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EEUU, China y una rivalidad que probablemente persistirá con Joe Biden

Mariano Caucino

La llegada de Joe Biden a la Presidencia de los Estados Unidos alimenta las especulaciones sobre la clase de política exterior que su administración podrá desplegar. En especial, esta expectativa se centra en el tipo de aproximación que el nuevo jefe de la Casa Blanca podrá adoptar frente a la creciente rivalidad entre Washington y Beijing, un punto en el que la saliente Administración Trump mantuvo un método de enfrentamiento frontal.

Pero para entender las relaciones entre China y los Estados Unidos conviene repasar los sucesos históricos recientes más sobresalientes en ese vínculo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, China y los Estados Unidos compartieron enemigos en común y se transformaron junto a la Unión Soviética y el Reino Unido en los principales aliados contra las potencias del Eje. El final de la guerra fue seguido por el reinicio de la disputa civil entre comunistas y nacionalistas que terminó con la consolidación de los primeros bajo el liderazgo de Mao y la fundación de la República Popular el 1 de octubre de 1949. Pero la China de entonces era un país devastado por años de guerra civil, ocupaciones por parte de las potencias occidentales y una economía atrasada derivada del hecho de que el país había escapado de los beneficios de la Revolución Industrial. A su vez, el “Gran Salto Adelante” y la “Revolución Cultural” no hicieron más que profundizar la postergación, una realidad que acentuó los sentimientos de humillación del liderazgo chino.

En tanto, tras una etapa inicial de amistad entre Mao y Stalin, la rivalidad entre los dos gigantes no tardó en reaparecer y las relaciones entre Moscú y Beijing se deterioraron al extremo de poner a las dos potencias nucleares al borde de un conflicto armado a fines de los años sesenta. Esa realidad brindaría la ventana de oportunidad para que Richard Nixon y Henry Kissinger desplegaran su audaz y creativa política triangular que llevaría a Washington a buscar mantener con los soviéticos y con los chinos una relación más cercana que la que éstos tenían entre sí. En enero de 1979 Deng Xiaoping viajó a Washington para formalizar con el presidente Jimmy Carter la apertura de relaciones diplomáticas plenas entre China y los Estados Unidos. Para entonces habían muerto Mao y Chou-en-lai y Deng había lanzado las reformas de apertura a la economía de mercado que transformarían en solo cuatro décadas a China en la segunda economía global.

En las décadas que siguieron los Estados Unidos y China mantuvieron relaciones complejas en las que el punto más controvertido en el vínculo bilateral estuvo relacionado con la situación en el estrecho de Taiwán -por caso con una serie de incidentes importantes en 1996- pero sin que la relación adquiriera el grado de rivalidad que experimentaría más tarde.

Para entonces, los Estados Unidos atravesaban el período “unipolar” que siguió a la caída de la Unión Soviética en 1991. El derrumbe del imperio socialista en Europa Oriental iniciado dos años antes tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso del experimento comunista despertaron esperanzas sobre “el fin de la Historia”. De pronto afloraron optimistas que imaginaron la llegada de un tiempo en que el mundo avanzaría hacia la democracia y la economía de mercado. Pero una serie de acontecimientos demostrarían que esa esperanza era desmedida. En la mañana del 11 de septiembre de 2001 un atentado masivo contra los Estados Unidos cambió el escenario global de manera decisiva. Siete años más tarde, la quiebra de Lehman Brothers disparó la crisis financiera global que afectó a prácticamente todo el planeta.

Las intervenciones en Afganistán e Irak, a su vez, deterioraron seriamente el prestigio norteamericano durante la era Bush en la primera década del siglo. Tales operaciones -especialmente la de Irak- provocaron un quiebre en el sistema internacional por haber sido decidida de manera unilateral al margen del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En tanto, China continuaba en su senda de crecimiento arrollador. En noviembre de 2001, mientras los Estados Unidos se recuperaban del golpe demoledor del 11 de septiembre, China conseguía el acceso a la Organización Mundial de Comercio. Un lustro más tarde superó a Alemania y se convirtió en la tercera economía global al tiempo que en 2010 desplazó al Japón y se transformó en el segundo PBI del mundo.

El ascenso de China como potencia global es sin dudas el dato central del tiempo que nos toca vivir. La forma en que esa elevación sea tramitada constituye el eje del debate de la gran mayoría de los analistas políticos internacionales del mundo entero.

A diferencia de los Estados Unidos -acaso el país más beneficiado de la historia-, China convive con dificultades geográficas imposibles de modificar. Mientras que los Estados Unidos gozan de una posición privilegiada, protegido por dos inmensos océanos y con dos vecinos que no ofrecen amenazas como Canadá y México, los jerarcas de Beijing no pueden obviar una realidad inocultable. Aquella que surge del hecho de que China se encuentra rodeada de potencias -muchas de ellas con armas nucleares- con las que mantiene ancestrales relaciones de rivalidad. Actualmente, China tiene vínculos conflictivos con India, Vietnam, Corea del Sur, Japón, Filipinas y si bien tiene una relación coyunturalmente cercana con Rusia ésta es derivada de un hecho que no controla y que surge de los malentendidos que el Kremlin conserva con Occidente.

En tanto, la crisis derivada de la pandemia surgida de la aparición del COVID-19 ha profundizado la conflictividad entre Washington y Beijing, a partir de la acusación norteamericana -y de otros países occidentales- sobre la presunta responsabilidad china en la materia.

El ex ministro de Finanzas chino Lou Jiwei afirmó el viernes pasado durante la Cumbre de Caixin en la capital china que las fricciones comerciales entre Washington y Beijing persistirán a pesar del cambio de gobierno en los Estados Unidos. Días antes, las acciones de empresas chinas y de Asia en general habían aumentado considerablemente a partir de que el sábado 7 se conociera que el candidato demócrata había logrado desplazar a Trump.

La Administración Trump había abandonado el llamado Tratado Transpacífico (TPP) en el inicio de su mandato, había lanzado una “guerra comercial” a mediados de 2018 y llegaría a acusar al Partido Comunista chino de beneficiarse injustificadamente a partir de su estatus de economía en vías de desarrollo según la clasificación de la Organización Mundial de Comercio. Las disputas aumentarían en los meses y años que siguieron determinando que tanto Washington como Beijing impusieran tarifas y sanciones que afectaron las olas de comercio global. La derrota del presidente incumbente alimentó por lo tanto un optimismo sobre un posible regreso a tiempos de mayor cooperación.

Una confrontación directa en el plano militar entre China y Estados Unidos aparece como una hipótesis poco probable para la mayoría de los analistas. Sin embargo, existe un consenso en entrever que el ascenso de China como potencia global está llamado a despertar inevitablemente la inquietud de la potencia establecida que en el mundo actual siguen siendo los Estados Unidos. La llamada “Trampa de Tucídides” resultaría en ese caso un escenario inexorable. Más optimista, el ex embajador argentino en China Diego Guelar (2016-2019) asegura que las rispideces entre Beijing y Washington responden a un mecanismo constante de ajuste natural de la que es la interrelación comercial y económica más importante del mundo. Acaso aplicando las reglas de la llamada teoría de la interdependencia de Robert Keohane y Joseph Nye, Guelar sostiene: “China y EEUU son la mayor sociedad entre dos naciones que se ha construido en la historia de la humanidad. Lo que están haciendo es ajustando esa sociedad, no están en guerra. Estamos hablando de una negociación para organizar la competencia entre los dos socios”.

Otras visiones responden a una visión realista y advierten que el choque entre China y Estados Unidos es un dato inevitable. Algunos especialistas realistas sostienen que un acercamiento con Rusia aparece en el horizonte como un imperativo de la hora toda vez que en las presentes circunstancias históricas la potencia ascendente no es la antigua Unión Soviética sino la República Popular China. Otros sostienen que una aproximación menos confrontativa con China podría brindar mejores perspectivas para conducir una relación que está condenada a determinar en buena medida el curso de los acontecimientos globales del futuro inmediato.

Por su parte, el diplomático César Mayoral -ex embajador argentino en China entre 2007 y 2010- anticipa que los norteamericanos podrían elaborar su aproximación en el futuro inmediato en función de tres posibilidades: “La primera implicaría intentar ante China una negociación conjunta con los líderes europeos, la segunda en arreglar solos en la creencia de que los europeos terminarán incorporándose o la tercera directamente no arreglando nada esperando un repliegue de Beijing”. A su vez, Mayoral entiende que la problemática vinculada a la situación de los derechos humanos en China -por caso en relación con la minoría musulmana de los Uigures- “seguirá siendo un motivo de distancias entre las potencias”.

Hacer pronósticos sobre el futuro es un ejercicio arriesgado para cualquier analista por cuanto el tiempo por venir pertenece al ámbito de lo desconocido. Por su parte, el estudio de la historia -el único laboratorio de la política- ofrece un dispositivo limitado para hurgar algunas enseñanzas sobre las grandes tendencias permanentes que rigen las relaciones de fuerza entre los países.

Cuando asuma la Presidencia el próximo 20 de enero, Biden será el hombre más experimentado en materia de política exterior -con la sola excepción de George H. W. Bush- en llegar al Salón Oval en las últimas cuatro décadas. Solo el tiempo dirá si esas condiciones serán suficientes para liderar a su país en la difícil tarea de enfrentar los tiempos convulsionados que rigen el escenario global.

publicado en Infobae, 15/11/2020

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