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¿Habrá alternancia en Uruguay?

Tomás Linn

MONTEVIDEO.- En las primarias, los uruguayos debieron elegir entre candidatos adversarios dentro de cada partido.Y hubo sorpresas. Algunas grandes, otras no tanto. Quedó claro quién será la figura que intente, tal vez en segunda vuelta, terminar con quince años de hegemonía del izquierdista Frente Amplio. Luis Lacalle Pou, de 45 años, emerge como probable favorito, tras una contundente victoria en la primaria de su Partido Nacional o Blanco, que además fue el más votado en esa jornada del 30 de junio.

Que haya sido el más votado no quiere decir mucho. Las internas uruguayas, a diferencia de las argentinas, no son obligatorias (sí lo son las elecciones nacionales), ya que se entiende que nadie está obligado a incidir en la elección de candidatos partidarios si no se siente allegado a un partido. Por lo tanto, la concurrencia suele ser baja. En esta ocasión fue del 40%, un porcentaje satisfactorio si se tiene en cuenta que, además de no ser obligatorias, se hicieron en plenas vacaciones escolares y en un día de mal tiempo. Aun así, no da para sacar conclusiones tajantes.

De todos modos, hubo señales. Lacalle Pou salió bien parado. Asimismo, el otrora poderoso Partido Colorado presentó una interesante contienda entre el dos veces presidente Julio María Sanguinetti (de 83 años) y un adversario que, si bien nuevo en la arena política y no tan joven como Lacalle Pou, es un reconocido economista que se presentó como un renovador del partido. Ernesto Talvi obtuvo el 55% de los votos colorados y dejó muy atrás a Sanguinetti. Esto no preocupó demasiado al veterano líder, que entendió que su presencia sirvió para revitalizar a un decaído partido y dejar claro que tanto él como Talvi, en caso de que haya una segunda vuelta, están dispuestos a formar un gobierno de coalición con los blancos.

Hace 15 años el Partido Colorado, tras un pésimo resultado electoral, debió pasar la posta a un Frente Amplio que llegaba por primera vez al gobierno. Si bien Sanguinetti no era entonces el presidente (lo era Jorge Batlle), su figura era muy rechazada. Hoy, tras tres períodos consecutivos de gobierno frentista, con su consiguiente desgaste, Sanguinetti recupera su imagen de político hábil y sagaz, y siente que, más allá de los votos obtenidos, vuelve a ser a valorado. Verse reivindicado en vida no es poca cosa.

En el Frente Amplio, que va por un cuarto período consecutivo, ganó el socialista Daniel Martínez, intendente de Montevideo hasta hace unos meses, un ingeniero con militancia sindical y política. Es un moderado en un Frente que abarca un abanico de posturas de izquierda y donde, paradójicamente, se fortalecen los sectores más radicales. Esa y otras contradicciones hacen pensar que su tiempo se está cumpliendo. De ser así, el Frente Amplio deberá pasar su último examen en el funcionamiento democrático: en 2005 accedió por primera vez al gobierno, en 2010 le tocó asumir la presidencia a un exguerrillero (José Mujica) y, de confirmarse estos pronósticos, es probable que su última prueba sea la de traspasar el mando a un presidente de otro partido y volver al llano.

El camino que resta por recorrer a Lacalle Pou no será fácil. Emergió de las internas con un innegable liderazgo dentro de su partido y rápidamente envió un mensaje claro hacia los otros grupos opositores, y en especial al Partido Colorado, sobre la necesidad de competir sin distanciarse, con vistas a un eventual gobierno de coalición.

Lacalle Pou representa al postergado recambio generacional en la política uruguaya, que mostró hasta ahora las mismas caras y discursos desde que el país retornó a la democracia en 1985. Apela a votantes hartos de la retórica ideologizada y que esperan soluciones, y no visiones utópicas. No propone un gran sueño nacional, sino ir afrontando cada problema por vez sin hacer promesas irrealizables. Eso no quita que Lacalle tenga objetivos claros: recuperar la seguridad perdida, transformar una educación en larga y preocupante crisis y estimular la inversión y el desarrollo, hoy frenado por una abusiva política tributaria y de tarifas altas así como por costosas regulaciones, muchas de ellas surrealistas, que llevaron al cierre de empresas, al enlentecimiento productivo y a la pérdida de puestos de trabajo.

Así como en 2004 las elecciones dieron su primer triunfo al Frente Amplio y generaron una nueva etapa en la democracia uruguaya, la elección de 2019 plantea similares expectativas. Fortalece la idea de que la estabilidad dinámica de una democracia está en la alternancia de partidos en el gobierno, lo que permite que los que pasan al llano se renueven y preparen para un retorno en el futuro. Así funcionan las democracias exitosas.

publicado en La Nación, 2/9/2019

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