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El aborto legal avanza en el Senado: ¿por qué al Gobierno le conviene que se apruebe?

Marcos Novaro

La media sanción del proyecto de despenalización en Diputados tuvo el efecto de cambiar la relación de fuerzas hasta entonces vigente en el Senado sobre el tema: la amplia mayoría en contra que se daba por descontada se diluyó en las últimas semanas y ahora los votos están parejos.

En parte, esto es consecuencia de que los senadores advierten que está en discusión no sólo un cambio político e institucional a instrumentar, sino un cambio en la sociedad que ya se consumó y al que no tiene mayor sentido oponerse: si hasta la votación en Diputados una estrecha mayoría social apoyaba el proyecto, ahora que avanzó es natural que el apoyo crezca, pero no solo por su parcial éxito, sino sobre todo porque una vez que el tema salió a la luz se complica dejar las cosas como estaban, volver a poner el drama estéril y arcaico del aborto ilegal bajo la alfombra para seguir ignorándolo.

Así que no se equivocaban quienes insistían en dejarlo año a año fuera de la agenda legislativa: habilitar el debate era recorrer al menos la mitad del camino a la despenalización. Y no se equivocan por tanto tampoco quienes responsabilizan a Macri por este resultado: por más que declare su neutralidad, el Presidente ya está implicado en este proceso, fue el que lo hizo posible.

¿Qué pasará con el debate en el Senado? ¿Sucederá lo mismo que en la Cámara Baja, donde fue llevando más voluntades a favor de la reforma? Es posible, así que puede que de la docena de senadores dubitativos la mayoría termine avalándola.

De todos modos quienes se oponen, y en particular la Iglesia católica, están buscando desesperadamente vías para revertir esta tendencia. La que parecen haber elegido es polarizar y escalar aún más la confrontación entre el bien y el mal: en vez de asumir que su error en Diputados fue apelar en demasía a argumentos morales de este tipo, y subestimar la cuestión de salud pública y las salidas intermedias como la educación sexual, la difusión de métodos anticonceptivos y demás, entienden que les faltó agitar con más énfasis el temor a una hecatombe moral, movilizar la repulsa que debería generar en todo buen corazón que el “Estado mate inocentes”, como ha dicho el senador Federico Pinedo.

Podrá decirse que por esta vía la Iglesia no tiene muchas chances de convencer a los dubitativos, pero tal vez su objetivo no sea convencer, sino lisa y llanamente asustar; y no tanto a los buenos corazones como a los políticos pragmáticos: concretamente su mensaje es que no va a tolerar la aprobación de la ley, va a impugnarla eternamente y a considerar a quienes la hayan promovido como responsables de un daño enorme, inasimilable. En suma, le están diciendo a Macri, y de paso también a Pichetto y por qué no a Cristina Kirchner, que no les va a resultar gratis colaborar con esta reforma, así que les convendría revisar los cálculos que han venido haciendo al respecto.

¿Tiene ese planteo chances de prosperar? Quien queda más expuesto a él es, claro, el Presidente. Para empezar, porque está en el poder y tiene más necesidad de mantener unidos a sus seguidores, y ya no puede disimular que la mayoría de sus legisladores se oponen al proyecto. También porque debe saber que sus votantes están divididos en este asunto, y en caso de extremarse la confrontación va a correr el riesgo de que su coalición de apoyo, ya por otros motivos sometida a tensiones, se debilite aún más.

Con todo, y aun considerando estos y otros “costos extra” que podría imponerle una activa y virulenta campaña eclesiástica de aquí a que se vote en el Senado, a principios de agosto, lo cierto es que Macri difícilmente tenga chances de cambiar de actitud y remar disimuladamente en contra de la despenalización sin pagar otros costos aún más altos.

Para empezar, porque el tema del aborto en particular y más en general el movimiento feminista que lo impulsa son las únicas expresiones “de derechos” que realmente tienen llegada a la opinión pública en nuestros días (llegada que en cambio es infinitamente menor, o hasta negativa, para todo el llamado “movimiento de derechos humanos”) y en caso de ceder ese territorio a sus adversarios de izquierda y el kirchnerismoMacri se pondría de punto con un amplio sector de la sociedad que tendrá a la mano otras opciones electorales el año que viene, desde esas más ideológicas a otras difusamente progresistas. La apertura de una agenda de género en su discurso de inauguración de sesiones legislativas de este año tuvo el sentido de atender a esta demanda, y frustrarla de modo tan palmario no sería gratuito.

Segundo, porque sabe que aunque muchos de sus legisladores se oponen enfáticamente a la ley, sobre todo en el Senado, el rechazo entre sus votantes es mucho menor, tanto en volumen como más todavía en intensidad. No hay, en realidad nunca hubo, un voto católico en el país, y esta cuestión no va a crearlo; menos todavía en un contexto en que no hay alternativa “por derecha” ni algo así tiene chances de surgir, al menos no en lo inmediato.

Conclusión: aunque entre el Episcopado y el núcleo duro antiabortista formado por varios de sus senadores más cercanos lo quieran asustar, Macri debe saber que es más que nada un bluff, un hacer ruido para disimular la falta de estrategia y viabilidad de lo que proponen. Ojalá -además de no hacerles caso- sea él capaz de convencerlos de que les conviene optar por una vía media. Así Cambiemos sufrirá menos.

publicado en www.tn.com.ar, 28/6/2018

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