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El virus no nos deja viajar; sumerjámonos en nosotros mismos

Nicolás José Isola

¿Cuánto tiempo es un mes de confinamiento en el alma de un niño? Es de mañana en San Pablo, el cielo está azul y el sol ilumina cada recoveco. Es un día hermoso. Mateo, mi hijo de 4 años, llega al living y me dice triste: «Papá, me parecía que hoy era un lindo día para ir a la casa de mi amigo Felipe».

Con su pulido español, elige usar el pasado, quizá porque sabe que ese pretérito imperfecto expresa perfectamente la horrible imposibilidad de salir. En el lenguaje, cancela su posible esperanza. Sin pedirle permiso, un virus malo le arrebató la concreción de su deseo. Le robó sus risas. Pena que aún no hayan inventado respiradores para cuando el alma se queda sin aire.

Hago un silencio, respiro sólo para contradecir a la muerte y Mateo vuelve. Me mira y me cuenta serio su estrategia: «Tenemos que meterle un palito con un pinche en la boca al Coronavirus, así puedo ir a visitar a Felipe».

Quiere verlo muerto. No le faltan motivos con una madre médica que se va todos los días al hospital. Ante la pandemia, Mateo conoce muy bien su deseo. Nos lleva ventaja a muchos.

Gran mentira esa de que los hijos vienen con panes bajo el brazo: lo que traen son lágrimas y anhelos. Ser padre duele en un rinconcito desconocido del ADN: hasta que no los tenés, ese rincón no existe. Cuando nacen, se abre y, automáticamente, te hacen más vulnerable.

Mateo es solo un niño en un millón, una célula de un cuerpo social desorientado. Un médico amigo que intuba pacientes con Covid-19 a diario me cuenta que, como nunca, las enfermeras y sus colegas deambulan temerosos y desconcertados. El mundo se dio vuelta a una velocidad vertiginosa. Este cataclismo implosionó muchos de nuestros edificios conceptuales.

¿Qué quedan? Rostros. De eso estamos hechos. Como contaba el sabio Pedro Casaldáliga, sacerdote español y obispo en Brasil: «Al final del camino me dirán: ‘¿Viviste? ¿Amaste?’ Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres».

El coronavirus, ese alfiler desalmado que pusieron en el panel de corcho de nuestro corazón, nos lo ha venido a recordar: somos los rostros de quienes amamos.

Al fallecer un ser querido, evocamos anécdotas sobre los que se fueron. En esas celebraciones de la vida alrededor de la muerte, buscamos tejer sentidos. Pero, ¿qué dirán de nosotros al morir?, ¿que andábamos apurados?, ¿que no levantábamos la cabeza del celular?, ¿que nuestros ojos brillaban al conversar?, ¿que ante la adversidad siempre nos volvíamos a levantar?

La muerte es una perra enloquecida que le ladra preguntas brutales a la vida. Hay que mirarla a la cara: le tiene pánico a la confianza.

Ni el capitalismo está exento de esta humanización endovenosa. Las áreas de Recursos Humanos de las multinacionales están teniendo un protagonismo clave. Por un lado, porque tienen que contener y hospedar las necesidades de su gente desorientada. Y, por el otro, porque les urge ser creativos respecto al día después, para reconstruir con los pedazos de lo que quedará. La selección de personal del Covid-19 no miró nuestros CV: nos dejó girando a todos.

Muchos se pelean con lo que sucede, y es entendible. No es cómodo bañarse en este mar bravío. Pero no hay peor cosa que quedarse parado delante de una gran ola y recibir ese sopapo cortante. Ya hemos sufrido bastante en estas aguas, sería inaceptable desperdiciarlas. Esta marea nos puede llevar a nuevas playas.

Algunos deseaban protagonizar alguna vez un momento histórico. Lo estamos viviendo y no parece ser tan atrapante. Quizás esto nos ayude a repensar nuestro sistema de expectativas. Siempre ponemos una zanahoria adelante y evitamos agradecer la zanahoria que hoy tenemos en la mano. Insatisfechos seriales, constantemente le hacemos zapping al presente.

El virus nos impidió viajar al exterior, pero nos obsequió un montón de millas para mirar hacia adentro (ese paisaje misterioso que postergábamos conocer). Lejos, verdaderamente lejos, solo se va para adentro.

Hay dos ciudades que son las escalas en este vuelo personal: quiénes somos y quiénes soñamos ser. El juego radica en acortar la distancia entre ambos puntos, hasta hacerlos coincidir.

La medicina aún no investigó algo central: si lo dejamos, el virus puede modificarnos genéticamente. Rediseñarnos.

El viaje es gratuito y perforador. Muchos en nuestros hogares estamos haciendo un curso acelerado en ingeniería del petróleo, reconociendo que en las napas personales existía un material espeso, oscuro y valioso.

Yace en nosotros una roca madre donde está nuestra versión más genuina. Convive con las sombras y las sombras, desde chiquitos, nos dan miedo. Por eso el virus está haciendo estragos mientras florecen cosas: emerge nuestra impaciencia feroz y también nuestra ternura. En el roble de nuestros barriles franceses, descansa ese extraño blend. El psiquismo pendula entre dos profundidades: la debilidad y la fortaleza.

Hay que ser pacientes y saber extraer ese hidrocarburo precioso de nuestras profundidades. Enojados por sus eternos deseos pendientes, algunos ya hacen promesas de lo que harán cuando esto se acabe. Dicen los soldados que pensar en el después torna más vivible la guerra.

Si tiramos del hilo de los hijos, brotan posibles preguntas inconscientes para las sobremesas familiares: «Papá, ¿por qué sólo trabajás y no tenés un hobby?», «mamá, ¿cuál es tu sueño pendiente?».

Deseos aplazados

Los padres creemos que no, pero el escáner de migraciones de nuestros hijos detecta muy bien el contrabando de nuestros deseos aplazados. Esas frustraciones no caben en la valija de mano. Procrastinar la felicidad es un delito federal que pagan los descendientes. Seamos buenos, que no hereden nuestra infelicidad.

Tenemos una ventaja en este vuelo. La pandemia destruyó relojes y nos metió en un no-tiempo: los días monótonos se asemejan. Estamos en una temporalidad sacra que los griegos llamaban kairós: de apertura a la oportunidad. Cronos es cuantitativo, kairós es cualitativo. Es un tiempo para que nos dejemos atravesar por aquello que puede transformarnos.

En este kairós , el virus que hizo derrumbar todas las bolsas del mundo, nos interroga sobrador: «Y vos, ¿qué vas a hacer con tu vida, dónde vas a invertirla?».

Quizás vivíamos muy lanzados hacia fuera. No son solo virtuales los likes que nos llevan de las narices. Mendigos elegantes, vamos pidiendo que nos pongan precio. El virus comunista nos lo puso: ninguno. El enigma de que no tengamos precio es que podemos ser un regalo. Y algunos no sabemos recibir los gestos divinos.

Arrodillados, son muchos aquellos que están meditando hoy sobre qué es lo medular en sus vidas. Hizo falta que el Covid-19 les abriera el airbag de sus descapotables exitistas mientras iban a 130 km/h. A veces, sólo nos escuchamos cuando nos choca la muerte de frente.

Es cierto que volvieron los peces en Venecia, pero ese no es el regreso más relevante. Lo crucial es que volvimos nosotros: nosotros volvimos a nosotros. A charlar con quienes no dialogábamos hacía mucho tiempo, a tener almuerzos en familia, a experimentar que estábamos hechos de nombres y rostros, a jugar esos juegos de mesa que nos obligan a mirarnos a la cara. El virus puso en el centro a las personas.

Días atrás, pregunté en el grupo de Facebook de mi edificio si alguien tenía un rompecabezas para prestar. Una vecina, a quien jamás vi, me ofreció uno. Le agradecí y prometió dejarlo en la puerta de su departamento. Cuando llegué, sobre la alfombra estaba la caja y encima unos caramelos con un cartelito y una carita feliz: «¡Que lo disfruten mucho!».

Flojo de papeles emocionales, como muchos en estos días, fui simplemente a buscar un objeto. Tramposa, la vecina, se metió en mi vida y le apoyó algo sagrado encima. Atrevida, ¿quién le dio permiso para en dos segundos acariciarme el alma? ¡Pobre virus! Como a piezas de un rompecabezas, intentó separarnos y nos unimos más.

publicado en La Nación, 17/4/2020

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