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Encrucijada 2019 para la única economía bimonetaria del mundo

Juan J. Llach

Las expectativas electorales se irán precisando de aquí en más y su curso será decisivo no sólo por el resultado de la elección, sino también por su impacto en la economía del 2019. Según sea su talante, se concretarán, o no, inversiones y consumos durables. Lo propio ocurrirá a diario en los mercados financieros, y en el “riesgo país”, cuyo aumento reciente tiene a la incertidumbre política como una causa principal.

La disyuntiva crucial es si se afianza el largo y escarpado camino que podría conducir a dejar atrás décadas de retraso socioeconómico o si se elige volver a fracasar. Para poder despegarse de tan pobre pasado hay que aceptar que somos un país anormal y, a partir de allí, sin imitar a nadie, elegir un camino propio para volver a la normalidad. Ninguna nación muestra, como la Argentina, una decadencia relativa casi centenaria, inflación y déficit fiscal crónicos desde hace décadas, defaults reiterados de la deuda soberana y, como corolario, ser la única economía plenamente bimonetaria del mundo. Se usan pesos sólo para la diaria, pero se piensa en dólares para el consumo durable, el ahorro y la inversión. El sistema financiero en pesos es exiguo, y nuestro Estado, siempre deficitario, recurre al financiamiento en divisas, un factor de inestabilidad.

Consumir casi siempre por encima de las posibilidades es considerado “normal”, pero está en la raíz de las crisis recurrentes porque, además, somos mucho mejores para gastar divisas que para producirlas y la deuda pública y el balance de pagos deficitario terminan detonando las crisis. Pero ni la mayoría de la sociedad -salvo los más pobres, que no pueden hacerlo- ni su dirigencia social y política muestran conciencia de esta situación o, por “corrección política”, no lo dicen. Comportamientos vinculados, y también destructivos, son la evasión impositiva, pese a progresos recientes, y el fiel cumplimiento del irónico lema de Luis Alberto Romero, “del Estado, todo, al fisco, nada”. A esto se agrega el criticar, al mismo tiempo, la deuda, la inflación y el ajuste, lo que equivale a afirmar que 2+2 es más que 4. Si no quiero ajustar y sí seguir en déficit, tendré más inflación y/o más deuda. Según encuestas recientes, 80% de los entrevistados deploran el ajuste, y a otra cosa. En marcado contraste, los inmigrantes saben que para consumir lo deseado hay que romperse el lomo y eligen venir a la Argentina revelando así que ven más oportunidades de emprender y de encontrar empleo que las que vemos los nativos. Gran tema a profundizar.

Si alguna duda cabía sobre el consumismo argentino, ella se disipó entre 2003 y 2015. El fuerte “viento de cola” hizo creer que, contra lo que decía el “neoliberalismo”, era posible vivir mejor sólo con “lo nuestro”, cerrándose al mundo y postergando la productividad y la inversión. Así fue que tamaña oportunidad, la mejor que nos brindó el mundo en cien años, se usó principalmente para consumir. La inversión creció sólo hasta el 2007, no llegó al 20% del PBI, cayó luego sostenidamente y hoy es apenas un 14,5% de lo producido, una de las menores del mundo.

La herencia recibida por el gobierno de Cambiemos resultó así patética por donde se la mire. Pero el gobierno optó por no explicarla a la sociedad, un grave error. Ya pasó el momento de hacerlo, pero no el de reconocer con franqueza la naturaleza de los problemas que enfrentamos. Se agregaron luego otros errores del gobierno y las críticas arreciaron. No he tenido la suerte de ver, sin embargo, alguna propuesta fundada en números de un camino alternativo y con menores costos para la sociedad. Tampoco puede demostrarse que fueran mayores, porque no hay modelos analíticos que expliquen cabalmente el funcionamiento de nuestra economía anormal.

Es muy probable que, para salir adelante, debería darse lugar al tiempo de diálogos y acuerdos y no al persistir en insultarse por sobre la grieta, culpabilizándonos los unos a los otros. A quienes alegan la imposibilidad de acordar baste recordarles el consenso fiscal y la reforma impositiva, acordadas hace apenas un año, y el presupuesto 2019, el del ajuste, votado hace un par de meses.

No está claro para buena parte de los ciudadanos qué partidos y candidatos representarán en 2019 el camino del progreso inclusivo. Tampoco les resulta evidente cómo evitar las rutas del fracaso y de las grandes crisis que, conviene recordar, ocurrieron tanto bajo gobiernos militares como civiles, ya fueran estos peronistas, radicales o el actual -como si esta reiteración fuera parte del ADN nacional-.

Coincido con quienes reclaman por planes y programas de desarrollo integral y sostenible, más allá del imprescindible ajuste fiscal y de slogans o emociones astrológicas New Age. Cierto, no es fácil realizarlos en medio de la escasez reinante. Pero hay muchas cuestiones que sí podrían encararse, tales como el proyecto que prepara el gobierno para transformar la ley del software, que vence a fin de año, en una pro economía del conocimiento.

Podrían agregarse muchos otros, tales como licitar adelantos de la reforma impositiva a quienes se comprometan a invertir más por peso adelantado; extender tan rápido como fuera posible los acuerdos sectoriales, a lo largo y a lo ancho del país y de los sectores económicos, para fomentar la productividad inclusiva, basada en la capacitación, la inversión y la innovación, con compromisos de empleo; profundizar los programas de vinculación entre I+D y producción; transformar la protección arancelaria en un contrato entre las empresas y los ciudadanos, mediados por el Estado, de proteger sólo a quienes invierten o, en fin, potenciar realmente la política de defensa de la competencia. En el plano fiscal, está pendiente diseñar un Estado siglo XXI, con métricas de productividad y fortalecer la ley de responsabilidad fiscal con sanciones a quienes la incumplan. En fin, poner en el centro de la lucha contra la pobreza un programa federal de vinculación entre educación, trabajo y emprendimiento, empezando por las zonas más necesitadas.

Esta lista, incompleta, pretende sólo ilustrar la amplia agenda disponible para una campaña argumental. Pero, ¿podría ella agregar votos? A Cambiemos es muy probable que sí. No pocos de sus votantes están muy contrariados por el ajuste, y podrían afianzarse en su voto si vieran posible un futuro distinto. El peronismo no kirchnerista es más afín a un discurso como el recién esbozado, y las principales dudas sobre él recaen en su real vocación de integrarse al mundo y en su compromiso con la responsabilidad fiscal. Respecto del kirchnerismo, su tradición es la crítica al “neoliberalismo”, pero sin propuestas, y ahora con la mochila de “los cuadernos”. Sería muy bueno para el país que su discurso las incluyera, pero no será fácil.

La pregunta final, y relevante para el 2019, es qué tipo de campaña les convendría hacer a los principales opositores, y entro aquí en puntas de pie. Ha sido frecuente en el pasado pegarle al gobierno con la economía -aun a riesgo de inducir un “golpe de mercado”- porque, al final del camino, parecía estar “la” solución. Esta vez no es tan así, y ese tipo de campaña podría ahuyentar más que atraer votos. Más aun con una economía global que no ofrece un panorama alentador. Estoy sugiriendo, en fin, que, para sorpresa de muchos, podríamos llegar a tener una campaña electoral más racional que las de costumbre, lo que sería un gran avance para el país ya desde 2019.

publicado en Clarín, 30/12/2018

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