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Buenos Aires, la maldición de la provincia decapitada

Jorge Ossona

La provincia de Buenos Aires ilustra los orígenes históricos de nuestra cultura política de bloqueos recíprocos. Es el distrito más grande y productivo del país y al mismo tiempo el más pobre y el que menos empatía identitaria suscita entre sus ciudadanos. Encarna una tragedia de desenlaces predecibles, pero que sus protagonistas se empeñan en negar. La mayoría aspira a llegar a su gobierno para saltar desde allí a la presidencia. Sus ciento treinta y cinco intendentes reeditan la maldición respecto de su gobernación. Todos fracasan; sin embargo, parecen no advertirlo. Una fatalidad cuyas causas estructurales requieren de un breve análisis histórico.

Buenos Aires pasó de ser un caserío precario de contrabandistas durante los siglos XVI y XVII a la sede de un nuevo virreinato en 1776. Los reformistas borbónicos procuraron actualizar por esa vía la dinámica del mundo colonial conteniendo dos procesos novedosos: la atlantización económica trazada por la Revolución Industrial y el hallazgo de nuevos yacimientos argentíferos en el Potosí. Advirtieron, por fin, que era más fácil transportar sus excedentes por el flanco meridional que por las viejas y costosas rutas del Pacífico conectadas por el istmo de Panamá con el convulsionado Mar Caribe; antesala de entrada y de salida del Imperio Español americano.

Pero la reforma duró poco: en 1805 España perdió su flota a manos de los ingleses en la batalla de Trafalgar; y desde entonces la desconexión entre el centro metropolitano y sus dominios resultó definitiva. Las guerras napoleónicas hicieron el resto: derrocado hacia 1810 Fernando VII y sustituido en Madrid por un hermano de Napoleón, uno tras el otro los reinos de Indias declararon su emancipación. Ya desde la Revolución de Mayo, el dominio de gobernaciones intendencias en estado de permanente rebeldía y de desagregación interna constituyó para los políticos porteños herederos de los funcionarios peninsulares una obsesión de resultados frustrantes.

Luego de diez años de luchas encarnizadas, el poder central terminó de desplomarse. Apenas duró cuarenta y cuatro años. Pero humillada por las montoneras rebeldes del Litoral, Buenos Aires consumó su venganza extendiendo un hinterland propio hacia el sur, recreándose como una nueva provincia. Expandió allí una ganadería bovina productora de cuero, tasajo y sebo sustitutiva de las ganaderías devastadas de sus provincias vencedoras (Entre Ríos y Santa Fe) y de las exportaciones argentíferas potosinas.

El proceso se completó hacia mediados del siglo XIX cuando la lana le talló a la aún magmática República un sitio menos marginal en los circuitos internacionales. Luego vinieron los trenes, los frigoríficos y los inmigrantes europeos, que en menos de treinta años la convirtieron en una potencia agrícola; sin perjuicio de su lugar privilegiado en la producción de la mejor carne vacuna del mundo.

En el orden político, recuperó su iniciativa recomponiendo su centralismo en sucesivas etapas: desde el auspicio de sucesivos pactos federales durante los 20 hasta un fallido experimento unitario, pasando por la federación rosista y el boicot a la organización nacional de sus gobiernos rebeldes entre 1852 y 1861. La derrota de la Confederación en la batalla de Pavón le permitió a su gobernador, Bartolomé Mitre, transformarse en el presidente del primer gobierno constitucional de un país integrado. Pero ya hacia la década siguiente su dominio volvió a ponerse en jaque merced a una ingeniosa coalición de tucumanos, cordobeses, salteños y mendocinos. Una vez derrotados los malones y las últimas montoneras, apuntó a propinarle un escarmiento definitivo: la federalización de su ciudad, en 1880.

Fue la solución drástica y terminante del interior a sus diferendos con la soberbia metrópoli que habían signado las interminables guerras civiles desde la Emancipación. Aunque también una cierta injusticia respecto de aquella hermana mayor que desde la Organización Nacional las incorporó a la jurisdicción argentina sacándolas de la orfandad del Potosí. Y un daño cultural irreparable cuyas implicancias se habrían de revelar a lo largo de los siguientes ciento cuarenta años: la provincia de Buenos Aires se quedó sin Buenos Aires fragmentando su orgullosa identidad.

No demoraría en volver a vengarse respecto de los “ocupas” provincianos de “su” capital a lo largo del sinuoso siglo XX. Pero tampoco le habría de resultar gratuito: durante sus sucesivos ciclos económicos, sociales y políticos fue introyectando las disfuncionalidades del Estado nacional en una institucionalidad anómica. Primero, absorbió los contingentes inmigratorios procedentes de la quebrada agricultura litoraleña transformándolos, entre los 30 y los 50, en trabajadores industriales a los que alojó en sucesivos anillos del denominado Gran Buenos Aires. Ya en los 60 extendió ese manto protector a los náufragos de las economías regionales del nordeste y del noroeste.

Pero la industrialización sustitutiva de importaciones alcanzó su techo hacia la década siguiente; y desde entonces se convirtió en la terminal de una nueva pobreza estructural en la que confluyen provincianos e inmigrantes de los países limítrofes. El castigo de 1880 se efectiviza en su participación marginal en el reparto de fondos federales: aporta el 46%, pero solo percibe el 20%. El denominado “conurbano bonaerense” no es sino la proyección circunvalada de su extraviada Capital, que le da la espalda considerándolo un depósito exótico de fenómenos latinoamericanos tan ininteligibles como temerarios. Extrañamiento del que se venga desde 2001 en cada invasión estruendosa de sus organizaciones piqueteras o del ejército disperso de mendigos, sin techo y limpiaparabrisas.

Su revancha no se detiene allí; ensañándose con sus gobernadores porteños que impostan una identidad “bonaerense” inexistente. Una coartada para acceder al premio mayor presidencial a la que troca en una segura sepultura política; destino inexorable de la ingobernabilidad de su caótico entramado institucional. De paso, devuelve su explotación presupuestaria por el resto del país tornándolo también ingobernable y convirtiendo a sus presidentes en malabaristas jugando siempre al límite entre sus intereses regionales de procedencia y los suyos. Apenas trastabillan, se arroja sobre su autoridad recorriendo dos pasos: primero, explota en su volátil conurbano: luego, irradia su onda expansiva invadiendo destructivamente a su extraviada cabeza. Un desquite invertido de las humillaciones de 1820, 1852, y, sobre todo, de 1880.

Durante los últimos años desde distintos foros académicos y políticos han empezado a estudiar este empate subrepticio mientras la dirigencia se entretiene en discusiones triviales en torno de “modelos de país” y patrones de crecimiento que desde hace casi un siglo encallan uno tras el otro. Incuban la tentación voluntarista de reincidir en otra cirugía desgarradora como la de 1880. Tal vez convenga optar por el camino de soluciones acotadas y consensuadas a lo largo de una transición necesariamente larga.

Un sendero difícil pero indispensable para sortear la trampa mortal que desde hace cien años condena a la frustración sistemática de los sucesivos proyectos políticos. En su defecto, esta falla institucional y sus implicaciones macrocéfalas seguirán eclipsadas por debates inconducentes como aquel clásico sobre qué hacer con su distrito más pobre. Su nombre contiene una ironía funesta: La Matanza.

publicado en La Nación, 26/4/2022

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