Contribuciones de los socios

El conformismo es la derrota de la política

Eduardo Levy Yeyati

Hay al menos dos lentes para pensar este año bisagra para la Argentina: una tradicional, que toma una ventana corta para evaluar los datos de manera descriptiva, y otra normativa, que usa una ventana más larga para pensar qué hacer, a dónde queremos y podemos llegar.

La lente corta nos muestra que, desde 2011, la Argentina está inmersa en un ciclo bianual: expansiones forzadas con crecimiento modesto en años impares, electorales; ajustes (de dólar y precios al alza y de salarios a la baja) y caída del producto en años pares. Todo apuntalado por un déficit fiscal creciente, para sostener el impulso preelectoral y el voto, financiado con cepo y emisión de moneda y deuda.

La lente corta nos dice que 2017 será mejor, con crecimiento, inflación en baja y déficit fiscal y externo estables. Y que, más allá de las semejanzas con el pasado, el bienio cerrará con diferencias visibles (liberación cambiaria, menor inflación y costo financiero, reducción de subsidios y resolución de la deuda con los jubilados) y otras menos visibles y de impacto diferido (desburocratización del Estado, ordenamiento de la obra pública). Un repunte de la inversión y crecimiento en 2018 terminarían de romper el fatalismo de este ciclo corto.

Si acercamos un poco la lente, vemos las huellas de dos peleas de fondo. La primera, entre shock y gradualismo, salió empatada: el shock nominal fue compensado, inevitablemente, por el gradualismo fiscal. La política monetaria y cambiaria fue autónoma, exigente y exitosa; la fiscal, expansiva y táctica. La segunda pelea, entre el corto plazo de la necesidad de preservar el capital político para las elecciones de 2017 y el largo plazo de las grandes reformas, fue menos pareja.

En una entrevista que le hace el comediante Jerry Seinfeld hace un par de años, Barack Obama dice que gobernar se parece al fútbol americano. En la jugada típica uno avanza a empellones contra la defensa rival, o es interceptado y retrocede, y parece que no va a ningún lado, que nunca alcanzará las 10 yardas que necesita para conservar la pelota. Pero de pronto, entre los cuerpos apretujados, el quarterback ve una diagonal a un compañero libre, lanza el pase y hace 15 yardas. De esas diagonales infrecuentes se nutre la política, dice Obama. Si uno se apura a tirar la diagonal y el pase es interceptado, pierde la pelota; si uno no la tira nunca, también. Por eso, abusando de la analogía, el desafío de gobernar sería saber cuidar la pelota sin dejar de buscar la diagonal para, de vez en cuando, arriesgar un pase largo.

Para buscar esta diagonal es preciso una lente más larga. ¿Qué nos muestra la lente larga? Para empezar, que la herencia es más delicada que el cepo y el déficit.

Nuestros recursos naturales por habitante son generosos, y uno de los pilares de nuestro desarrollo, pero son menores que los de países como Australia o Canadá. Tenemos bolsones de conocimiento e innovación, pero nuestro capital humano es modesto y seguirá siéndolo por ahora, porque la formación lleva tiempo y porque aún estamos buscando la solución a nuestro fracaso educativo. Sabemos cómo mejorar nuestro deteriorado capital físico (con dinero) y el Gobierno se está moviendo rápido para hacer su parte, pero para paliar este déficit necesitamos que la inversión privada alcance niveles nunca vistos en nuestra historia reciente.

Tenemos un problema de empleo. Nuestros trabajadores son de calificación media y baja, y hay desempleo encubierto en provincias y en industrias protegidas, por lo que estamos doblemente expuestos a la apertura comercial y tecnológica. Todo esto en el marco de una transición productiva donde lo viejo resiste y lo nuevo demora. De ahí que veamos políticas más defensivas que proactivas o que el entusiasmo inversor por la Argentina aún no encuentre un destino real.

Por último, está el aspecto cultural. Ya sea porque creemos que tenemos más de lo que tenemos, o por alguna memoria mítica de riqueza perdida, demandamos del Estado más de lo que puede dar, con lo que se generan preferencias que premian el cortoplacismo y condicionan la política. Con cada cambio de signo político, distintos sectores, incluso los beneficiarios del pasado, sienten que ya contribuyeron lo suyo y que hoy es tiempo de cobrar, a expensas de los demás.

Esta combinación de factores no es única, se repite en otros países, incluyendo varios de nuestros vecinos. Lo malo es que no hay precedentes de economías como la nuestra que hayan superado esta “trampa del ingreso medio” sin ayuda externa. El desafío es encontrar la salida que nadie encontró.

¿Para qué esta descorazonadora enumeración de achaques? Porque son estos obstáculos los que definen la hoja de ruta, el contorno y el contenido del cambio, el tamaño de nuestras posibilidades. Si la ventana corta nos ilusiona con un final feliz de pequeños pasos, la ventana larga nos empuja a tomar riesgos, a ir por más.

En 1995, Sudáfrica fue anfitrión del mundial de rugby, deporte de blancos, y Mandela, que como todo líder miraba al futuro tanto o más que al pasado, entendió que el apartheid era el pasado y el futuro era el fin de esa grieta, y decidió abrazar el rugby como bandera nacional. John Carlin, en un libro que narra ese período y que es la base de la película Invictus, reproduce un diálogo probablemente apócrifo entre Mandela y FrancoisPinnear, el capitán de los Springbooks. “¿Cómo hace para inspirar a su equipo?”, pregunta Mandela. “Con el ejemplo”, responde Pinnear. “Eso está muy bien”, le dice Mandela, “pero lo que quiero saber es cómo hace para inspirarlos a que sean mejores de lo que ellos creen que pueden ser.”

¿Cómo imaginar una Argentina para el 2030, posible, distinta y mejor, en la tierra del todo vale donde prima la percepción de que quien hace las cosas mal, zafa, políticamente, económicamente, incluso moralmente, porque nos excusamos mutuamente? Tal vez la clave sea convencernos de que estamos para más que esto, de que el esfuerzo y la responsabilidad social se justifican porque el futuro no es una continuación de este presente, es mejor, tanto mejor que a veces nos cuesta imaginarnos en él. El conformismo, disfrazado de pragmatismo, es la derrota de la política.

En el futuro de la Argentina hay un perfil productivo posible, con sectores ligados a la agroindustria, la energía, el turismo o las manufacturas y servicios del conocimiento (informática, diseño, contenidos, educación, salud, cuidados), que generan riqueza o divisas o empleo, o una combinación de los tres. Hay un Estado posible que, además de paliar la pobreza y proteger empresas sensibles, provee bienes y servicios públicos que impulsan la movilidad ascendente de personas y empresas, que asegura la conectividad, que es el transporte del futuro, que actualiza el régimen laboral para incluir nuevas modalidades y reducir costos de rotación siguiendo el ejemplo de algunos de los países más productivos y equitativos del mundo como Alemania o Dinamarca. Hay una sociedad posible, sin prejuicios ni grietas, que entiende que el Estado somos todos, que pasa de la indiferencia a la sanción social de los comportamientos antisociales como la corrupción o la evasión.

Esta Argentina posible no está a la vuelta de la próxima elección. Con suerte, está al final de 20 años de reformas y batallas políticas, de diálogo y acuerdos. Esta Argentina será posible si la podemos visualizar y, sobre todo, si nos convencemos de que es posible un país mejor que el que hoy creemos que podemos tener.

publicado en La Nación, 13/03/2017

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