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Cambiemos y peronismo, nuevo juego

Marcos Novaro

Hay en circulación algunas ideas un poco locas sobre lo que se viene, o lo que debería venir, después de octubre, que conviene atajar.

Están los que reclaman por enésima vez unidad nacional, porque creen que sólo nos vamos a salvar si acordamos un modelo de país, algo tan quimérico que probablemente nos condenaría a consumir nuestras pocas fuerzas de intentarlo.

Y están quienes, apenas más moderados, creen que habría que barajar y dar de nuevo en el sistema de partidos pues para profundizar el cambio hace falta un gobierno de gran coalición; para empezar, que Cambiemos sume una pata peronista, ahora que se dice que el peronismo está en la peor crisis de su historia (¡¿en serio?!), por ejemplo con un candidato a vice de esa procedencia que acompañe a Macri en 2019; algo que aterra a los actuales aliados del presidente y podría descomponer su todavía frágil cooperación.

En ambos casos se trata de ilusiones poderosas, con larga historia: el sueño de barajar y dar de nuevo en las identidades políticas porque ellas estarían “mal definidas”, de dar vuelta el país como una media en un último show voluntarista para terminar con el karma de la inestabilidad y el voluntarismo, ese tipo de fantasías que suelen embargar a los gobiernos argentinos en sus buenas épocas. Y conspiran contra fines más acotados y realistas, por tanto al final del camino más efectivamente transformadores.

Para empezar, de perseguir esas ilusiones se tiraría por la borda lo que podría resultar de bueno para la política argentina si los dos grandes campos políticos que van a quedar más o menos delimitados tras esta elección apuntan a fortalecerse, cooperando en algunas cuestiones, limando diferencias y evitando la polarización, pero sobre todo compitiendo leal y abiertamente.

Para empezar por Cambiemos, una de las cosas más notables que ya viene sucediendo es que se fortaleció sin que nadie invirtiera mucho esfuerzo en ello, como si no fuera en sí algo importante.

En un país donde las identidades políticas están en decadencia desde hace décadas, en poco tiempo se consolidó como una marca identificatoria para millones de votantes.

Además, aunque no ha logrado darse reglas de juego internas bien definidas, funciona ya como una casa común donde sus miembros pueden ocupar espacios de distinta gravitación, pero todos sacar provecho del común crecimiento y respetando mínimamente los roles y las identidades de los demás, lo que suele llamarse “unidad en la diversidad”. Algo que sólo los peronistas supieron conseguir y efímeramente en las últimas décadas, y los radicales convengamos casi nunca lograron, y que puede dar a futuro resultados aún más espectaculares para lo que horriblemente se llama hoy el “no peronismo”.

Del otro lado del alambrado también están esbozándose cambios positivos. La deskirchnerización avanza a pasos acelerados con cada papelón de Cristina, y el peronismo moderado está ya ensayando vías para reducir la fragmentación y acomodar su discurso y propuestas a los desafíos que les plantea Macri, es decir, una competencia hacia el centro moderado dando más atención a problemas reales de la economía y las instituciones y mucho menor al verso nac& pop.

Pichetto, que aspira a ser desde el Senado la contrafigura de la ex presidenta, encabeza este giro. Reconoció el grave error de haber subestimado a Macri. Pero su mensaje implícito es mucho más interesante: “¿y si ahora es Macri quien comete el error de subestimarnos a nosotros?”. Pone para eso su granito de arena cada vez que dice que los peronistas tardarán añares en volver a ponerse de acuerdo. Cuando ya están trabajando en relanzar sus bancadas legislativas y su mesa de gobernadores, desde donde sin perder el tiempo buscarán acotar lo más posible el daño electoral que el oficialismo les inflija en octubre, responsabilizando a Cristina por él y tal vez recurriendo a alguna pronta demostración de su poder institucional, imponiéndole cambios a proyectos oficiales o volteando algunos de ellos.

Cristina percibe ese juego que la margina, pero no puede escapar de él. Por eso, como el tero, grita “¡ajuste!”, pero porque la aterra lo que está en la otra punta del campo, la moderación.

La del Gobierno y sobre todo la de este peronismo que se prepara para competirle a Macri en su terreno. Por ejemplo reclamando más orden y progreso, más dureza con los mapuches, con los piqueteros, con los narcos, más garantías a los inversores, un discurso que ya ensaya Pichetto y puede funcionar muy bien al tándem con Urtubey, Massa y Bossio. Con esos actores, ¿esta vez sí podría madurar un sistema de partidos más o menos estable y competitivo? Se ha anunciado tantas veces que estábamos a las puertas de un cambio de este tipo que conviene ser prudentes.

Lo seguro es, con todo, que si los referentes de ambos espacios entienden las limitaciones pero también las oportunidades que enfrentan, no se pelean por tonterías y evitan ir detrás de ilusiones, o desesperarse por los inconvenientes del momento, podrán hacer mucho por mejorar nuestro sistema de representación y nuestra democracia.

publicado en Clarín, 5/10/2017

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