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El largo y traumático subibaja de nuestro regreso al mundo

Jorge Ossona

Es cuestión de recorrer nuestra historia económica durante el último medio siglo como para suponer que la salida al cierre impuesto -y autoimpuesto- por los rigores del siglo XX prosigue un curso errático, pero indetenible. O dicho de otro modo, nuestra reinserción en el mundo constituye un trazo grueso y transgubernamental solo perceptible en los estilizados tiempos de la larga duración.

Se trata de un curso lento y pletórico de avances y de retrocesos, de euforias y de depresiones; en no poca medida, impreso por nuestra cultura política. Y por su pertinaz obsesión nostálgica de tiempos pretéritos para gusto de distintos «modelos de país» con sus respectivas interpretaciones conspirativas sobre la postergación de un «destino de grandeza» ínsito en nuestra esencia nacional. Conviene no desperdiciar ni una gota de tinta en esas frustrantes dialécticas ni en sus relatos del pasado y del presente. Una mirada alternativa confirmaría, en cambio, ese magistral apotegma de Antonio Gramsci sobre las transiciones: un viejo ordenamiento que tarda en morir y otro que tarda en nacer. Un breve recorrido por sus vicisitudes parece darle la razón.

Hacia el nexo de los 60 con los 70 del siglo pasado, se extendió entre las elites políticas, sociales y económicas del país un aún difuso sentido común sobre cuál debía ser el derrotero de la economía. El sendero industrial-mercado interno adoptado como réplica y tabla de salvación de la crisis de 1930 había contribuido a preservar nuestro perfil constitutivo de sociedad inclusiva e igualitaria, al garantizar empleo a millones de trabajadores. Pero luego de diez años de crecimiento ininterrumpido, tanto industrial como de un agro renacido, también estaba claro que en las nuevas condiciones locales e internacionales las crisis cíclicas de nuestro entramado productivo trastornaban nuestro crecimiento y desarrollo. Y nos apartaban del sendero de los países desarrollados de integrar sus economías en el cauce de los grandes circuitos internacionales trazados desde el fin de la segunda posguerra.

Era menester una delicada ingeniería de reformas de matriz política e institucional respecto de las que la mayoría de los actores eran contestes: desde empresarios y sindicalistas hasta políticos. A tal punto que aun durante el complicado tránsito de la Revolución Argentina a la breve restauración justicialista de 1973, el sentido final de las políticas económicas era más o menos compartido: la extroversión superadora del cepo de nuestra debilidad demográfica. Por caso, el Plan Trienal 1974-77, diseñado por el tándem Perón-Gelbard, era explícito en la promoción de las exportaciones industriales, sin desatender, como en los 40, las primarias tradicionales. Desgraciadamente, ese diagnóstico común coincidió con las pasiones revolucionarias y contrarrevolucionarias que desplazaron al centro político y desembocaron en la aventura autoritaria de la última dictadura militar.

El objetivo de extroversión cobró entonces un curso más audaz; aunque condicionado por la continuación de la crisis política bajo cuerdas de los diferentes proyectos políticos entre armas y facciones en su interior. En el contexto de la nueva crisis internacional detonada entre 1971 y 1974, que valorizó financieramente los capitales, la voluntad modernizadora se combinó con las urgencias antiinflacionarias. Y ambas confluyeron en un ensayo precipitado de apertura menos productiva que financiera y comercial. El país se sobreendeudó; y los pertinaces desequilibrios macroeconómicos -definidos en no poco por las luchas facciosas en el interior del régimen- motivaron el comienzo de una reestructuración que condujo al colapso de muchas actividades que no pudieron resistir la competencia abrupta de las importaciones entre 1978 y 1981.

Durante los 80, la deuda, la apertura financiera y la megainflación le confirieron a la Argentina semicerrada un derrotero azaroso y a la deriva. Aunque hacia las postrimerías del primer gobierno democrático ya era tangible el potencial despliegue exportador no solo de nuestro agro, sino también de las ramas industriales de bienes intermedios -acero, aluminio, celulosa, petroquímica, etc.- diseñadas hacia principios de los 70 para un mercado interno reconfigurado y reducido luego de diez años de tipo de cambio alto para financiar la deuda externa contraída por la dictadura. Se cerraba así el primer capítulo de nuestro lento regreso al mundo.

Hacia los 90, el fin de la Guerra Fría y la revolución tecnológica coincidieron con la consolidación de nuestra novel democracia y con la puesta en marcha del Mercosur. Luego de quince años de estancamiento relativo, la nueva ola de reformas privatizadoras de empresas públicas descapitalizadas motivó un flujo de inversiones en infraestructura y energía que duplicó nuestras exportaciones. El crecimiento alcanzó niveles que parecían compensar el letargo de la década y media anterior.

El segundo capítulo de nuestra transformación en una pujante economía de mercado parecía marchar viento en popa merced a la pieza de oro de la reforma: el nuevo peso convertible que asumía la dolarización fáctica impuesta por la apertura financiera de 1977 y reconvertía al BCRA en Caja de Conversión. Pero una conjunción de inflexibilidad cambiaria, exceso de gasto financiado por deuda y una estampida de devaluaciones que culminó con la de nuestro socio brasileño en 1999 condujeron al colapso de fines de 2001. El país pareció volar por los aires; sin embargo, los fundamentos de nuestro crecimiento durante los 90 estaban intactos y potencialmente listos para activar la prosecución de la reinserción.

La salida del rígido esquema convertible y el ingreso de China en la OMC hicieron el resto, relanzando otra etapa de crecimiento sideral cuya pieza macroeconómica emblemática fueron los superávits gemelos entre 2002 y 2010. Sin embargo, la crisis de 2001, el consiguiente default y su resolución poco elegante con los acreedores dejaron una inercia de descrédito plasmado en un bajísimo nivel de reinversión. La nueva política promotora de las exportaciones mediante un tipo de cambio artificialmente elevado saturó rápidamente la capacidad instalada. Estresadas las inversiones del decenio anterior, sobrevino entonces la larga penuria comenzada con esta década que se termina.

En suma, una etapa preliminar; dos picos de crecimiento -los 90 y los 2000- interrumpidos por brutales recesiones que replicaban en gran escala los ciclos stop and go entre la segunda posguerra y la crisis de los 70. Y un sendero pasa por el Mercosur -autos, granos y bienes agroindustriales alimentarios- y por el Asia oriental (soja); y que podría ingresar en una fase superior merced a la integración Mercosur-UE durante los próximos veinte años.

Nuestro desarrollo deberá atravesar los desafíos, en primer lugar, de un ordenamiento macroeconómico que requerirá varias reformas pendientes para recuperar los equilibrios perdidos en los 90 y los 2000. Superados nuestros barquinazos históricos y estabilizado un módico crecimiento, habrá llegado la hora de encadenar nuestra producción competitiva agropecuaria, industrial y energética con otras regionales y de servicios como el turismo y la salud. Conjugados, a su vez, con sectores de la economía del conocimiento que aguardan la articulación entre ciencia y tecnología para producir en escalas crecientes. Solo así será posible el sostén no inflacionario de la otra herencia residual: la de la sustitución de importaciones entre los 30 y los 70; de menor productividad, pero cuya contribución al empleo la torna indispensable para acotar la pobreza.

publicado en La Nación, 3/2/2020

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