opinión parte de un acierto de Rodríguez Larreta al recordar, en la conferencia de prensa que brindó el domingo, que más de sesenta mil personas tuvieron un comportamiento pacífico y que los desmanes fueron causados por trescientos integrantes de la barra brava de River, en venganza del allanamiento que había sufrido uno de sus jefes el día anterior. Pero hasta aquí llegaron sus aciertos. Todo lo que siguió fue un intento de justificar lo injustificable. Textualmente dijo para tranquilizar a los hinchas que esperaban concurrir nuevamente a la cancha de River: “Hemos tomado todos los recaudos, reforzando la seguridad a partir de la experiencia del día de ayer, poniendo incluso más efectivos, especialmente en las inmediaciones del estadio”. Una extraordinaria confesión de la falta de previsión que permitió que ocurriera el ataque al ómnibus que conducía al equipo de Boca.

GRIETAS Y VIOLENCIA

Es cierto que la sociedad argentina está infectada de grietas y violencia latente. Sin embargo, una mayoría silenciosa de los argentinos que miramos hacia el futuro la estamos tratando de dejar atrás. Pero también es cierto que pequeños grupos de activistas y salvajes, aferrados a sus negocios turbios, existen acá y en otras partes. La diferencia radica en cómo actúan en los países que tuvieron la decisión de erradicar la violencia del fútbol.

Unos pocos puntos resumen esa diferencia. En otras regiones del mundo:

1) Una final deportiva no es tratada por numerosos medios de comunicación como si se tratara de una cuestión de vida o muerte; 2) La Policía sabe cómo actuar. El manejo de Rodríguez Larreta de las calles porteñas es siempre lamentable, porque básicamente no tiene la decisión de enfrentar a los violentos. No desea ser acusado de “reprimir”. Por ej.: se saca una norma para que vaya una sola persona en moto y ante la protesta en el Obelisco de unos cuantos motokeros, no se la aplica. Muy distintas son las agallas que demuestra la Ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, que no teme decir la verdad y tomar las medidas de contención que reclama la sociedad; 3) Las sanciones son duras. Los fascinerosos no salen libres al día siguiente. Si se establecieran sanciones con años de cárcel, los violentos comenzarían a cuidarse; 4) Existen normas que facilitan hacer prevención y demorar antes del partido a los barras bravas, como se hacía en Inglaterra con los hooligans; 5) Se prohíbe el ingreso de por vida a los estadios a quienes cometan actos violentos; 6) En Inglaterra se creó un cuerpo especial de la policía para combatirlos; 7) La barra brava de All Boys provocó desmanes fuera del estadio y debido a ello el club enfrenta una suspensión para jugar en él por un año. ¿No debería pasar lo mismo con el Monumental?; 8) Todos saben que los barras son mano de obra violenta para sindicatos, políticos, piqueteros, punteros, etc. Romper estos vínculos con el poder es fundamental pero requiere de una decisión política que afectaría a la mayoría de las personas vinculadas con el fútbol. ¿Será por eso que no se toma?, 9) Dentro del mundo del fútbol, un gran número de sus dirigentes son corruptos y hacen negocios con los barras. Pero las normas que controlan la administración de los clubes de fútbol no se reforman para castigar esos abusos. ¿Extraña entonces que Claudio Tapia, yerno de Hugo Moyano, sea el presidente de la AFA?.

En definitiva, el cambio cultural es lento pero somos optimistas porque la sociedad argentina está madurando y rechaza los extravíos que suceden en el fútbol. Los puntos antes mencionados demuestran que lo que hay que hacer es tomar el problema de las barras bravas como una cuestión de estado y aplicar todo el rigor de la ley. Y por sobre todo, aplicarla a todos por igual. Quizá necesitamos los cuadernos del fútbol.

publicado en La Prensa, 28/11/2018

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