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El duro oficio de convivir y la tentación autoritaria

Jorge Sigal

El verano de 2015-2016 lo pasé trabajando doce horas diarias. Había aceptado ser secretario de Medios Públicos del gobierno “neoliberal” de Mauricio Macri y, más allá de la intensa rutina que implicaba esa decisión, tenía que atender los reclamos –algunos de tono emocionalmente subidos–, las amenazas y advertencias de los progresistas de mi vida anterior que me exigían rendición incondicional, presionaban sobre mi familia, mientras desataban una campaña de infamias en las redes sociales. Traidor fue lo más suave que me dijeron. Uno de esos justicieros, luego famoso por abofetear a una muchacha, llegó a mencionarme como empleado de la embajada de Estados Unidos, “un agente del imperialismo”.

Por las noches, quebrado por la fatiga, me refugiaba en la lectura de Federico Sánchez se despide de ustedes, la autobiografía de Jorge Semprún, ex prisionero del campo de concentración de Buchenwald, quien había decidido renunciar a la cúpula del Partido Comunista español para, finalmente, aceptar, en 1988, ser ministro de Cultura de Felipe González. No había, por supuesto, punto de comparación entre ese gigante intelectual y yo, pero, su resistencia a la detracción de sus ex camaradas me servía de reparo y consuelo. Sí, la estupidez era universal.

Acompañado por un equipo de periodistas profesionales de primer nivel (ninguno provenía de la política), concentramos todas las energías en una tarea cargada de épica: erradicar de raíz la maquinaria de propaganda que el populismo había naturalizado como si el Estado fuera una deidad, una estructura al servicio de su ideología.

Pusimos, entonces, nuestra pasión en movimiento. Lo primero que necesitábamos desarticular era el sentido común que había imperado durante más de una década: convencer a los actores de adentro, pero sobre todo a la sociedad, de que la información es un insumo que debe tratarse con la mayor rigurosidad posible, que opinión y noticias son elementos que no deben confundirse ni mezclarse deliberadamente. Mucho menos, cuando es el Estado el que informa.

Había que actuar contra reloj. En marzo debíamos lanzar la nueva programación. Veníamos de una banalización narrativa tolerada por la población, de un relato que se dedicaba a exaltar a los autócratas y hacía desaparecer la voz de la oposición, que solo figuraba como blanco de ataques despiadados sin derecho a defensa alguno.

Nosotros no queríamos hacer lo mismo pero al revés, sino establecer una nueva concepción acerca de lo público. El entusiasmo late en el corazón de los honestos. Sin embargo, la realidad suele ser tozuda y también tramposa.

Entre los convocados para renovar su contrato en uno de los tres medios que estaban a mi cargo (TV Pública, Radio Nacional y Agencia Télam), había un colega con el que me habían unido años de amistad. Yo tenía por él una enorme admiración. Es cierto también que, en los tiempos histéricos de la grieta, de los ajusticiamientos simbólicos a periodistas en la plaza pública, habíamos dejado de frecuentarnos. Creí que había llegado la hora de repararlo.

Fui especialmente a la oficina en la cual debía formalizarse la continuidad de su tarea profesional en uno de aquellos medios. Me pareció un gesto imprescindible. No político. No demagógico. Un gesto cargado de simbolismo. Quería demostrarle, sin necesidad de palabras, lo que representaba aquel hecho protocolar: se había terminado la farsa del “ellos o nosotros”, “el Estado no es mío ni de la administración de turno”, “los únicos requisitos imprescindible para trabajar en un servicio público serían, a partir de este momento, la solvencia profesional y el compromiso con la verdad”. Le tendí la mano con respeto, una señal inconfundible. Pero él, me apartó con brusquedad, me negó el saludo, y se retiró del lugar luego de firmar el contrato laboral.

Nos cruzamos un par de veces durante esos veinticuatro meses que permanecí en la función. Él cumplió con su parte contractual y el Estado con la suya. Sin embargo, jamás pudimos volver a conversar. No había diálogo posible “entre enemigos”. Ese era el concepto que había instalado el nacional populismo. Por primacía de una ideología rasposa, yo me había convertido para ese colega en El Mal absoluto.

Muchas veces vuelvo a este traspié, quizás menor, porque me parece representativo de un dilema que sigue instalado en nuestra sociedad. Y del que no sabemos cómo salir.

Decía Amos Oz, enorme escritor israelí, premio Príncipe de Asturias, fallecido en 2018, que los fanáticos son “sentimentales sin remedio”. Y agregaba: “La semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo”.

Ese dilema –que esconde, finalmente, la fantasía de eliminar al otro–, tan humano, tan propio de nuestra especie, continúa siendo una enorme amenaza.

Hoy, cuando parecerían disolverse las verdades absolutas que el kirchnerismo instaló como religión de Estado, esa “superioridad moral” asoma nuevamente en otros paladines de la intolerancia, en otros custodios de la fe. El fanatismo, explicaba el autor de Una historia de amor y oscuridad, es un mal genético, se adhiere a la piel: la única forma de esquivarlo es tomar conciencia de que todos lo llevamos en el ADN.

Muchos confunden firmeza con intransigencia. Parecen convencidos de que al fanatismo de un signo se combate con otro de signo contrario, que llegó la hora de la revancha. Suben las acciones de nuevos cruzados. Cuanto más desesperante es nuestra existencia, por la corrosión de una vida digna, por la impotencia a la que nos somete la degradación material y moral, más crece la tentación facilista de los extremos.

¿Qué hacemos con quienes no piensan como nosotros? Es una pregunta enorme y la respuesta no es simple. La vulgata responderá: ¡a la hoguera! Pero nosotros sabemos que el fuego no purifica las almas. Que la historia, testaruda, empecinada, nos seguirá poniendo ante el dilema de soportarnos entre los distintos o ceder a la tentación autoritaria.

Para protegernos de ese mal congénito, los seres humanos inventamos la ley. El Dura lex, sed lex de los romanos. La ley es dura, pero es la ley. Es una receta antigua, pero es la única que ha permitido a la humanidad salir de las cavernas. La República democrática no es una panacea, sino, apenas, el mejor de los sistemas posibles: regula nuestras pulsiones, nos somete al imperio de la norma, nos obliga a convivir sin cruzar la línea de las fantasías depuradoras.

Resulta sencillo declamarlo, pero es muy difícil de asumir. Y mucho más difícil aún es encontrar un equilibrio basado en la sensatez cuando los fanáticos, esos “sentimentalistas incorregibles”, nos acechan con sus categorías estancas, sus promesas de revoluciones instantáneas. Cuando los iconoclastas de ocasión nos invitan a purificar las almas tomando el camino corto de la furia. Una vez consulté a uno de los más importantes productores argentinos cómo profesionalizar la pantalla oficial. Me respondió: “Con esa gente, con militantes rentados, ñoquis y gremialistas inescrupulosos, no se puede hacer un canal”. A los pocos días, durante la entrega de los Martín Fierro, lo vi con un letrero que decía “No al vaciamiento de la TV pública”.

Para cambiar de verdad, además de leyes, hace falta construir mayorías dispuestas a sostenerlas.

Norma Morandini, autora de un reciente e imprescindible libro, Silencios, habla de estas cosas. Con su delicada prosa, Norma nos invita a mirar el pasado para poder construir el futuro. “Aprendí a desconfiar de los que gritan”, declama la ensayista, que acaba de parir la obra de su madurez, aquella que las personas lúcidas meditan durante toda una vida y la dan a luz como si un rayo las hubiera iluminado de repente. Subyace en esa travesía maravillosa, construida en base a mucho dolor –por primera vez transita su propio derrotero como hermana de dos desaparecidos–, una pregunta inquietante y realista: ¿nos vamos a seguir matando?

publicado en La Nación, 27/6/2022

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