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Empresarios & Desarrollo

Mario Elgue

Ya no se puede identificar a todo el agro con las explotaciones extensivas (basadas en rentas diferenciales y, consecuentemente, insuficientemente trabajadas) de aquellos grandes propietarios ausentistas que detentaron la hegemonía en la etapa agroexportadora (1860-1930).

Lo intentó el kichnerismo en el conflicto por la 125, con el objetivo de lograr un rápido financiamiento (a través de las distorsivas y anti-productivas retenciones móviles) y para construir un enemigo acorde con la ficción de su relato beligerante. Y así se profundizó el quiebre K con amplias franjas que antes lo había apoyado o que habían sintonizado con parte de sus políticas socioeconómicas y de reconocimiento de derechos.

Además de la divisiones sucesorias, que generaron una reforma agraria sui generis, el actual complejo agroalimentario e industrial -en el cual se ha insertado una nueva pequeña y mediana burguesía agraria- expresa una vigorosa revolución tecnológica e informática de semillas transgénicas, nuevos fertilizantes y herbicidas, molienda de granos, biodiesel y prácticas agronómicas como la siembra directa.

De la mano de esta tecnificación del campo, también se han transformado las funciones de producción, los aumentos productivos y las modificaciones en la cadena de agregación de valor de toda la actividad. No sólo representa el 55% de nuestras exportaciones y explica un 20% del PIB sino que toda la cadena reúne el 34% de la mano de obra ocupada.

También el campo aplicó, antes que otros sectores, modelos organizacionales, inspirados en las primeras cooperativas. En efecto, así como estas entidades de los pequeños y medianos productores habían avanzado en las economías de escala (compartiendo plantas de acopio y provisión de insumos), ahora este tipo de asociativismo incorpora al pequeño productor como socio inversionista o proveedor de una gran empresa que opera en red. En este sentido, se estima que hay alrededor 100.000 pymes que expresan a una nueva burguesía nacional que puede profundizar su internacionalización, difundiendo sus innovaciones en el resto de los sectores productivos.

Por ello, producir y exportar agroalimentos o vincularse al mundo como exportador de este tipo de productos no es hoy un indicador de subdesarrollo o dependencia, como otrora se decía en ámbitos cepalianos. En rigor, en un mundo interconectado y ávido de alimentos, el valor agregado debe estar presente en toda la cadena de valor. “Desde la genética hasta los cuartos colgados en la bodega de un buque frigorífico, navegando a Smithfield”. Sin olvidar que “en un litro de aceite de soja viaja chapa, pintura y la 4 × 4 que se consumió en eso de convertir la semilla en cosecha” (Huergo, H).

Ello, sin desmedro de promover desde el Estado otras industrias que logren superar su larga niñez de sobreprotección y dar un salto de diferenciación y productividad. Y, más aún, esas otras manufacturas y esas tecnologías de punta en las que el país está bien posicionado (por ejemplo, los reactores nucleares).Tampoco es menor la decisión de impulsar emprendimientos populares que -como un eslabón de cadenas productivas locales- den cauce a empleos genuinos y faciliten el arraigo.

En suma, un proyecto de país, que apunte al desarrollo integrado, debe contener innovaciones técnico-productivas, transparentar el margen que capta -desde el productor hasta el consumidor- cada eslabón de la cadena y también articular el rol de los actores territoriales e institucionales: un sector público transparente, eficaz e inteligente, un sector privado, que asuma los riesgos empresarios y garantice empleos registrados, y a un subsistema de la economía social (cooperativo y mutual) que sepa equilibrar la democracia participativa de su dimensión asociativa y la competitividad de su dimensión empresaria.

publicado en Las Flores Digital, 20/2/2018

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