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Con el congelamiento de precios, el gobierno empieza asustado su campaña electoral

Marcos Novaro

En el oficialismo saben muy bien qué medidas intervencionistas sobre los precios como los controles, los acuerdos y los congelamientos son, en el mejor de los casos, de corta duración. Y más todavía lo son cuando vienen ya desgastadas por su reiteración, porque como todos saben cómo termina el cuento, se anticipan a su final y vuelven esas iniciativas aún menos efectivas y más efímeras.

Si sabían todo eso, la pregunta que habría que hacerse es por qué en el gobierno decidieron gastar la que tal vez sea la última bala que les quedaba, con tanto tiempo de anticipación a las elecciones del año que viene. ¿No temen acaso que para cuando arranque el año electoral los encuentre sin nada a mano para tirarle a los precios?

Una posibilidad es que Massa y La Cámpora imaginen que si el congelamiento por cuatro meses que acaban de anunciar no sale del todo mal, podrán repetirlo una o dos veces más para cubrir buena parte del 2023.

Fracasó redondamente Alfonsín cuando intentó algo así, también enfrentado a coyunturas electorales en que llevaba las de perder, y a pesar de que contaba con un plan de estabilización infinitamente más serio y consistente que el que ahora se aplica, pero, tal vez en el actual gobierno imaginen igual que a ellos sí les puede funcionar.

Otra posibilidad es que no actuaron guiados por la autoconfianza, sino por el temor.

El miedo a que, si no hacían nada, tendrían que atravesar un verano de mal humor social descontrolado, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, el territorio que por nada del mundo desean resignar en manos de la oposición, y eso los colocaría en una posición de desventaja imposible de descontar cuando encararan la campaña bonaerense, y ni hablemos de la nacional.

Así que se impuso el cálculo político a toda consideración económica o técnica. Asumieron que algo tenían que hacer, y debía ser lo más contundente posible, antes que la situación social se deteriorara aún más, o estallara, así que lanzaron el consabido congelamiento. Después verán cómo sigue la historia. Por ahora están tratando de sobrevivir al verano.

El problema, cualquiera sea el caso, es que difícilmente vayan a alterar las expectativas que existen respecto al ritmo inflacionario. Que el propio frente interno del oficialismo alimenta, como se observa en la conducta de los sindicatos, orientados todos a ajustar los salarios a un piso de 100 por ciento de suba de precios anual, y a reabrir la negociación por períodos de tiempo cada vez más cortos.

Y eso que el ajuste de tarifas y subsidios aún ni siquiera comenzó. Y que se han demorado subas de los combustibles y del dólar oficial que mucho más tiempo no se van a poder contener.

Pero el problema principal que tiene el oficialismo en este terreno es, de todos modos, otro. Es que lo más significativo que sucedió en la opinión pública durante los últimos meses, tras estar sometida sostenidamente a 7 puntos de alzas mensuales, es que se quebró del todo la creencia en que la responsabilidad es de los empresarios y no del gobierno.

Hoy hasta incluso una porción de los votantes que le quedan al Frente de Todos afirma que la culpa es del presidente y sus funcionarios, no de los remarcadores, ni de los supermercadistas, ni de la codicia de los capitalistas, ni de la guerra en Ucrania.

Y contra ese cambio en las creencias sociales el oficialismo no tiene ningún recurso para actuar o argumentar. Lo único que atina es a insistir con lo mismo, el desgastado mito sobre los ‘formadores de precios’, más desgastado que los propios controles, acuerdos y congelamientos.

Una cantinela que esta semana que pasó la vicepresidente volvió a frecuentar, en clave conspirativa, que es la que más le gusta.

Últimamente Cristina ve conspiraciones por todos lados, detrás del atentado en su contra y de la jugada de Alberto para frustrar la suspensión de las PASO, detrás de los avances de las investigaciones por corrupción, y claro, también detrás de la inflación, por la que volvió a señalar a empresarios, ahora porque supuestamente ‘quieren destruirla’.

Un argumento delirante, pero en el que Massa y el resto del oficialismo se ve han decidido converger, al menos tácitamente, y seguirle el juego. Seguramente porque no tienen otro, y porque saben que la inflación es mucho más determinante del voto que el atentado, las PASO y la corrupción.

Lo cierto es, de todos modos, que con esto se alimenta un clima de guerra que hace mucho más contra la posibilidad de calmar la incertidumbre económica de lo que puede contribuir a su favor cualquier congelamiento u otra medida de Economía.

Es Cristina la que destruye la poca confianza que queda en que el gobierno puede llegar más o menos en pie al final del mandato.

Según ella estamos ingresando en una fase mucho más grave de la confrontación política que el famoso lawfare. Ahora la Justicia y la principal oposición conspiran para que ella termine no solo presa, sino muerta.

Y no está hablando de unos loquitos, un grupo de fanáticos más o menos acotado, sino de todo el resto del sistema político e institucional, prácticamente todos los actores políticos e institucionales que ella no controla y no se le subordinan.

Y con los que supuestamente colaboran también los grandes empresarios, que al remarcar descontroladamente, ya no solo están persiguiendo intereses mezquinos, de clase, sino queriendo destruir la democracia, alimentando un clima de convulsión social en que será más fácil que los conspiradores políticos se salgan con la suya, y ella termine presa o muerta.

Parte de esta operación ha consistido en asociar a un sector de Juntos por el Cambio, en concreto el que lidera Patricia Bullrich, con el ‘extremismo’, identificándolo como una derecha antidemocrática, violenta y conspirativa.

La última muestra de esta operación es una declaración sin asidero sobre la supuesta complicidad de Gerardo Milman con la ‘banda de los copitos’, que Cristina pretende que oriente la investigación sobre el atentado contra su vida. Pero la cosa viene de largo.

Página 12, otros medios afines al kirchnerismo y sus voceros más entusiastas han tildado reiteradamente a Bullrich de bolsonarista, trumpista y fascista.

Identifican sus argumentos con los de Javier Milei y con un proyecto ‘antisistema’, que porque propone reformar drásticamente el sistema laboral y sindical, cabría considerarlo sin más como una opción ‘extremista’ que ataca la convivencia social.

Entiéndase bien, porque Bullrich propone hacer aquí algo que en muchos países de Europa hicieron gobiernos socialdemócratas, y en Chile o Uruguay avalan fuerzas de centroizquierda, el kirchnerismo y sus voceros pretenden asociarla con el neofascismo. Suena loco, pero ese el tipo de discusiones que promueven en estos días.

Lo único que queda claro es que, a medida que disminuye el consenso que logran crear alrededor de sus ideas, Cristina y sus seguidores las abrazan con más entusiasmo, las vuelven aún más fanáticas y delirantes.

Si la sociedad ya no cree que los empresarios tengan la culpa de la suba de precios, entonces hay que acusarlos ya no de egoístas, sino de golpistas.

Si la mayoría de la opinión pública sigue desconfiando de que incluso haya existido el atentado en su contra, ellos van para el lado contrario, y abrazan un relato cada vez más insostenible y conspiranoico, según el cual la principal oposición y quienes tienen más chances de ganar las elecciones del año próximo, estarían tratando de quitarle la vida. Como si así pudieran lograr mejor sus objetivos.

Todo para tratar de desmentir lo que está cada vez más a la vista, si hay alguien en Argentina que conspira contra la democracia y la perjudica, que coquetea con el extremismo y hace acordar todo el tiempo a Trump y Bolsonaro, y a veces también a Putin y otros neofascistas, no es otra que Cristina Kirchner.

publicado en Todo Noticias, 13/11/2022

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