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Entre elecciones y edictos papales

Loris Zanatta

Es demasiado pronto para decir que la borrachera pasó y la sensatez triunfó: dónde más, dónde menos. Pero seamos sinceros: la noticia de la muerte de Europa era muy exagerada.

Ninguno de los muchos nudos ha sido disuelto, pero ninguna “ola negra” la ha sumergido: enojados o satisfechos, críticos o conformes, los europeos han votado numerosos y lo han hecho, en clara mayoría, por los partidos europeístas y constitucionales. Hay muchos aspirantes “fascistas” merodeando, pero para el “fascismo” ninguna esperanza; si quieren gobernar, tendrán que hacerlo en democracia y esto hace toda la diferencia del mundo.

En todo caso, si nos alejamos por un momento del alboroto del día, deberíamos quedar pasmados por el milagro: 28 países que votan juntos por un Parlamento común sin disparar un tiro; levante la mano quién, hace sólo unas décadas, habría apostado un centavo sobre parecido escenario.

Ahora se hace el recuento: quién ganó y quién perdió, quién está mejor y quién peor, quién gobernará y cómo; es normal después de las elecciones. Menos normal es que a caer en el ojo de la tormenta sea la Iglesia Católica. ¿Qué tiene que ver? ¡No es un partido político! ¡Ni un estado miembro de la Unión Europea! ¡No participaba en las elecciones!

Sin embargo, tan pronto como se cerraron las urnas y se contaron los votos, volaron bofetadas entre católicos. Y ni siquiera fue la primera ronda: la pelea se había ya calentado durante la campaña electoral, bajo la mirada sobrecogida de aquellos que, como yo, ni creen ni tienen Iglesia.

“El Papa perdió las elecciones”, tronaron los voceros del tradicionalismo católico, sedientos de venganza. Tenían sus motivos: Polonia, Hungría, Francia y, sobre todo, Italia, donde más había pesado el activismo vaticano antes de la elección, le habían dado la espalda, premiando a partidos hostiles a la inmigración; los partidos soberanistas triunfaron en ellos más que en los países protestantes; y lo peor es que precisamente los partidos soberanistas se proclamaron los verdaderos cristianos, los guardianes de la “identidad cristiana” europea amenazada por la “invasión” migratoria: una tremenda bofetada al Papa.

El punto culminante del conflicto había sido cuando el limosnero de Francisco, un cardenal polaco, había devuelto la luz a los ocupantes abusivos de un edificio romano que había quedado a oscuras porque no pagaban los recibos. Fue un gesto humanitario, pero causó sensación; yo también me quedé perplejo: pensaba vivir en un país regido por la ley, no por el Evangelio, siempre sujeto a interpretaciones; me pareció el típico gran gesto dañino, la clásica buena intención de que es salpicado el camino del infierno.

Ni tardío ni perezoso, Matteo Salvini, el líder de la Liga, olfateó la ocasión: se presentó a sus devotos con un rosario en la mano y cuando criticó al Papa, un gran aplauso salió desde la plaza. Impresionante: nunca se había asistido a nada parecido. ¿El electorado lo castigó? Todo lo contrario: la Liga triunfó; en apenas un año, duplicó los votos. El Papa había hecho trascender que rehúsa estrecharle la mano; la conferencia episcopal italiana que se niega a considerarlo cristiano; y él, coronado en las urnas, festejó besando un crucifijo. Tremenda afrenta; una grotesca guerra a quién es más cristiano.

Por instinto, estaría con el Papa: aborrezco a Salvini, amo a la sociedad abierta. ¡Pero me horroriza la idea de que la guerra de religión se confunda con la dialéctica política! La inmigración es un problema complejo hacia el cual la política tiene sus deberes y responsabilidades; no se puede pensar en solucionarla a golpes de Escrituras en la cara.

Lo señaló el cardenal Muller, casi un Antipapa: “la Iglesia hace demasiada política”, dijo, “es absurdo que los colaboradores del Papa actúen como jueces políticos”; una bomba atómica, en boca de un cardenal. Seguida por otra: el Papa “dialoga con el régimen venezolano o con China, que pone a millones de cristianos en campos de reeducación”; ¿cómo negarse a dialogar con Salvini, si tantos italianos lo votan libremente? Difícil disentir, aunque duela.

A algunos les parecerán choques de civilización, a otras peleas de corral, pero las llamas que brotan en la Iglesia señalan un serio problema histórico.

El papa argentino trasplantó en Europa el modelo latinoamericano de cristiandad; un modelo poco sensible a la autonomía de la esfera política, a la que antepone la moral evangélica, depositada en un pueblo mítico que conservaría su esencia; el pueblo de los últimos, los humildes, los pobres.

Como todos, sin embargo, el Papa selecciona y descarta, recuerda y olvida, enfatiza y guarda silencio, ordena las cosas del mundo según su visión; el Papa que se estremece por los migrantes es menos empático con los tres millones de refugiados venezolanos; el Papa que lamenta a los muertos en el Mediterráneo es menos atento a los cubanos o nicaragüenses varados en todas partes. Siempre hay “últimos” más “últimos” que otros. Y si políticas son las preferencias, políticas serán también las reacciones: es inevitable.

Así es: las preferencias políticas del Papa pueden gustar o no gustar, pero este no es el punto; el problema es que su concepto de cristiandad desencadena dinámicas muy frecuentes en la historia de América Latina y de Argentina en particular: si la política se convierte en conflicto religioso, la religión se vuelve terreno de guerra política; la racionalidad cede el paso al mesianismo; las mediaciones a las pretensiones de verdad y de absoluto; es lo que vemos hoy ante nuestros ojos. ¿Es prudente? ¿Es conveniente?

¿O hay cosas que son del César, y no de Dios? El Estado laico surgió en Europa precisamente para contener tales tendencias fratricidas en nombre de la religión; fue un proceso largo y costó sangre, mucha sangre; a muchos europeos no nos gusta, o nos importa, que desde el púlpito el día de las fechas patrias, una autoridad religiosa nos diga como deberíamos votar para ser buenos cristianos.

Es lógico que el creyente se inspire en el Evangelio; pero como ciudadano está llamado al respeto de la ley y de la Constitución. Será la democracia, no el Evangelio, será la capacidad de elaborar propuestas políticas capaces de convencer a los electores, no la excomunión del Anticristo lo que podrá derrotar a los Salvini, las Le Pen, los Orban.

publicado en Clarín, 5/6/2019

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