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El coraje de la verdad

Vicente Palermo

Hay gente que dice que decir la verdad es una obligación republicana de los políticos. Se la pasa hablando de la verdad y la realidad, como si fueran cosas que estuvieran ahí, a la vista. Y por si fuera poco, afirman, decir la verdad no tiene ningún mérito, es condición necesaria y no suficiente.

No pienso las cosas de este modo. El coraje de la verdad es el título de uno de los mejores libros que leí de Michel Foucault. Debo confesar que este título, antes de leer el libro, me puso en guardia. ¿Coraje de la verdad? ¿Quién tiene derecho a decir que lo que dice es la verdad? Pero nada que ver, Foucault no se refiere aquí a esa cuestión de la “verdad objetiva”. Y su título está justificado.

Empiezo por el medio: hay que tener coraje de decir la verdad ante la gente, porque la gente no quiere escucharla. Foucault se ocupa de cómo, y quienes, establecen contratos de veridicción. Los contextos en los cuales la gente piensa: ciertamente preferiría no tener que escuchar esto, pero me lo banco. Oírlo es como tomar una medicina muy amarga, pero algo me compromete a abrir los oídos. Ahorcaría a este maldito, y sin embargo probablemente tome en cuenta lo que acabo de oír.

Comentaristas de todo tipo acostumbran a regalarnos el lugar común de que la gente quiere saber la verdad. Eso no es cierto. No es cierto en los medios de comunicación convencionales, y no es cierto en las redes. No lo es por parte de los políticos, y no lo es por parte de los sacerdotes, ni de nadie.

Esto explica, en parte, el mesianismo, como una épica sumamente tóxica, la de los que se sienten héroes y, si sobreviven, entran en la historia, o se escriben hagiografías sobre ellos.

Dejan un saldo social muy negativo, es el precio de haber logrado su victoria. Pero están, en cambio, siguiendo a Foucault, los que tienen el coraje de aspirar a ganar las credenciales de decirle a la gente aquello que, por cobardía, simplicidad, facilismo, ingenuidad, tradición, etc., la gente no quiere escuchar y que no obstante está golpeando fatalmente su puerta de modo más y más atronador.

Un político típico no tiene esta valentía, no nos hagamos ilusiones. Pero tampoco la tiene ninguna condición social típica, salvo que esté colocada fuera del problema democrático y del problema político en sí mismo. Un director de orquesta, un novelista, Piazzolla, pueden decir su verdad, pero no hay ahí mucho coraje, a menos que sean capaces de traducirla en hechos políticos y de tomar riesgos (Gandhi sí lo hacía, Astor jamás advirtió que quemaría su bandoneón si la dictadura no llamaba a elecciones libres).

Recuerdo la letra de una pancarta de campaña electoral, de vecinos de un barrio de Bogotá, creo: Basta de realidades, queremos promesas. No hay política sin promesa y por esa hendija el diablo mete la cola. Ya puestos, no faltan quienes prometen cualquier cosa.

No faltan, tampoco, los que se niegan a presentarle a la gente las “realidades” (admitamos por un instante que esto, identificar realidades, es posible). Es muy costoso, para animarse hace falta mucho coraje. Y si el contrato de veridicción está flojito desde el inicio, es más costoso e incierto aún. Y nunca va a faltar una – razonable – argumentación política que aconseje la prudencia de no mentar la soga.

No es casual que entre los contratos de veridicción que despliega Foucault no figure el político. Figura, en cambio la parresía del cínico (en sentido filosófico): busco, desnudo, a la gente para decirle lo que no quiere escuchar, mi decir veraz. Aunque ellos sufran y yo me exponga inclusive a la muerte.

Creo que los políticos de hoy, y los intelectuales públicos, si realmente creen en algo y procuran el bien de la ciudad (en sentido clásico), deben comenzar por sacudir el polvo del engaño.

Descartemos los lugares comunes, y asumamos que la gente no quiere escuchar la verdad, que decirla ha de tener costos, pero sin embargo hay que arriesgarse antes de que sea demasiado tarde. Es una cuestión de responsabilidad y siempre, estar a la altura de la responsabilidad, supone tomar muchos riesgos. ¿Cómo puede construir un político su contrato de veridicción?

Bueno, son las credenciales, no la linda carita, las que inspiran la confianza (bien o mal encaminada). Si un político tiene que hacer el esfuerzo, en un spot, para presentar un rostro digno de crédito, ya es demasiado tarde para él. Y las redes podrán ser, como dicen, la matriz de una nueva política, que deje atrás los actores habituales en las democracias representativas.

Pongamos, pero, ¿sabemos acaso cómo circula la confianza, cómo se constituyen precipitados de confianza, en las redes? En una sociedad cuya opinión pública es volátil por no decir voluble, que se la pasa fugándose constantemente de sí misma, decir la verdad requiere mucho coraje, y esto no debe, a mi juicio, ser confundido con el formuleo simplista, inmediatista, del populismo de derecha, izquierda o centro, que se presenta a sí mismo como “batiendo la justa” y escamotea los dilemas, las complejidades, las incertidumbres, inherentes a cualquier cosa buena que podamos hacer e inherentes, por lo tanto, al decir veraz.

Saber decir la verdad con coraje, así, supone tomar distancia de la parresía, que es un modo antiguo de hablar de creérsela. El creído no sirve de mucho. El político con coraje para decir la verdad no puede ser un engrupido, debe estar más inspirado por sus dudas que por sus certezas y a pesar de eso ser valiente y hablar.

La Argentina no solamente “fuga capitales” (expresión insensata con la que vulgarizamos y ocultamos el hecho de que nadie confía en la moneda doméstica), fuga también de sí misma, por lo general hacia la nada populista. Quizás se deje entrever una novedad en quienes ya creen en que de escuchar macanas tienen suficiente, y están dispuestos a soportar que los gobernantes sigan y aprendan. Reconocer esto quizás sería un ejercicio del coraje de decir la verdad.

publicado en Clarín, 30/7/2019

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