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El nuevo momento político, desde la trastienda

Jorge Sigal

Es uno de los operadores más refinados de la política argentina. Sin embargo, como suele ocurrir con los grandes cirujanos, prefiere el anonimato al esplendor de las cámaras. Se pone el barbijo y corta allí donde hay que cortar. Luego desaparece. Ha participado en las más delicadas misiones institucionales de la Argentina democrática: relevo de presidentes, designación de miembros de la Corte Suprema, reforma constitucional, crisis militares. Y mucho más. Siempre en silencio, disfrutando de los resultados, aunque el aplauso se lo lleven otros. Así funcionó siempre, así seguirá funcionando.

Tengo la suerte de que me considere su amigo y suelo disfrutar de sus reflexiones y también de su generosidad: conocí a varios de los más importantes protagonistas del poder gracias a que jamás consideró su agenda un patrimonio propio sino un bien de uso. Tiene convicciones y lealtades partidarias, pero no se complace con las tertulias endogámicas; prefiere tender puentes. Aunque ustedes, lectores, no lo crean, en la política argentina hay tipos así. Y son imprescindibles.

Dicho esto (un pequeño homenaje a los silenciosos cultores de la buena muñeca), quiero compartir unas reflexiones que, como al pasar, me ofrendó ayer a propósito de los resultados de las elecciones del domingo.

El operador tiene mirada histórica, profundidad de foco, y eso califica su opinión:

La hazaña protagonizada por Mauricio Macri y la coalición de gobierno (recuperar la autoestima cuando la muerte parecía irreductible) colocó al país ante un nuevo escenario institucional. Lo que para el actor Dady Brieva dejó «gusto a poco» es en realidad la resurrección de un protagonista que estaba en estado de shock: el moribundo se puso de pie porque una parte sustancial de la sociedad le exigió (fundamentalmente en la espontánea movilización del 24 de agosto) que lo hiciera.

La política, seriamente cuestionada a partir del fatídico 2001, muchas veces subestimada por un sector del oficialismo, vuelve a enseñorearse como herramienta insustituible de la democracia. El gobierno hizo política (en el sentido profundo, esencial, de su razón de ser: territorio, contacto directo con la gente, respeto a las convicciones y a los acuerdos, transpiración).

El hegemonismo, encarnado por Cristina Kirchner y el sector fundamentalista de su base, sufrió una derrota consistente. El inflamado discurso de Axel Kicillof en un acto que se suponía de festejo, no fue una demostración de fuerza sino un acto de desesperación.

La sociedad, con sus dirigentes a la cabeza (como le gustaba repetir a Perón), cambió el mapa de lo que se suponía, apenas horas antes de los comicios, como un destino cantado de un país uniforme y sin matices; un país arreado por una mayoría de prepotentes circunstanciales.

Para gobernar será imprescindible, de ahora en más, negociar. Sí, negociar: conceder, imponer, avanzar, retroceder. Todos mueven, nadie puede prescindir del otro. Sucederá en la nueva y heterogénea cúpula del gobierno entrante y en la compleja y variada integración de la flamante oposición liderada por Macri. Política: así se llama este juego.

La Argentina salvó su sistema institucional, desde la inauguración de la democracia en 1983, empleando todas las herramientas a su alcance, algunas de ellas amañadas pero dentro de la legalidad: adelanto de la entrega del gobierno (1989); reforma de la Constitución Nacional (1994); renuncia, acefalía y sucesión de presidentes provisionales (2001-2003); asunción de un presidente con minoría electoral por defección del ganador (Carlos Menem) al ballottage (2003); aborto del intento de continuismo eterno (2015).

En definitiva, en medio de una crisis económica, profunda e irresuelta, los argentinos se dieron gobernabilidad -muchas veces a los tumbos y con renguera- sin destruir la casa común, sin arrojar al niño con el agua sucia.

El cirujano, que suele reunir en su casa, durante frugales cenas sociales, a los protagonistas esenciales del poder, no es un romántico ni un optimista serial. Es pragmático: lee datos y mide resultados. Ahora sus esfuerzos se concentran en disminuir los enormes riesgos que la combinación de las angustias económicas (estructurales) y el extremismo antisistema puedan ocasionar a la continuidad democrática. Cree que una oposición fuerte y racional es la clave para que no avance la pulsión autoritaria que cohabita en el nuevo oficialismo.

El operador no hace magia. Trabaja a destajo para juntar a los distintos que puedan armar un juego razonable. Sabe que lo mejor es muchas veces enemigo de lo bueno. Juega cortito y al pie.

publicado en La Nación, 30/10/2019

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