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¿Es posible acordar políticas económicas en la Argentina?

Luis Rappoport

En el mes de julio tres economistas de tradiciones políticas e intelectuales diversas se encontraron por vía digital en el Club Político Argentino para debatir sobre “La economía argentina después de la pandemia”.

Los protagonistas fueron Ricardo López Murphy, de centro derecha, Jorge Remes Lenicov, peronista, y Guillermo Rozenwurcel, de izquierda.

Los antecedentes de los expositores impresionan, tanto por sus méritos académicos como por su compromiso con el país, los tres pasaron por la función pública y –más allá de opiniones al respecto- los tres dejaron una huella positiva de su paso por la gestión.

Ricardo López Murphy es un calificado economista, fue ministro de Defensa y de Economía, además de candidato a presidente de la Nación en 2003 y 2007, y ahora está volviendo a la política.

Jorge Remes Lenicov es un economista que fue profesor universitario, ministro de Economía de la Provincia de Buenos Aires y de la Nación, embajador ante la Unión Europea, diputado nacional y actualmente dirige el Observatorio de la Economía Mundial de la Universidad Nacional de San Martín.

Guillermo Rozenwurcel también es economista, investigador del CONICET y del CEDES, fue secretario PYME y es profesor titular en las universidades nacionales de Buenos Aires y San Martín.

Hubo divergencias en sus enfoques aunque los acuerdos fueron mayores que las diferencias.

López Murphy ve un presente crítico y un futuro más crítico aún. Le preocupa la situación mundial donde la pandemia impactó con aumento de la pobreza y estados extremadamente endeudados, lo que se suma a la tendencia previa del envejecimiento poblacional que impacta sobre los sistemas previsionales. Por eso no ve alivios para la situación argentina a través de la tracción del sistema internacional.

En el país anota serios excesos de emisión monetaria, sin mercado de capitales ni de crédito y, sobre todo, falta de cohesión política para enfrentar la emergencia. Adicionalmente anota mala praxis, entre otras, en la política energética, la ley de teletrabajo, el DNU sobre las empresas de internet, cable y telefonía celular. Anota la inexistencia de un plan integral y coherente que requeriría cooperación internacional, más exportaciones, más empleo y consolidación fiscal porque el Estado no puede seguir emitiendo en un contexto de fuga de la moneda argentina. Considera que no es viable seguir multiplicando impuestos, más bien demanda la eliminación de ingresos brutos y su parcial sustitución por un impuesto a las ventas finales o un IVA provincial. Exige concentrar los esfuerzos en la reducción del presupuesto del Estado, e incluye abandonar el congelamiento de las tarifas públicas y una minuciosa y difícil reducción de los gastos corrientes. En lo monetario y cambiario, en el corto plazo, sugiere optar por formalizar el doble mercado cambiario, hacia un segmento comercial y otro financiero de libre acceso y un esfuerzo de reducción de la “bomba” de LELIQ emitida por el Banco Central.

Pero asegura que un plan económico sin apoyo político, simplemente no sirve. Manifestó que sin acuerdo de las fuerzas políticas y si se opta por antagonizar, nada es viable.

Jorge Remes Lenicov mostró un profundo conocimiento de las experiencias argentinas (Perón 1952, Frondizi 1959, Menem 1991 y Duhalde 2002) e internacionales (Israel, Brasil y Chile). En todas ellas existieron planes económicos integrales de corto y largo plazo para enfrentar la crisis y terminar con la inflación, como condición para un crecimiento sustentable. En esos casos -mencionó- hubo acuerdos de las principales fuerzas políticas, acuerdos con los trabajadores y los empresarios y acuerdos de precios y salarios limitados en el tiempo, una trayectoria para terminar con el déficit fiscal y una política monetaria coherente con esa trayectoria fiscal, y un tipo de cambio alto en el arranque del plan, formulado como un shock debidamente programado. Al cabo, se alcanzaron, en el primer año, niveles inflacionarios del orden del 20%, para llegar luego a niveles internacionales. Luego, en todos los casos se iniciaron procesos de crecimiento.

Para el caso argentino del 2002, Remes recordó que se presentó un plan integral y se lo aplicó mediante shock en los dos primeros meses: tipo de cambio alto con fuerte control fiscal y monetario. Uno de los efectos positivos fue la confianza, que hizo posible el ingreso masivo de ahorros en dólares de los argentinos, ya sea que estuviesen en los colchones o en cuentas en el exterior. Esa inyección de dólares (y de confianza), aportó unos 15/20 mil millones de dólares que permitieron el financiamiento de la cosecha agrícola y la recuperación del consumo, ambos impactaron en la reducción del déficit fiscal y en el inicio del crecimiento a partir de marzo/abril.

Jorge Remes expresó su preocupación por la situación política y fue enfático en que la lógica amigo-enemigo “no va más” y que con gradualismo no es posible atemperar los costos de una pobreza que llega al 45% que, en definitiva, es la mayor urgencia de la sociedad argentina. Expresó la necesidad de acuerdos políticos para hacer viable cualquier plan económico.

Guillermo Rozenwurcel inició su exposición acordando la necesidad de acuerdos políticos para enfrentar la situación económica y social.

Propuso una mirada más optimista al mencionar algunas oportunidades que presenta la crisis actual. Coincidió con los diagnósticos de López Murphy y Remes pero señaló:

Salimos del default con lo que –por un tiempo- las divisas que genere la economía no van a aplicarse al pago de la deuda; el perfil exportador argentino, centrado en alimentos, no se va a ver afectado por conflictos comerciales internacionales, tenemos y ofrecemos a otros países seguridad alimentaria, tenemos superávit comercial y vamos a recuperar el crédito comercial. Con la reactivación post pandemia va a mejorar la situación fiscal porque jubilaciones y salarios públicos están caídos y, es de esperar que avancen por debajo de la inflación porque el conflicto distributivo está atenuado. Y, más generalmente, las expectativas están devaluadas, lo que abre grados de libertad a la gestión de la economía.

Sin embargo, Rozenwurcel ve un gobierno sin plan, considera inevitable elegir y pagar costos por las prioridades que se adopten. Sugiere como primer dilema elegir competitividad cambiaria aunque tenga efectos inflacionarios, para más tarde enfrentar la inflación con un plan integral fiscal, monetario y de ingresos. No ve viable, en lo inmediato, una política de shock antiinflacionaria y, optaría por aumentar las reservas pagando el costo de que las tasas de interés sean positivas. Tener paciencia con la reducción del déficit porque no cree posible bajarlo bruscamente del actual 8% del PBI. Coincide con la inconveniencia de subir impuestos y propone una cuidadosa reducción de subsidios a medida que se recupere la actividad, desindexación del gasto público y una política productiva y de promoción de las exportaciones.

Los tres expositores manifestaron su vocación de diálogo y de negociación de las opciones de política económica sin preconceptos ideológicos y –en la medida de lo posible- con evidencias empíricas. Pero los economistas expresaron que su límite está en el respeto a la Constitución y los valores de la república, por encima de las ambiciones políticas o preocupaciones judiciales de los actores del espectro dirigencial argentino.

El cordial y respetuoso encuentro de economistas de distinto signo político y de distintas tradiciones intelectuales dejó las siguientes sensaciones: la primera es que es posible diseñar un plan económico para la Argentina con un razonable consenso técnico. La segunda es que todo depende de la dirigencia política y, particularmente, de quienes están circunstancialmente en la cúpula del Poder Ejecutivo: urge mostrar consensos sobre el camino a seguir.

publicado en Infobae, 7/9/2020

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