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Democracias amenazadas: ¿una tercera ola de autocratización?

Carlos Gervasoni

En los últimos años la democracia ha retrocedido en varias e importantes naciones, de Brasil a India y de Turquía a Estados Unidos. Los politólogos Anna Lührmann y Staffan Lindberg postularon el año pasado que el mundo atraviesa una “Tercera Ola de Autocratización”. La primera ola –de 1926 a 1942– vio a la democracia ceder frente al ascenso de los totalitarismos fascistas y comunistas.

Una segunda ola autoritaria se desarrolló entre 1961 y 1977 y afectó con particular intensidad a América Latina: luego del golpe argentino de 1976 solo sobrevivían tres regímenes electorales en la región: Colombia, Costa Rica y Venezuela.

La “Tercera Ola de Democratización” identificada a principios de los 90 por Samuel Huntington, y celebrada como definitiva por Francis Fukuyama, fue especialmente intensa y amplia. Comenzó con las caídas de las dictaduras portuguesa, griega y española en los 70, y barrió luego con todos los gobiernos militares de América Latina, con todos los autoritarismos comunistas en la Unión Soviética y Europa del Este, y con decenas de dictaduras personales y regímenes militares en África y Asia.

Los rigurosos datos del proyecto Varieties of Democracy (de acceso público en https://www.v-dem.net/ ) muestran que esa ola democratizadora perdió impulso en los últimos veinte años. A los tempranos casos de erosión democrática en Rusia y Venezuela siguieron Turquía y Hungría. Más aún, en el último lustro tres de las mayores democracias del mundo –Brasil, Estados Unidos e India– han sufrido moderados pero preocupantes declives democráticos. Desde hace una década hay más países autocratrizándose que democratizándose. Y estos últimos tienden a ser demográficamente pequeños, como Armenia, Ecuador y la notable excepción del mundo árabe, Túnez.

La actual ola autoritaria ha afectado a todas las regiones del globo, e incluso a algunas democracias consolidadas y/o en países desarrollados. Se ha embanderado tanto en retórica progresista y redistributiva como en ideas reaccionarias y xenófobas. Su patrón clave es la forma en que las democracias se debilitan o mueren: si en el siglo XX las modalidades más frecuentes eran el golpe militar, el “autogolpe” y la invasión extranjera, en el XXI domina la erosión gradual de las instituciones democráticas por parte de líderes elegidos. Esta modalidad, desde ya, no es enteramente nueva: Perón, por ejemplo, fue elegido en 1946 con indudable legitimidad electoral, pero todos los índices existentes caracterizan los años posteriores como semi-democráticos o directamente autoritarios.

Casi no ha habido “quiebres democráticos” en las últimas dos décadas. Los generales golpistas y los líderes “autogolpistas” (como Hitler y Fujimori) han sido reemplazados por presidentes y primeros ministros que socavan de a poco la misma democracia que los llevó al poder. Su “caja de herramientas” estándar incluye la demonización de la oposición, el debilitamiento de los controles legislativos y judiciales, y el ataque a los medios de comunicación críticos. Afirmar que los periodistas “son de las personas más deshonestas de la tierra” (Donald Trump) o compararlos con quienes “ayudaban a limpiar las cámaras de gas en el nazismo” (Amado Boudou) son expresiones especialmente extremas, pero no infrecuentes, de la retórica de la actual ola de autocratización. El informe 2019 de Varieties of Democracy indica que “La libertad de expresión y los medios son las áreas bajo ataque más severo por parte de los gobiernos”. El esfuerzo por deslegitimar al periodismo es generalmente seguido por el acoso económico o judicial, la censura y la prohibición de medios críticos.

Una de las principales características del actual mapa político mundial es la escasez de autoritarismos “cerrados”. Solo unos 20 países no eligen a sus autoridades en comicios al menos formalmente competitivos: unos pocos regímenes de partido único (como China, Corea del Norte y Cuba), las monarquías petroleras de Medio Oriente (como Arabia Saudita y Qatar) y unas pocas dictaduras personales como la Siria. Mucho más comunes son los “autoritarismos electorales”, unas sesenta naciones que incluyen a Egipto, Irán, Rusia y Turquía y, en nuestra región, a Honduras, Nicaragua, y Venezuela. El ropaje democrático de estos regímenes busca ocultar su naturaleza esencialmente autoritaria. El caso venezolano –especialmente cercano a los argentinos- es clarísimo: En el Índice de Democracia Liberal de Varieties of Democracy (que varía entre 0 a 1) obtiene un 0,09, nivel similar al de Cuba, Qatar, Rusia y Sudán. Otros índices de democracia y libertad confirman esta evaluación. Afirmar que Venezuela es hoy una democracia no es una opinión, es un error o una mentira.

La Argentina no es inmune a estas tendencias. Ciertamente se produjeron durante los mandatos de Néstor y Cristina Kirchner, y comienzan a esbozarse también bajo el actual gobierno (la actual hostilidad hacia el periodismo crítico y la defensa de la autocracia venezolana son signos preocupantes). Enfrentamos un contexto mundial dominado por el ascenso de una potencia mundial autoritaria (China), la declinación relativa (y erosión democrática) de la tradicional potencia liberal (EUA) y la autocratización de la potencia regional (Brasil). Nuestro propio declive democrático no es inexorable, pero sí más probable hoy que dos décadas atrás.

Algunos de los hallazgos de Varieties of Democracy apuntan en una dirección más optimista. La proporción de países democráticos sigue siendo una de las más altas de la historia, y continúa habiendo progreso democrático en varias naciones. El número de protestas pro-democracia viene incrementándose, tanto en países autoritarios como en democracias amenazadas (por ejemplo en Bolivia, Hong Kong y Polonia). Junto con una sociedad civil densa, autónoma y activa, y medios de comunicación críticos y profesionales, estas protestas populares constituyen una barrera social efectiva contra las tendencias autoritarias de muchos oficialismos electos.

publicado en Clarín, 15/7/2020

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