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El Gobierno de Macri y la gestión papal de Francisco desde la llegada de Trump

César Mayoral

Mauricio Macri y el papa Francisco son personas que ocupan por primera vez un lugar de gran significación. Uno, como presidente de la Argentina y el otro, como jefe del Estado Vaticano. Decimos por primera vez porque Macri es el primer presidente argentino que no pertenece a ninguno de los dos partidos políticos que gobernaron la Argentina desde que se instauró la democracia, en 1916. Por su parte, Francisco es el primer Papa argentino y el primero latinoamericano desde que Pedro fundó la Iglesia Católica, hace dos mil años.

Tienen también en común que ambos son argentinos de primera generación, hijos de inmigrantes italianos, uno, del Piamonte, el otro, de Calabria. Ambos llegaron al poder en forma un tanto sorpresiva, no formaban parte de los proyectos de los círculos del poder; en la Argentina, del “círculo rojo” y en el Vaticano, de las poderosas curias italiana y norteamericana.

Por otra parte, sorpresivamente, a poco de sus respectivas llegadas, el escenario internacional se modificó brutalmente para mal de sus proyectos políticos. Los Estados Unidos cambiaron y comenzaron a ser gobernados por una figura que no pertenecía al sistema político de Washington, que modificó la política exterior de la primera potencia mundial.

Los continuos enfrentamientos con sus históricos aliados y las ideas que el presidente Barack Obama había propulsado para la región latinoamericana desaparecieron; se transformaron en desinterés y en un aislamiento constante que no han ayudado a solucionar los principales problemas regionales.

La lenta desaparición del socialismo del siglo XXI, nombre por demás elegante para disfrazar un populismo de izquierda viejo y demagógico, y la aparición de Donald Trump han dejado a la región en una constante contradicción y parálisis. No ha surgido una idea fuerza que aglutine y una a los gobernantes, que los ayude a resolver el problema fundamental, que es el de la pobreza, que cada vez es mayor, y que significa el principal escollo para consolidar las incipientes y débiles democracias.

El papa Francisco, que había llegado a su papado imbuido de la doctrina social de la Iglesia y con la decisión de avanzar en la integración de las poblaciones indígenas y reducir la enorme cantidad de marginados que pulula en el subcontinente, ha visto, a partir de la llegada de Donald Trump al poder, el resurgimiento de viejos conflictos que se consideraban superados y que le impiden avanzar, como el aislamiento de Cuba, la separación de México de América del Norte, la división de América del Sur, la definitiva consolidación de un gobierno autoritario en Venezuela, entre otros.

Esta situación que hace que el Papa no pueda mantener una relación apropiada con los Estados Unidos debilita el proyecto papal. Por otra parte, muchas de las jerarquías de las iglesias latinoamericanas se encuentran divididas y enfrentadas. Los sectores conservadores de la Iglesia lo sabotean. No logra imponer la idea de justicia social y avanzar en el castigo a los cómplices de los abusos sexuales, lo que aleja a los jóvenes de las vocaciones latinoamericanas que son irreemplazables para el futuro de la Iglesia Católica.

En el mismo sentido que el papa Francisco, Macri necesitaba, para realizar un gobierno exitoso en lo económico, inversiones, fundamentalmente norteamericanas. Ese apoyo americano no se cumplió, primero, porque el dinero es cobarde y se traslada donde tenga seguridades, y la Argentina de hoy no es aún un lugar seguro para invertir en sectores productivos. En segundo lugar, porque a Trump la Argentina no le interesa, como no le interesa el sur del continente. Ya con el centro, el Caribe y México tiene bastante en qué ocuparse (del tema migratorio sobre todo) y está llevando en muchos casos una política de la época de la Guerra Fría con Cuba y Venezuela, y con resabios xenófobos con México y Centroamérica.

Es decir, salvo el apoyo para volver a ingresar en el sistema general de preferencias y la compra de algunos limones, la ayuda no existe, por el contrario, cada vez se ponen más trabas a las exportaciones argentinas, que traducen el núcleo de la política exterior de Trump con el subcontinente “America First“.

Llegado al poder fundamentalmente por los errores tácticos y estratégicos de Cristina Kirchner, Macri creía que inevitablemente los Estados Unidos (de Clinton) lo iban a ayudar a dejar atrás el populismo en la Argentina y lo iban a poner como un ejemplo a seguir en toda la región, convirtiéndolo en un farol que irradiaría luz a la sombra que dejaban los populismos; iba a sacar de la caverna a quienes no habían visto lo que habían dejado Hugo Chávez y Cristina Kirchner, entre otros.

Creía disponer de la complicidad del papa Francisco, al que descontaba como aliado, ya que conocía su mala relación con la familia Kirchner cuando era el obispo Jorge Bergoglio. Pero el Papa tenía, como vimos, otros planes y, con el triunfo de Trump, la grieta se fue ampliando y un Macri, primero, confundido y, luego, fastidiado se fue alejando de la Iglesia y de su doctrina. Decidió avanzar solo, sin ayudas celestiales, acercándose a Trump, con una mezcla de neoliberalismo con un poco de populismo.

A las dificultades económicas históricas de la región se le debe sumar la aparición activa de China, que aprovechó la desatención de los Estados Unidos y la crisis político-económica del Brasil. En este cóctel se debe situar y analizar la mala relación del papa Francisco con Macri.

En síntesis, los proyectos previos de Macri y del papa Francisco se han desvanecido. El único proyecto regional que sigue vigente es el de China, que, al verse favorecida precisamente por este desconcierto regional y ante la desaparición de los Estados Unidos, encuentra un gran espacio para avanzar lenta pero firmemente en su presencia comercial y de inversiones en la región.

La silla se dejó libre; China la aprovecha y la va a seguir aprovechando, y no por aplicar la doctrina social de la Iglesia, como livianamente expresara un obispo cercano al Papa, ya que la dirigencia china no la conoce (como tampoco reconoce al Papa), sino porque hace más de cinco mil años viene luchando para construir y consolidar una poderosa nación y lo está logrando de nuevo, como lo fue hasta el siglo XVI.

Este ejemplo, la idea de una nación con un destino común, debería ser objeto de reflexión de los argentinos.

publicado en Infobae, 4/3/2018

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