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El feminismo es de todos

Rogelio Alaniz

Ni una menos es la consigna de una causa justa, que incluye en primer lugar a las mujeres, pero también a todos los hombres de buena fe; una causa que se inscribe en la lucha por la vida y por la libertad; que nos convoca a todos, en la que solo quedan excluidos los asesinos y las ideas y prejuicios que legitiman el crimen. Insisto en la amplitud de la convocatoria. En este llamado no puede haber discriminaciones políticas, ideológicas o religiosas. A las mujeres que fueron apuñaladas con furia homicida, golpeadas sin misericordia, baleadas sin compasión, colgadas a una soga en un travesaño, aniquiladas por el fuego o el plomo, sus verdugos no les preguntaron si eran creyentes o agnósticas, de derecha o de izquierda, oficialistas u opositoras, si estaban a favor o en contra del aborto o si votaban por Mauricio o por Cristina. Las mataron porque eran mujeres; las mataron porque no soportaban su libertad; las mataron porque decidieron ser los emisarios de la muerte.

Acechando a la sombra de los criminales está el machismo con sus patologías, sus taras, su desoladora impotencia, sus monstruosas castraciones afectivas y su horrorosa pulsión de muerte. Pero insisto: se trata de una lucha de todos, sin perder de vista que, en primer lugar, coloca a la mujer en el centro de la escena. El feminismo, más allá de sus «ismos», se justifica históricamente por ese esfuerzo denodado, muchas veces a contramano de las ideas «correctas» de su tiempo, por reivindicar los derechos de la mujer, que traducidos al presente se sintetizan en el derecho a la vida, a decidir, a ser libres, en definitiva, el derecho a ser personas.

¿De derecha, de izquierda? Diría que el feminismo es un derecho, una conquista de la modernidad, un derecho sin el cual la condición humana es mutilada. El feminismo ha contado con mujeres socialistas, anarquistas, comunistas, pero también mujeres liberales y conservadoras. Si Alicia Moreau de Justo fue de izquierda, Victoria Ocampo fue de derecha, pero ambas estuvieron juntas reclamando por los derechos de las mujeres en un tiempo en que muy pocas lo hacían.

Tampoco la ideología debería ser un rasgo decisivo para juzgar pertenencias. Si a Eva Perón la vamos a evaluar por lo que escribió de la mujer en La razón de mi vida, su lugar estaría al lado de los sectores más retrógrados, pero ocurre que, más allá de sus escritos, la práctica social de Eva Duarte afirma la libertad de la mujer, su voluntad de lidiar contra los prejuicios que las condenaban a la oscuridad, al sometimiento, a la nada. Entonces, en esa ancha avenida trazada contra el femicidio debemos estar todos. Podemos compartir o no la interrupción del embarazo, pero seguramente la mayoría estaremos de acuerdo en que una mujer no debe ser asesinada por el macho. Podemos votar por Macri o por Fernández, pero la elección de estas opciones no afecta la voluntad de repudiar la barbarie.

Sabemos que esta lucha se libra en todas partes: en la calle, en las aulas, en los talleres, en la casa. La calle, es verdad, dispone de sus privilegios, pero no es el único escenario. Se trata de conmover la conciencia de miles, de millones de personas, un objetivo que reclama las virtudes aparentemente contradictorias de la firmeza y la moderación, de la lucidez estratégica y la eficacia táctica. No hay lugar para frivolidades. Algunas feministas deben entender que la tarea no consiste en «asustar burgueses» o en escandalizar almas beatas, sino en derrotar a los criminales.

Por su parte, quienes no asisten a estas marchas deben saber que no se trata de una causa exclusiva de la izquierda. Y los izquierdistas que salen a la calle nunca deben perder de vista que los derechos de la mujer no son necesariamente la antesala de la revolución social, entre otras cosas porque esas revoluciones, cuando llegaron, no fueron muy generosas con las mujeres y en algunos casos fueron sorprendentemente crueles.

Luchar contra lo siniestro es una tarea política, jurídica y, sobre todo, cultural. Se realiza en todos los frentes y todos los días. No hay lugar para exclusiones mezquinas o espectáculos frívolos. Hay que salir a la calle a defender la vida, pero además hay que proponerse cambiar hábitos, prejuicios, privilegios. Nunca perder de vista que la defensa de la vida nos convoca a todos. En causas como estas, el único partido digno para militar es el partido de las víctimas. Y al único partido que se debe condenar es al partido de los verdugos.

publicado en La Nación, 5/6/2019

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