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El último día de la URSS y el nacimiento del mundo de hoy

Mariano Caucino

Poco antes de la Convención Republicana de 1980, un consultor le preguntó a Ronald Reagan para qué quería ser Presidente. El ex actor y ex gobernador de California respondió: “Para terminar la Guerra Fría”.

Reagan vería cumplidos sus deseos diez años más tarde, al término de sus dos periodos al frente de la Casa Blanca y cuando había transferido el poder a su vicepresidente George H. W. Bush.

La caída del Muro de Berlín y el derrumbe en dominó de los regímenes socialistas de Europa del Este en 1989 serían la antesala de la disolución de la Unión Soviética. Un hito fundamental que tuvo lugar hace exactamente tres décadas. Dando inicio a una reconfiguración del orden global que continúa proyectándose hasta nuestros días.

El 25 de diciembre de 1991, el mundo vio por la CNN cómo la bandera roja del Kremlin era reemplazada por la tricolor de la Federación Rusa. Un comunicado oficial informó que la Unión Soviética cesaba en su existencia como realidad geopolítica y como sujeto de derecho internacional.

Un punto simbólico que graficó el corolario de una cadena de acontecimientos que habían acelerado las tendencias centrífugas en el seno del imperio soviético. Acaso como una idea a la que le había llegado su hora. Sin que la voluntad de los hombres pudiera detenerla.

Como había quedado demostrado cuando fracasó el golpe de Estado de agosto lanzado por los sectores conservadores que buscaban impedir la disgregación del imperio y poner fin a la aventura de reformas lanzadas por Mikhail Gorbachov la década anterior.

Un putsch probablemente anacrónico que había acelerado los efectos contrarios a los pretendidos, actuando como un catalizador del desmantelamiento de la URSS. Una realidad que Brent Scowcroft -entonces asesor de Seguridad Nacional- puso en palabras cuando concluyó que “la era Gorbachov había terminado”. En tanto, el 15 de diciembre, el secretario de Defensa Dick Cheney había expresado que Washington había llegado a la conclusión de que el Ejército Rojo se estaba “desmoronando” al mismo ritmo que el resto de la sociedad de la antigua Unión Soviética.

Fue entonces cuando, tal vez apoderados por una dinámica en alguna medida imposible de controlar por las mismas élites gobernantes, las repúblicas soviéticas comenzaron a independizarse. Un proceso en el que las repúblicas del Báltico actuaron a la vanguardia. Y en el que el 8 de diciembre de 1991 se convertiría en una fecha fundamental. Cuando Yeltsin se reunió con sus pares de Bielorrusia y Ucrania para declarar la disolución de la Unión y la formación de la CIS (Commonwealth of Independent States).

Gorbachov, de pronto, pasó a presidir una cáscara vacía. Las decisiones de las repúblicas habían determinado que el imperio de Lenín pasara a ser una entelequia. Y la Federación Rusa se convirtió en el estado sucesor de la Unión Soviética, reconociéndosele el asiento permanente en el Consejo de Seguridad y el monopolio del arsenal nuclear.

Pero, como advirtió Zbigniew Brzezinski, “sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio”. Palabras con las que el ex asesor de Seguridad Nacional de la Administración Carter sintetizó en qué medida la independencia ucraniana había dejado desguarnecido al Kremlin. Una determinación que había sido implementada a pesar de las invocaciones del presidente Bush (padre) en su recordado Chicken Kiev Speech, cuando llamó a prevenir las tendencias “nacionalistas suicidas” y a mantener la lealtad a Gorbachov.

Moscú había sufrido una virtual amputación. La Federación Rusa contendría poco más de la mitad de la población de su antecesora. Más de cien millones de ciudadanos soviéticos pasaron a vivir en otro país. Pocos meses más tarde, se disolvería el Pacto de Varsovia. Imprimiendo en el liderazgo ruso lo que los politólogos denominan un síndrome de potencia disminuida y lo que los historiadores observaron como un golpe demoledor para la vocación imperial rusa, cuya última expresión histórica había sido la URSS. “Ucrania es a Rusia como Pensilvania para los Estados Unidos”, había explicado el legendario George F. Kennan. Quien advirtió tempranamente hasta qué punto la expansión de la OTAN hacia el Este sería un error catastrófico para los intereses de largo plazo de los Estados Unidos. Un extremo que se comprueba en estos días, a raíz del persistente conflicto entre Washington y Moscú por la situación en la frontera ucraniana y ante el creciente acercamiento entre Rusia y China.

Pero la pregunta que cabe hacerse es acaso si la Unión Soviética podría haber sobrevivido. O sí por el contrario podría haber colapsado años antes. Como de alguna manera planteó Andrei Amalrik en 1969 en su recordado ensayo “Will the Soviet Union survive 1984?”. En el que advirtió hasta qué punto las inconsistencias internas, las dificultades de la economía doméstica o un eventual conflicto militar directo con China estaban llamadas a hacer colapsar al experimento soviético.

Desde otra perspectiva es dable suponer que la Unión Soviética podría haber fenecido al menos dos décadas antes. De no haber mediado dos acontecimientos enormemente beneficiosos para los intereses de sus líderes. El primero tuvo lugar cuando se descubrieron enormes yacimientos en Siberia, a mediados de los años sesenta. Y el segundo se produjo después de la Guerra de Yom Kipur cuando los países árabes decretaron un embargo petrolero contra los países occidentales que habían ayudado a Israel, determinando que en pocas semanas el precio del barril se cuadruplicara.

Entonces, la fortuna había intervenido para beneficio de los jerarcas del gerontocrático Politburó de Brezhnev, quienes vieron cómo los petrodólares llenaban las arcas del Kremlin. Consolidando a una superpotencia que parecía rivalizar de igual a igual con los Estados Unidos. Los que atravesaban años de estanflación, el trauma del Watergate y -por primera vez en su historia- una derrota militar en el desastre de Vietnam.

Pero nada es para siempre. El destino jugaría una mala pasada a los arrogantes miembros del Politburó. De pronto, Moscú se había sobre-expandido. Habiendo lanzado un sinfín de ofensivas en el Tercer Mundo, creyendo que el futuro les pertenecería. Para encontrarse con el desastre de Afganistán, a donde marcharon en la Navidad de 1979 jamás imaginando el drama interminable que les esperaba.

Así como los setenta habían sido fatales para los EEUU y sus aliados de Europa Occidental, los ochenta serían una pesadilla para los soviéticos. Sobre todo a partir de la segunda mitad de esa década, cuando un pacto entre la Administración Reagan y el Rey Fahd derrumbó el precio del petróleo a partir de un incremento de la producción de crudo por parte del Reino de Arabia Saudita. Provocando una merma calamitosa en las finanzas del Kremlin, cuya economía mantenía una persistente dependencia de los recursos naturales. Generando una situación de agobio imperial toda vez que al mismo tiempo Reagan aumentaba el gasto militar, obligando a los rusos a hacer lo propio para conservar la equivalencia estratégica.

En definitiva, como explicó Henry Kissinger en Diplomacy (1994), la Unión Soviética no contaba con un aparato económico dinámico y capaz de dotarla de los recursos necesarios para desempeñar el rol global que sus líderes le habían asignado.

Una dificultad frente a la que Gorbachov nunca encontró una solución. A pesar de sus iniciativas de Perestroika(reforma) y Glasnost (apertura). Acaso el sistema comunista estaba intrínsecamente equivocado. Tal como Dmitry Volkogonov explicó en su obra The Rise and Fall of the Soviet Empire: Political Leaders from Lenin to Gorbachev (1998) que “(Gorbachov) quiso reestructurar todo sin tocar los fundamentos socialistas de la propiedad estatal, el rol de liderazgo del Partido y los objetivos del régimen comunista. No es difícil advertir que tales objetivos eran inalcanzables. Reestructurar todo y dejar intacto los fundamentos basados por Lenin era una imposibilidad lógica. El sistema comunista era imposible de reformar. Existía o no”.

Una realidad que determinaría que Gorbachov se convirtiera -como escribió Kissinger- en “un hombre atrapado en una pesadilla, que ve venir una catástrofe pero no puede desviarla ni apartarse de ella”. Para ser sucedido por Yeltsin. Quien reconoció que el comunismo había sido un “experimento’’… que tal vez debió ser practicado en un país mucho más pequeño”.

En los días que siguieron a la Navidad de 1991, Rusia viviría un período vertiginoso como tal vez ningún otro pueblo de su envergadura experimentó en tan poco tiempo en la historia reciente. De la noche a la mañana los controles de precios fueron derogados, disparando un violento salto inflacionario que pulverizó los ingresos y los ahorros de la población. Y Rusia se convirtió en el caso más extremo de la doctrina de shock que muchos promovían.

Yegor Gaidar, quien sería considerado como el “arquitecto” de las reformas económicas de la era Yeltsin describió la experiencia de tomar el control de la economía rusa en enero de 1992 como la de quien entra a la cabina de un avión a diez mil metros de altura y descubre que no hay nadie en los controles.

En un marco de gran convulsión social, el tipo de capitalismo que surgió en Rusia, a comienzos de los años 90, se parecía demasiado a la caricatura que el relato soviético había enseñado durante siete décadas a la población.

“Lo peor del comunismo fue lo que vino después”, sentenció el periodista polaco Adam Michnik.

publicado en Infobae, 26/12/2021

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