Lecturas sugeridas

Echemos más luz sobre los mercaderes de noticias

Nicolás José Isola

SAN PABLO. La justicia parece estar avanzando en la investigación de casos de corrupción que involucran a funcionarios, empresarios, banqueros y periodistas.

Estos últimos son personajes importantes en esta trama. Según el fiscal del Mani Pulite, Antonio Di Pietro, el sistema de información puede y debe actuar «como centinela para advertirle al público sobre lo que sucede en el poder».

De ese modo, el periodismo informa y la población tiene herramientas para presionar y hacer temblar al poder, expresando su cansancio contra los actos turbios que desprecian la República. Por ello, como lo ha remarcado en varias ocasiones Hugo Alconada Mon, toma un cariz determinante el papel de los periodistas que callan o dan entrevistas en las cuales las indagaciones son centros para que el político de turno cabecee sus bondades. Todos notamos cuando las preguntas son caricias de azúcar que empalagan. A veces, la subestimación del espectador llega a ser insultante.

El periodismo argentino, como en muchos otros países, es blanco de una crisis de credibilidad y quizás éste sea uno de sus más grandes talones de Aquiles: los sobres que compran la voluntad de algunos de sus agentes (esos René Lavand de la mentira). La labor periodística es la membrana que conecta o aísla a los sótanos nauseabundos de la corrupción con la sociedad de masas. Cuando desinforma, cuando oculta adrede o cuando direcciona distractoramente, funciona como una epidermis engrosada que impide que salga a la superficie el pus de las acciones ilícitas. Es sabido, algunos centinelas a veces son alcahuetes. Ciertos pseudos-periodistas y celebrities de radio y televisión son influencers que permiten que ese organismo putrefacto de mafias enquistadas no explote, ni muestre sus hedores. Mantenedores del statu quo. Cambistas del «que nada cambie».

Si el periodismo es una profesión cuyo Grial a ser defendido es la verdad, si su función es ayudar a la población a conocer y comprender más acabadamente los procesos políticos y sociales, entonces la deshonestidad del accionar de aquellos que se dejan encuadernar es de primer orden. Esos mercaderes de la noticia que ensucian la profesión existen también en los países civilizados. Esto no es nuevo, ni lo inventamos nosotros.

En la Argentina, hace décadas que existe esta metodología fraudulenta: vos me pagás, yo te hago quedar bien. En algunos casos, incluso, el acomodo ha llegado a estar tarifado: ser mencionado en el título de una nota implicaba un precio mayor. Sí, así como usted lo lee. Ciertamente, hay entrevistas pactadas cuyo único objetivo es embellecer el prontuario corrupto de un político. Son pagadas por ese mismo político a un conductor cariñoso. Extraordinario vericueto de corrupción cruzada: el dinero que recibe ese conductor es, muchas veces, la plata de los contribuyentes que fue robada. La suya, estimado lector.

En el periodismo, los lazos espurios con políticos, empresarios y servicios de inteligencia se conocen. Sin embargo, el de los sobres es un comercio muy difícil de probar.

En esta tómbola, a veces sucede que la mayoría de los justos pagan el desprestigio por culpa de estos intrusos pecadores. No está bueno. La pregunta es, entonces, ¿por qué salen tan poco a la luz los servicios de estos simuladores? ¿Por qué mientras políticos y empresarios van presos, poco se dice de sus interlocutores de cuello blanco y voz seductora en los medios de comunicación? O, yendo aún más lejos, uno podría preguntarse, ¿es posible semejante contradicción moral, la existencia de encubridores intocables en el periodismo? La ingenuidad es un derecho humano: no se le niega a nadie.

Como en cualquier profesión, parece razonable que se torne difícil hacer periodismo de investigación sobre el compañero de banco, el colega de toda la vida, el amigote. Pero cuidado con esa solidaridad delictiva. Tal vez, lo que está en juego sea algo más denso: la interpelación misma acerca de qué significa ser periodista y hacer periodismo. Quizás el mandato de esta profesión no sea como el de otras, sino que se trate de olfatear lo irregular, de escudriñar lo torcido, de develar lo recóndito, de investigar lo escondido.

Sería bueno no deponer tan fácilmente los sueños éticos que movilizaron a muchos a elegir esa vocación. Hacerlo significaría un guiño extremadamente triste para las generaciones entusiastas que vienen detrás. No podemos hacerles eso. Buena parte de los que nos informamos a través de los medios de comunicación necesitamos con urgencia que esos comportamientos inmorales salgan a la luz y se revelen. Para eso hacen falta profesionales con coraje y, por suerte, abundan. Hay esperanza.

Si los periodistas ponen luz en las oscuridades de su propia casa, posiblemente consigan una mayor credibilidad a futuro. Ellos lo saben bien: la mayoría de las cosas del mundo pueden ser compradas, pero la reputación no. Cuando los ciudadanos sepamos quiénes nos mienten, quiénes tranzan para traficarnos falsedades y quiénes callan, entonces podremos ver más claramente en dónde depositamos nuestro capital sagrado llamado confianza.

Necesitamos más periodismo sobre el periodismo. Más verdad y menos pillos. Eso nos hará una mejor sociedad.

publicado en La Nación, 19/1/2019

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