Contribuciones de los socios

Entre el equilibrio y la fractura

Alejandro Katz

Quizá las novedades más auspiciosas que aportaron las elecciones sean una distribución del poder político sumamente equilibrada y la aparición de dos coaliciones que, de conservarse, restablecerán un cierto bipartidismo que ordenará de un modo virtuoso la política. Pero ellas también confirmaron que la fractura de nuestra sociedad es profunda, y que está escrita con un alfabeto que no es solo el de la economía, sino también el de la cultura y el de la imaginación.

Como en otros países, también en el nuestro la polarización se asienta a la vez sobre la historia, sobre el presente y, quizá lo más preocupante, sobre las ideas de los futuros posibles.

La confirmación de una fractura que es a la vez social, política y cultural puede también ser leída en la larga duración de una historia nacional en la cual modulaciones diversas de esa división aparecen sucesivamente, con nombres y rostros diversos, pero con contenidos muchas veces semejantes. Pero hay en ella particularidades de un presente en el cual las divisiones que fueron características del siglo XX están perdiendo, si no han perdido ya, su poder explicativo. El voto que llevó a Alberto Fernández al poder no es, en efecto, el voto obrero o de los sectores populares del primer peronismo ni el voto de las clases medias que se sumó a aquel en los años 70. Sin duda, hubo también en estas elecciones una correlación entre nivel de ingresos y preferencias electorales, correlación que en 2015 y, especialmente, en 2017 no se verificó o cuando menos no lo hizo tan extendidamente como para que se pudiera considerar la principal causa de la decisión de los votantes: en esas elecciones el oficialismo ganó en numerosos distritos que tradicionalmente se habían identificado con las diversas variantes del peronismo. Una de las principales críticas que debe hacerse al actual gobierno es que el desacierto de sus políticas económicas restituyó, por así decir, un componente «de clase» en las preferencias electorales de la población.

Pero la distribución del voto en estas elecciones no se explica fundamentalmente por el nivel de ingresos, sino por la geografía: la fractura social es una fractura territorial, es decir, una fractura debida al tipo de relación que se mantiene con el Estado. Como resulta evidente al observar el ya famoso mapa con los resultados de la elección por provincia (o, ampliado, por distrito en la provincia de Buenos Aires), el peronismo ganó allí donde la sociedad es más dependiente del Estado, la producción está más primarizada, el nivel educativo es más bajo y la calidad de la democracia local, juzgada con cualquier indicador internacionalmente reconocido, peor. Distritos en los que la sociedad civil es menos robusta, en los que el empleador principal es el Estado y la actividad privada es marginal. Por supuesto, no son esos los únicos votos que obtuvo la coalición ganadora: también entre votantes urbanos de alto nivel educativo -científicos, universitarios, artistas- su desempeño fue bueno. Las elecciones, sin embargo, las decidieron los votos del segundo y tercer cordón del conurbano bonaerense. El oficialismo triunfó en los distritos productivamente más dinámicos, con nivel educativo más alto, en los que las democracias locales son más exigentes y competitivas y en los que hay una sociedad civil más activa.

La polarización territorial de los votos plantea problemas más serios que la distribución social de los votantes. La distancia social, en contextos de movilidad social, políticas públicas cohesivas y bienes públicos de calidad, no es necesariamente disgregadora: las tensiones políticas que produce pueden, bien gestionadas, conducir a sociedades crecientemente igualitarias, con aspiraciones compartidas. Resultan en los países socialdemócratas de la posguerra, y, yendo aun más allá, en una Europa unificada que pudo incluso compensar diferencias ya no solo de grupo o de clase, sino incluso de ingresos entre naciones. Aunque es evidente que se trata de un proyecto que atraviesa inmensas dificultades y tensiones, no por ello deja de ser el experimento social y político más democrático e igualitario que hemos conocido.

La fractura territorial es de otro tipo: se trata de la ruptura de los imaginarios comunes, de la conciencia de que los conflictos no son los que tienen actores distintos en el marco de un proyecto compartido, sino la contradicción irredimible entre destinos divergentes y contradictorios, en la cual el éxito de unos significa el fracaso -la derrota- de los otros. La fractura social puede ser superada con políticas cohesivas. La fractura territorial es primero segregadora y finalmente disgregadora. Para ilustrar la diferente naturaleza de una y otra, digamos que, en el extremo, una se traduce en una huelga general; la otra, en un referéndum.

La campaña que concluyó en las elecciones del domingo registró la naturaleza de esta división. Eso explica el contenido de los discursos, el énfasis de Macri en afirmar que «no somos como ustedes, ustedes que no cambian», y el de Fernández para señalar que «ustedes son la piedra en el camino»: lo que no cambia, la piedra, el obstáculo, el impedimento, la dificultad. Obstáculo no en el proceso de construcción de una casa común, sino obstáculo para «ser lo que se es».

Ser lo que se es: he ahí una de las claves de las construcciones políticas de estos años. La política no como un modo de representar intereses y visiones del mundo, o para gestionar el conflicto, sino como una estrategia de supervivencia identitaria. La política como un modo de establecer los límites del «yo», como una herramienta de fijación inmovilista gracias a la cual, una vez más, como en las sociedades tradicionales, origen es destino. Más una afirmación del ser que un conjunto de prácticas de hacer y, en consecuencia, una herramienta para imponer la supremacía y no para resolver problemas.

«Marchamos -proclamó Alfonsín al cerrar su propia campaña para la presidencia en 1983-, marchamos para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino».

También en esa proclama se proponía la construcción de una identidad. Pero el fundamento de esa identidad no estaba fijado en el origen. El fundamento de esa identidad era la democracia constitucional: esa era la casa que todos podían habitar y en la cual ir construyendo un proyecto de comunidad política. No había en aquella proclama ningún principio de exclusión, a condición de subordinarse a la Constitución. El camino que va de aquella invitación a este presente es el del deterioro de la cultura política argentina.

En esa proclama están muchas de las claves que explican por qué la figura de Alfonsín -como significante de un proceso político- se ha ido convirtiendo en una referencia común para la sociedad argentina: allí había una propuesta para dar un paso civilizatorio que no se había dado en la Argentina. El que llevó finalmente a aceptar que la democracia es la mejor forma de resolver los conflictos, que la violencia política debía quedar para siempre desechada de la vida pública. En los 35 años siguientes, nuestro país atravesó asonadas militares, atentados terroristas internos y externos, hiperinflaciones, gravísimas crisis sociales, económicas y políticas. Nunca, sin embargo, se puso en duda que había un solo modo de convivencia.

Hoy, la Argentina enfrenta dos desafíos de igual magnitud que aquel: resolver la pobreza y reducir la escandalosa desigualdad, y terminar con la conducta anómica que impera en nuestro país, instalando el gobierno de la ley como principio ordenador. Ninguno de ambos desafíos podrá cumplirse en una sociedad fracturada. Reconstruir la amistad cívica es, entonces, la tarea urgente de los próximos tiempos.

publicado en La Nación, 29/10/2019

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