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Emprendedores de la economía popular

Mario Elgue

El emprendedor supone un salto cualitativo desde la relación de dependencia y del contrato transitorio al hacedor autónomo que asume riesgos y toma decisiones. Ante este fenómeno (de no muy larga data en nuestro país), pugnan por su interpretación el lente de la escuela psicologista (de origen anglosajón), que centra su análisis en la actitud y el talento individual, y otras miradas que hacen hincapié en el contexto sociocultural, territorial y político. Además de lo sensato de articular ambas ópticas, es pertinente diferenciar a los emprendedores por necesidad de los emprendedores de oportunidad. Los primeros, son aquellos de menores recursos que se improvisan como tales, ante la falta de otras ofertas laborales y, los segundos, los que aun teniendo una razonable calidad de vida, se sienten motivados para generarse mayores ingresos o se movilizan por el deseo de ser reconocidos o por el desafío de valerse por sí mismos (Luna, 2014).

Un obstáculo a la movilidad social ascendente de los potenciales emprendedores de la base y de los sectores medios de la pirámide, se origina en el paternalismo de algunas políticas públicas, por el accionar de algunos consultores sin experiencia territorial y/o por el desempeño de actores que debutan en estas lides y que –presos de barreras culturales y de inercias actitudinales difíciles de sortear- replican la situación socioeconómica previa a la puesta en marcha del nuevo proyecto.

La figura del emprendedor, cuando se asocia por convicción y/o para obtener escala, encuentra su traje a medida en la cooperativa (de provisión de servicios o de trabajo): tiene a su alcance una fórmula cuyos perfiles sintonizan con determinados valores imperantes en la sociedad.

En ese contexto, no es apropiado tomar sólo a la economía social más orgánica y capitalizada (cooperativa y mutual), que casi siempre opera en la economía formal. Corresponde sumar también -junto a esa economía social fundacional- a esta nueva economía solidaria y/o popular, que no siempre circula en la informalidad y que, en consecuencia, no debe ser equiparada forzosamente a los empleados en negro que abundan en diversos ámbitos de las compañías mercantiles (incluidas las tercerizaciones que, en ocasiones, hacen grandes firmas en talleres de extrema precariedad).

Más bien -en muchos casos- se trata de jóvenes que hacen sus primeras armas, combinando changas esporádicas y trabajos eventuales con estos embrionarios emprendimientos. Y a ellos se agregan excluidos de la economía formal que intentan una actividad independiente y que, al mismo tiempo, procuran edificar otra representación no contenida en el cauce y en las prácticas del sindicalismo tradicional.

Por ello, hoy cobra valor el impulso a las microempresas y a la economía popular para acudir en apoyo a los “ni ni” (más de un millón de jóvenes que no estudian ni trabajan); para forjar numerosos trabajos atípicos en municipios y barrios populares, vinculados a pequeñas obras públicas (veredas, limpieza de baldíos, mantenimiento de caminos y rutas, servicios de proximidad, etc.), ante más de la mitad de la población que gana menos de 500 dólares, la mayoría de la cual integra el ejército del 35% de los que están en la marginalidad y en las labores no registradas.

Y esta alternativa, surge no sólo porque ya está claro -aún para los cultores del llamado “efecto derrame”- que las anunciadas inversiones de los grandes conglomerados empresarios no arribarán para absorber gran número de desocupados y sub-ocupados sino que -enrolados en tecnologías globales- se centrarán en aquella mano de mayor capacitación y especialización.

Requeriría otro análisis específico la natural tensión entre la pretendida autonomía de los movimientos sociales -que impulsan esta economía popular- y los vínculos que la dirigencia de estos movimientos va estableciendo con el Gobierno, a partir del logro de financiamientos y de asistencias varias, materializadas -por ejemplo- en la reciente ley de emergencia social de Argentina.

Pero, a su vez, es oportuno reparar en que aunque es deseable que este colectivo de la economía popular pueda servir de punto de partida para el surgimiento de una nueva economía social, no se puede asegurar apriori que ello necesariamente desemboque en esa alternativa superadora. Y ello es así porque, en algunos casos, estas expresiones son más un mecanismo defensivo de sobrevivencia que un instrumento para el desarrollo.

publicado en Las Flores Digital, 5/3/2018

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