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Dos caminos para Macri: seguir igual o Cambiemos

Oscar Muiño

Los senderos se bifurcan. No es un jardín borgeano sino la meseta patagónica. Larga, difícil. Parece un espacio sin fin, intransitable. Pero, si hay paciencia y decisión, al fin desemboca en las bellezas de los lagos andinos, o termina en los ricos mares antárticos. Pero hay que aguantar. Y, sobre todo, hacerle caso a la brújula.

El Gobierno sigue perdiendo popularidad, los amigos se encrespan, los votantes se enojan, los opositores se autoconvocan, muchos periodistas se alejan. La CGT abandona su modorra y anticipa medidas. Todos juegan. Los pollitos mojados de ayer se ven como jaguares rugientes.

Lo que sirvió hasta ahora, ha sido derrotado. Es indispensable un cambio. Pero el presidente parece convencido que hay que persistir en el camino que –hoy al menos– pocos creen. Él dice que está convencido. Muchos recuerdan que en Boca, cuando tuvo que cambiar a sus elegidos –primero Bilardo, después Veira– no le tembló la mano. Que lo mismo hacía en SOCMA. ¿Y ahora por qué no?

Algunos elogian su decisión; la mayoría teme la terquedad. El único sin Plan B fue Bielsa. Por obcecado, el combinado argentino se volvió en primera ronda.

¿Carrió 2019?

Hoy, entre los poquísimos oficialistas que quieren mantener el rumbo destaca Elisa Carrió.  Su mensaje es clarito. Según sus palabras, gobiernan Macri y ella. Peña expresa sus acuerdos. Y no hay espacio para nadie más. No es una sorpresa ni resulta novedoso. Carrió logró, en distintos tiempos, captar docenas –acaso cientos– de dirigentes importantes. Radicales, peronistas, socialistas, sin partido. La convocatoria terminó en éxodo. Todos los que tenían relevancia se fueron. Balito Romá, el Canca Gullo, Álvarez Guerrero, Enrique Olivera, Patricia Bullrich. Incluso los dos senadores que alguna vez ganaron la Capital –María Eugenia Estenssoro y Samuel Cabanchik–, la única gobernadora de su partido (Fabiana Ríos, en Tierra del Fuego). Más reciente, Alfonso Prat-Gay. La lista interminable.

Desde siempre Carrió ha sido una suerte de Penélope. Lo que teje de día lo desteje de noche. Ha logrado lo que consiguen muy pocos: fundar fuerzas competitivas como Argentinos para una República de Iguales, la Coalición Cívica. Y participar decisivamente en la creación de coaliciones varias.

También atesora otro récord. Hasta ahora, disolvió las fuerzas que inventó, con excepción de Cambiemos.

El modus operandi es siempre el mismo. Una creatividad estupenda para inventar lo nuevo. Y una tendencia inevitable a dinamitar su propia creación.

Hoy, ataca a la mayoría de los muchachos del PRO amigos del peronismo, a los radicales en su conjunto, a Daniel Angelici. Mancha venenosa a todos los políticos que se acerquen al presidente. Ella prefiere una mesa chica, mínima. Sin competencia. Como jefa partidaria, nunca consultó a los suyos. Por eso se le fueron todos. Una conducción más vertical que la de CFK. Apenas conserva al bondadoso e irreprochable Toti Flores, de La Matanza. Con muy poca inserción fuera de su encomiable trabajo en el barrio.

Carrió lee todo en clave Lilita. Natural. Acude a respaldar a Macri y a Peña en su momento más difícil. Generosidad y cálculo. Pone la espalda para aguantar cuando muchos titubean. Pero también guarda su carta secreta. Un pagaré al cobro que, imagina, podrá convertirla en la candidata presidencial en 2019 si se cayeran las chances de Mauricio.

Error montonero

Este camino –que todo siga igual– parte de un supuesto. Si volvemos a hacer lo que hacíamos, terminaremos ganando como ganamos antes.

En otras palabras, si se vuelve a polarizar entre Macri y Cristina, los votantes, por enojados que estén, no tendrán más remedio que acompañar a Mauricio.

Como siempre, es difícil que cambien los que han venido ganando. Que comprendan que las victorias de ayer no garantizan las de mañana. Nunca lo entienden. Por un tiempo, la realidad les da la razón. Se convencen que nunca perderán. Cuando aprenden, es tarde.

Recuerdo la convicción de la organización Montoneros en 1975. Impopular, alejada de los que lo habían seguido tres años antes, imaginó que un golpe militar volvería las cosas al principio, Que volvería a polarizar contra las Fuerzas Armadas. Que en la opción Militares o Montoneros, las gentes volverían a respaldar a Montoneros, como había pasado desde 1970 hasta 1973-74.

La historia es conocida. La dictadura se afianzó. Las masas y los militantes nunca volvieron a Montoneros y la organización se desangró y fue diezmada por la feroz represión. La historia de antes no fue la de después.

De la Rúa

Otro error grave es confundir los afectos con la política. El político de raza sabe que hay momentos donde debe sacrificar a amigos entrañables. Reemplazarlos por personas que apenas conoce. Lo que marcan las circunstancias. La lectura de lo posible cuando lo deseable empieza a desdibujarse.

El presidente Fernando de la Rúa amaba a sus hijos. Les permitió ejercer una influencia que no se correspondía con su trayectoria ni con las necesidades de la frágil Alianza, en momentos más que difíciles.

Los sushi provocaron desaires, alejamientos, desastre. Festejaron la renuncia de Chacho Álvarez a la vicepresidencia, brindaban cada vez que alguien se apartaba del gobierno. El gobierno se iba vaciando de apoyos y ellos se engolosinaban con ocupar cada vez más espacios. No advirtieron que cuando quedaran solos, caerían.

Esa dificultad de De la Rúa para no darle –o sacarle, en última instancia– poder a los sushi se basaba, naturalmente, en el amor por sus hijos.

Hoy, el presidente de la República parece dependiente de un sentimiento similar por Marcos Peña. Una suerte de sentido parental, de protegerlo más allá de las necesidades del Estado. Aún a costa de ellos. Y de sí mismo.

Para colmo, parece haber un segundo problema: al presidente le gusta delegar, pero sólo confía en muy pocas personas. Se inhibe, entonces, de hacer cambios, porque no delegará en quienes no confía. ¿Y si no hay fuera del gabinete prácticamente nadie en quien deposite su fe con tranquilidad?

Quedaría, entonces, condenado a persistir en la misma línea.

Fue posible –a un costo altísimo– durante un tiempo. Produjo efectos devastadores no incluir al Ministerio del Interior en la mesa chica, evitar nombrar un ministro de Economía.

Pero ahora, cuando es indispensable acudir a las legiones fogueadas en combate para fortalecer y defender la Casa Rosada, cuando resulta obligado negociar y ceder poder a cambio de lograr el apoyo indispensable para afrontar los duros meses por venir, es tiempo de cambio. Los ministros son fusibles. Ojalá el presidente lo advierta. O que tenga razón contra todas las opiniones…

publicado en Nuevos Papeles, 4/6/2018

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