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Esperando la nueva vacuna

Magdalena Ruiz Guiñazú

Años atrás algunas plagas dejaron de azotar a la humanidad. Apareció la palabra “vacuna” y otras, como tifus o viruela perdieron (a veces) un significado mortífero. En 1956 la Argentina se estremeció ante una violenta epidemia de poliomielitis. Tan violenta, que muchas familias no volvieron a sus hogares y permanecieron en lugares de veraneo o moradas de parientes lejanos en los que aquella catástrofe aún no se había extendido.

En la Capital Federal, en cambio, un ejemplar centro de salud como el Hospital Muñiz supo concentrar enormes y heroicos esfuerzos para enfrentar esa batalla. A una prudente distancia de los edificios principales se levantaba una construcción más reducida que llevaba el nombre de Pabellón Heine-Medin.

Allí pudimos observar, por primera vez, los enormes pulmotores que, con un ruido atronador funcionaban en forma tal que no sólo permitían respirar sino salvar vidas. No todas, por cierto, pero el daño mortal podía mitigarse. Aún recuerdo la mirada de inenarrable pesar con que el director de aquel pabellón observaba a uno de sus hijos que, con los ojos cerrados, sin embargo podía respirar todavía. Y no sólo aquel padre desesperado intentaba lo imposible.

Numerosos voluntarios ofrecieron sus esfuerzos tomando recaudos que, hoy, parecerían ingenuos. Solamente una pequeña camioneta llegaba hasta el pabellón Heine- Medin y luego devolvía a los voluntarios a su existencia habitual por la que transitaban sin saber si el mal se había aposentado en ellos.

Seguramente el doctor Jonathan Salk ya estaba trabajando denodadamente en la vacuna que hoy lleva su nombre. Pero sólo algunos años más tarde se convirtió en una rutina.

La vacuna Salk alejó aquella “polio” de la cual han sobrevivido miles de seres humanos pero el tiempo parece haberse transformado en centurias cuando leemos, hoy, que hasta los mercados financieros reaccionan con emoción y felicidad cuando se produce un acontecimiento positivo en los laboratorios que hoy pelean en una lucha desesperada, frente a otra catástrofe llamada Covid.

Allí, una segunda dosis al cabo de siete días muestra que, quizás, estos momentos puedan transformarse en una indescriptible victoria que, pese al mundo sofisticado en el que vivimos tampoco es un reaseguro del bien preciado que constituyen nuestras vidas. Países y laboratorios, mientras tanto, viven con desesperación y también esperanza el inmenso valor de un solo día de supervivencia.

publicado en Clarín, 11/11/2020

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