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Curas K, otra vez el mito de la nación católica

Loris Zanatta

La carta de un grupo de sacerdotes kirchneristas “ante las próximas elecciones legislativas” dió mucho de qué hablar. No tanto por la originalidad de su contenido, sino por su violencia. La Argentina que describen es un país dominado por un gobierno opresor, explotador, vendepatria. Como si el tiempo se hubiera detenido, el texto recuerda los mediocres panfletos que se distribuían en los años 70. Tiene, sin embargo, algo inquietante: revive miasmas que se creían borrados, pero que aparentemente se siguen incubando en algunos ambientes; los miasmas del mito de la nación católica.

Un cristiano, dicen, “no puede darle el voto a un gobierno como éste”. Qué raro: hace décadas que ningún episcopado pretende imponer a los fieles un específico comportamiento electoral. Por respeto a la autonomía política de los creyentes, porque la Iglesia reconoce que ningún orden político corresponde al Reino de Dios, porque tales formas de clericalismo alimentan el anticlericalismo. Pero no: los curas k pretenden decirles a los cristianos a quién no votar para ser cristianos. Como si les tocara a ellos establecerlo. Torquemada instruía al menos un proceso. Ellos ni siquiera eso.

El hecho merecería ser liquidado con una broma, si no causara asombro: ¿cómo es posible que unos sacerdotes humildes y pacíficos, dedicados a obras meritorias, exhiban tanta arrogancia y violencia? Arrogancia en nombre de la humildad, violencia en nombre del amor. ¿Qué demonio ideológico los posee? ¿Qué convierte a un buen católico -como a un piadoso islámico- en una máquina de odio, en una incubadora de fanatismo? ¿No es arrogante la pretensión de poseer el monopolio del bien, de distribuir credenciales de pureza cristiana? ¿Pretender tener la receta exclusiva para un país justo? ¿No es violento acusar al Gobierno de “matar de hambre, desamparo o indiferencia al pobre”? Si fuera así, el gobierno argentino sería criminal e ilegítimo. Y la consecuencia debería ser obvia: la guerra (¿santa?) para derrocarlo. Me niego a creer que crean eso.

Es absurdo, y sin embargo está ahí, en negro sobre blanco. Hay dos argentinas opuestas entre sí, escriben los curas k, dignos herederos del viejo nacionalismo católico: la primera quiere un país “injusto y dependiente”; la segunda, un país “distributivo, soberano e inclusivo”. ¿No será simplista? ¿Algo maniqueo? En fin: de un lado el mal; del otro, el bien. He ahí la famosa grieta, sin ambages. Y he ahí también el mito de la nación católica: la primera es la Argentina liberal, ahora llamada neoliberal, sin matices; es enemiga de la nación y del pueblo, por lo tanto no es cristiana. La segunda es la Argentina nacional y popular, por lo tanto cristiana. Que esa grieta exista en el país, además de existir en la cabeza del clero que la convierte en bandera ideológica es dudoso. La Argentina, al igual que los otros países, es un lugar plural donde coexisten, en armonía o en tensión, diferentes intereses, gustos, culturas, religiones, ideologías. Las instituciones democráticas sirven para gobernar este pluralismo garantizando el gobierno de la mayoría y los derechos de las minorías. Pero las instituciones se basan en una premisa clave: nadie puede elevarse por encima de los demás blandiendo una verdad absoluta. Si así fuera, adiós a la democracia y a la paz social.

Sin embargo, ésa es precisamente la premisa de los curas k: existe la Argentina católica, la del pueblo de Dios, y es la única Argentina legítima. Y hay otra Argentina, que es ilegítima, y su gobierno, que es pecador. ¿Por qué? ¿Por violar la ley y la Constitución? No: porque no es cristiano. Al menos como ellos creen debe ser un gobierno cristiano. Podrían argumentar que la promoción de la inversión extranjera, la abolición del cepo cambiario, la limitación de los subsidios, la reforma de la escuela y del mercado de trabajo están mal por tal o cual razón. Ésta sería la normal dialéctica política. Pero no; para ellos todo esto es ilegítimo porque no es cristiano y al no ser cristiano no es nacional.

Intentan hacer pesar un veto religioso sobre la política y anteponer el pueblo de Dios, del que se arrogan la representación, al pueblo de la Constitución que elige los gobiernos. Esto pasó ya muchas veces en la historia argentina, donde esos vetos han inhibido la adopción de políticas más liberales y menos demagógicas, políticas que quizás hubieran hecho más próspera a la Argentina. Sobre esas políticas, aunque fueran moderadas como las del gobierno actual, siempre pesó el chantaje moral de que el mercado es pecado, la prosperidad vergüenza, la pobreza virtud. Cristiano, en cambio, era distribuir la riqueza que no se producía, otorgar subsidios insostenibles, alimentar la inflación que mataba el crecimiento económico, inflar el gasto público dejando a las generaciones futuras la cuenta para pagar.

Hasta que un día los argentinos eligieron a un gobierno no cristiano, según los curas k. ¿Y ahora? ¿La Argentina ha dejado de ser una nación católica? ¿O la mayoría de los argentinos no ve contraste entre su fe y su opción política? A los curas k no les importa que su pueblo sea minoría: es el favorito de Dios, dicen, por lo tanto es moralmente superior al pueblo de la Constitución. No son ellos quienes deben someterse al resultado electoral, sino los argentinos quienes deben redimirse de su ofensa a la nación católica. Hay, en esto, un impresionante déficit de cultura democrática. Y su origen está en la obsesión de proyectar la lógica religiosa sobre la esfera política. Los curas K citan a monseñor Hesayne, pero harían bien en estudiar la lección de monseñor Zazpe: la simbiosis entre fe y nación, escribió en una etapa dramática de la historia argentina, ha sido nefasta porque convirtió la dialéctica política en guerra de religión. Con sus consecuencias: violencia, intolerancia, ilegalidad, pobreza. Los curas k creen tener la solución, pero sus esquemas vetustos son parte del problema.

publicado en La Nación, 3/10/2017

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