Lecturas sugeridas

El ajuste del ajuste

Javier Lindenboim

Es notable en Argentina la dificultad por llamar a las cosas por su nombre y la vocación por etiquetar vacuidades. Uno de estos ejemplos es el modo de denominar la necesidad de actuar sobre los desequilibrios notorios, persistentes y frustrantes que muestra la economía de nuestro país.

Por lo general ese hábito va de la mano de otro: la simplificación extrema de las complejidades inherentes a la sociedad moderna y, por tanto, el apego a consignas facilistas.

Nos empecinamos en no reconocer que una parte no pequeña de la bonanza de la primera década del siglo XXI se originaba, como en gran parte de América Latina, en una novedad mundial que cambiaba el recorrido de la evolución de los términos de intercambio. Esa relación entre los precios de las ventas y los de las compras en el exterior (muy desfavorable para toda América Latina en la segunda mitad del siglo XXI) se dio vuelta como una media.

Los precios de los productos primarios de exportación latinoamericanos crecieron de modo inusitado (el petróleo, por ejemplo, pasó de 20 dólares en 2002 a 140 en 2009 antes de la crisis financiera cuando cayó a 40 dólares; su recuperación lo mantuvo en las cercanías de 100 dólares hasta 2015). Ese proceso para los combustibles alimentó el desempeño de Venezuela, de Ecuador o de Bolivia, así como el de la soja incidió en Argentina o Brasil. Y no fueron los únicos bienes ni los únicos países que recibieron este enorme impulso que empezó a declinar al comenzar el segundo decenio de este siglo.

La mayoría de nuestros países no concretaron modificaciones a su estructura productiva, quizás convencidos de que ese buen momento sería permanente o, al menos, más perdurable. Al carecer de ese soporte se hizo imprescindible afrontar los desafíos volviendo a la realidad de las limitaciones de nuestra configuración productiva. Esta tiene atraso tecnológico, escasez de inversión (no necesariamente de ahorro), escaso apego a las normas legales y a las obligaciones fiscales, alta confianza en que medidas mágicas producirían de inmediato la solución deseada. En cada uno de los momentos de cierto dinamismo económico, los sectores beneficiados, en particular las capas medias, tienden a concebir sus mejorías como logros propios y permanentes por lo que los cambios macroeconómicos les producen mayor decepción y desapego.

Argentina tiene, en ese contexto, algunas peculiaridades, en particular por ser el único país en el que se considera que hay sólo un sector político (que, a su vez, se ve a si mismo como la encarnación de la Nación) con capacidad de afrontar las dificultades y construir el futuro apetecible.

Así, se observa aunque termina siendo difícil de comprender, la asunción de propuestas denostadas hasta hace unos momentos (el equilibrio fiscal, en lugar destacado) que ahora son expuestas con naturalidad, maquilladas con el argumento de que se trata de tragos amargos sólo necesarios por la pésima gestión precedente.

De un plumazo se borra así la larga historia de estancamiento productivo del país, la sucesión de orientaciones políticas divergentes (incluso desde una misma facción política), la fuerte irregularidad de nuestro ciclo económico (caemos un año de cada tres), la mencionada escasez de la tasa de inversión, la pérdida de la participación del salario en el ingreso nacional desde mediados de los setenta, seguida de una recuperación importante a la salida de la crisis de 2001 pero sin condiciones de sustentabilidad (subsidios crecientes, desaparición de superávits fiscal y externo) que empezaron a mostrarse en el segundo mandato de la Dra. Kirchner y eclosionaron en la segunda mitad de la gestión macrista.

Ya en 2011 se ensayó –con aquello de la “sintonía fina”- un esbozo de ajuste sin llamarlo tal. Ahora hubo una constante andanada contra toda propuesta de Cambiemos por atender a algunos de los temas nodales (como el de la sostenibilidad fiscal y externa) no criticándolo por los reales o supuestos errores de implementación sino en su conjunto. No eran cosas que hacían falta, se decía

Ahora, al margen de algunas medidas acotadas, la formulación “hay que poner plata en el bolsillo de la gente” se expresa en “cuanto hace falta sacar de los bolsillos de la gente” para arreglar el desaguisado recibido. Al no irse a fondo y en serio, se repiten formulaciones a veces huecas pero que, convengamos, tienen andamiento en vastos sectores de la sociedad.

Al no estar convencida la dirigencia ni la sociedad de que se trata de problemas extremadamente complejos y que requieren seguramente lapsos no acotados, entonces se reemplaza esa explicitación por consignas que siguen encubriendo los problemas como si estos se resolvieran por sí mismos.

El caso del sistema previsional es –quizás- un dramático ejemplo. Desde la reforma de hace un cuarto de siglo, sólo se cambió el manejo de los cuantiosos fondos (de manos de las AFJP a las arcas públicas) sin cambiar nada de su estructura básica y sólo atendiendo a los heridos con moratorias sucesivas pues no resuelven las cuestiones centrales. La negativa a sentarse a discutir seriamente ha llevado sucesivamente a parches que cada vez más rápidamente muestran su insuficiencia sino su ineficacia. No se conoce aún la opinión de los especialistas que miraron siempre con recelo la gestión macrista por las presumidas propuestas retrógradas que impulsaría frente a las nuevas medidas planteadas en el marco del paquete económico oficial, que al menos temporalmente, vuelve a dejar al arbitrio de la autoridad presidencial los ingresos y el futuro de ese amplio sector de la sociedad (suspensión de los ajustes periódicos legales y de regímenes especiales, por ejemplo).

En estos días en que seguramente tendremos en manos del nuevo gobierno atribuciones excesivas dirigidas a resolver las urgencias, que son muchas, perderemos otra vez la oportunidad de discutir acerca del horizonte por alcanzar y los medios para ello. Por eso sólo nos queda, negando el ajuste, hacer el ajuste. Y punto. Una verdadera lástima.

publicado en El Cronista, 20/12/2019

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