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El peronismo unificado, una construcción momentánea

Jorge Ossona

Se suele afirmar que la causa del triunfo del Frente de Todos en las PASO estriba en que el peronismo logro unificarse detrás de su cacofónica formula. Una verdad solo a medias que requiere al menos de algunas observaciones.

Lo que si resulta indudable es que una masa crítica de fracciones de su heteróclito universo ha logrado armar una vistosa coalición interna.

La unión no es, por lo demás, monolítica como lo indica la pertinaz desconfianza respecto de este experimento del dirigente peronista territorialmente más poderoso del país: el gobernador cordobés Juan Schiaretti. A él se le suman el peronista-radical Roberto Lavagna junto con el gobernador de Salta, y el gran armador justicialista, el senador Miguel Pichetto, candidato a vicepresidente del oficialismo. No se trata de figuras menores. Sumadas, evocan a Todos como una alianza de coyuntura forzada e incompleta.

Fue la indudable habilidad de CFK o de Alberto Fernández -o la de ambos- lo que motivo este ensamble exitoso para ganar la elección primaria. Fernández atrajo a Sergio Massa que hirió de muerte al “peronismo Federal”; esa promesa nuevamente frustrada de una nueva renovación partidaria de signo republicano tras los unicatos de Menem, Kirchner y de su esposa.

Luego, se convirtió en la tabla de salvación para la primera línea de gobernadores que no dejan de recordar el destrato kirchnerista y los perjuicios extorsivos a sus fiscos merced al manejo arbitrario de los fondos de la coparticipación federal.

Ambos, Fernández y los mandatarios de interior, se refugian recíprocamente frente al otro bloque poderoso: aquel al que hasta ayer nomas pretendían arrojar del movimiento reduciéndolo a un partido populista de izquierda: el cristinismo, La Cámpora y sus organizaciones sociales satélites.

Otra interpretación usual es que tanto La Cámpora como CK se han moderado y madurado a fuerza de los embates judiciales, los espectáculos explícitos de corrupción y de una serena reflexión sobre las causas de la derrota de 2015. Y que es esa moderación el cimiento de la entente entre la ex presidente y su ex jefe de gabinete.

No es, sin embargo, lo que trasmite CK en un libro cuyo título revela con claridad palmaria que nada ha cambiado de verdad: “Sinceramente”. Es cuestión de recorrer sus páginas para toparse con la Cristina Eterna, la de siempre, que no pierde oportunidad de exhibir su radicalidad setentista en cuanto acto de presentación aparece prometiendo sugestivos “nuevos órdenes” y contratos sociales.

Luego, reproducidos por voceros oficiosos que profetizan ideas rayanas en el totalitarismo.

Dos factores adicionales componen el mapa político de Todos: los “jóvenes turcos” de las organizaciones sociales, y los intendentes del GBA. Los primeros no han hecho más “quemar cajones de Herminio” ya sea anunciando proyectos de reforma agraria, sitiando barrios privados o incursionando en shoppings capitalinos en representación de “los pobres”. Los segundos han quedado maniatados en su autonomía por el alud de votos de las clases populares.

Pues a diferencia de lo que venía ocurriendo desde 2013, estas han votado mancomunadamente a Todos más allá de sus fisuras sociológicas y culturales.

Los intendentes van detrás de un candidato a gobernador del que desconfían, y al que pretenden aislar mediante una malla protectora con su candidata a vicegobernadora a la cabeza recostándose sobre Fernández y los gobernadores. ¿Y la “columna vertebral” del movimiento? Aparecen en un incómodo lugar entre el tren jacobino y la moderación preventiva en defensa de sus sagrados intereses corporativos ante la inminencia de una reforma sindical.

En suma, Todos son efectivamente muchos; aunque poco Unidos, salvo para la ocasión. Un fenómeno poco novedoso en la historia del peronismo aunque solo viable merced a la firme conducción de un jefe.

¿Cuál será la ingeniería política de Fernández para contener ese conjunto en relativa calma durante los decisivos primeros cien días de gobierno? Un misterio en el que se jugara su autoridad política. A ello se suma otra cuestión crucial: el “modus vivendi” entre ambos Fernández.

El peronismo, es sabido históricamente, no admite dobles comandos. Pero aun suponiendo que CFK se resigne a un lugar secundario, su figura será la destinataria de los previsibles planteos ni bien las políticas de Fernández comiencen a afectar intereses o se aparten de la ortodoxia kirchnerista.

Más allá de aquello a lo que aspire en su fuero íntimo, ella representa a esa franja de cuadros y de prácticas poco digeribles por los herederos del peronismo de las carreras políticas de los 80 y los 90. Estos últimos se abroquelaran con seguridad en torno de Fernández. ¿Alcanzaran los recursos simbólicos para contener a los primeros frente a un posible curso “neoliberal” forzado?

En suma, o Fernández exhibe las dotes de un nuevo conductor como Menem y Kirchner, o su poder estará destinado a diluirse en medio del fuego de planteos que no debemos esforzarnos por imaginar: están pasando todos los días en la calle bajo la forma de balaceras entre bandas gremiales, choques entre barras bravas y acampes piqueteros atizados por las indefiniciones tácticas en torno de equipos y plataformas de gestión.

La historia también hace su aporte: Cámpora, Isabel, Rodríguez Saá; y porque no, Cristina. El riesgo es el ingreso en una espiral anárquica de facciones en pugna que desasosiegan la memoria (1955, 1975, 2002…) y la actualizan en Chubut. Porque como lo recordaba el general Perón: “El pescado siempre se pudre por la cabeza”.

publicado en Clarín, 30/9/2019

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