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¿Hacia dónde va el último experimento de Moyano?

Jorge Ossona

Sin duda que la multitudinaria movilización del 21-F invita a reflexionar en torno de la trayectoria y el perfil de su principal convocante: Hugo Moyano. El líder camionero exhibe la evolución del sindicalismo argentino durante los últimos 70 años. Del régimen peronista histórico representa los alcances concentradores del sindicato único por rama de actividad homologada por el Estado; reafirmados, luego del interregno de la Revolución Libertadora, por el presidente Arturo Frondizi, pacto con un Perón exiliado mediante.

Del vandorismo, producto principal de aquella restauración, Moyano hereda la técnica de golpear, aprovechando la debilidad de origen de los gobiernos posperonistas, aunque luego negociando con las patronales y demás factores de poder. Fue tal el éxito de esa táctica que un gobierno de apariencia fuerte e intransigente como el del general Juan Carlos Onganía lo premió con el precioso botín de la administración de las obras sociales.

La carrera gremial de Moyano comenzó en la década siguiente y en plena guerra entre la denominada “izquierda peronista” y el sindicalismo tradicional. Alineado con este último, ingresó en la Juventud Sindical Peronista, desde donde trabó vínculos con la filofascista Concentración Nacional Universitaria para participar de la lucha despiadada en contra del “zurdaje”, particularmente el instalado en el sindicalismo de base.

Ya en los 80, y con la reconversión económica y social en marcha, fue testigo privilegiado del eclipse del sindicalismo industrial y su desplazamiento progresivo por el de los gremios de los servicios y estatales. Pero fue la ola transformadora de los años 90 lo que terminó de darle forma y contenido a su poder a raíz de la expansión vial asociada a la resurrección de nuevas y viejas economías regionales estimuladas por el Mercosur. Indiscernible, a su vez, del desguace de una de las redes ferroviarias más grandes del mundo en nombre de un saneamiento fiscal fallido, como lo probó el colapso de 2001.

Durante el kirchnerismo, el poder del líder camionero se consolidó, como lo testimonia el número de afiliados de su gremio, que pasó en 27 años de 27.000 a 220.000 y a controlar a otros seis sindicatos. Porque Moyano, por sobre todas las cosas, figurará en los anales históricos del sindicalismo argentino como un gran constructor de poder capaz de actualizar y potenciar todos los dispositivos desplegados por el gremialismo durante las últimas seis décadas. Desde la confrontación radical con gobiernos y patronales seguida por negociaciones ventajosas hasta la sumisión compulsiva de sindicatos menores para absorber a sus afiliados.

Nunca fue menemista, y mantuvo una distancia prudente e ideológica respecto de los denominados “Gordos”, que apoyaron las reformas de ese tiempo. Pero su liderazgo concluyó la metamorfosis de las organizaciones gremiales en prósperas empresas conducidas según criterios patrimonialistas y nepóticos. Con los años, su complejo gremial-empresarial se convirtió, por caso, en un negocio de familia. Su obra social luce quebrada, pero las empresas que proveen tanto a ésta como a Camioneros -cuya conducción ha heredado su hijo Pablo- y al club Independiente, que preside, son exitosamente administradas por su esposa. Todos ellos exhiben una prosperidad que le permite al clan un estilo de vida ostentoso indiscernible del establishment que dice combatir. No por eso dejó de ser generoso con sus afiliados, que gozan de servicios sociales eficientes y de salarios que los ubican en una cómoda clase media, aunque en detrimento de otros gremios y a contramano de los costos operativos requeridos para la competitividad de la economía argentina en el mundo.

De relaciones tensas pero al cabo solidarias con Néstor Kirchner, Moyano fue una de las víctimas dilectas del giro que Cristina Fernández, la sucesora, le imprimió al sistema de alianzas tras la muerte del expresidente. El camionero se confesó estafado, se alineó con los enemigos del régimen y estrechó un puente de plata con el entonces jefe de gobierno porteño Mauricio Macri. Uno de sus hijos, Facundo, terminó militando en el frente de intendentes del GBA, cuyo triunfo en las elecciones legislativas de 2013 marcó el comienzo de la cuenta regresiva del kirchnerismo.

Tras dos años de gobierno de Cambiemos, sin embargo, ese puente parece haberse roto definitivamente. Lo acosan la Justicia y la AFIP. Pero aún no resulta claro hasta qué punto se trata de una declaración de guerra lanzada desde el Gobierno con la finalidad de mejorar la performance económica del país o del curso imprevisible de un Poder Judicial que, también en defensa de sus propios fueros, ha escapado del control de la corporación política.

Su soledad es particularmente dolorosa respecto de los demás popes gremiales, que un poco por conveniencia, otro por conciencia del anacronismo de un sistema gremial congelado en la posguerra y otro por desquite respecto de viejas ofensas le han dado la espalda, fracturando el frágil triunvirato que diseñó para la conducción de la CGT en procura de reparar diferencias insalvables que han vuelto a salir a la luz a propósito de este último movimiento de tufillo inequívocamente defensivo.

Pero la gran paradoja es que su convocatoria epopéyica ha ganado resonancia, en cambio, en actores sociales con los que se dispensaron desprecio recíproco durante 20 años y a los que no hubiera dudado en ubicar, allá por los 70, en el campo enemigo del “zurdaje”. Hoy por hoy, conforman un complejo conglomerado de sectores medios radicalizados en torno de asociaciones estudiantiles universitarias, de derechos humanos, de un sindicalismo de izquierda inscripto en el kirchnerismo y el trotskismo, junto con las organizaciones sociales administradoras de la pobreza suburbana y algunos intendentes ultrakirchneristas del GBA con sus respectivas clientelas.

El saldo: una logística de movilización disciplinada, de fuertes connotaciones estéticas, siempre lista para llenar espacios públicos en nombre del pueblo y los trabajadores. Una forma de hacer política de rendimientos tan vistosos como decrecientes. Y una colección de discursos conservadores y defensivos que sólo prometen resistencia, en defensa de un orden perimido, pero con una asombrosa capacidad de supervivencia y de bloqueo de cualquier iniciativa de actualización.

También, la crisis profunda del denominado “movimiento nacional justicialista”, que no deja de exhibir cómo la tan mentada grieta se le ha instalado adentro. De un lado, los aspirantes a representar política y corporativamente a la pobreza del gran conurbano bonaerense, acompañados por un aliado hasta hace bien poco tan insospechado como oportunista, aunque útil para “mover el aparato”. Del otro, poderes territoriales del interior próspero que auspician una nueva renovación en clave de aquella de los años 80, conscientes de que la condición de su éxito de fraguar una alternativa potable estriba en deshacerse lo antes posible del lastre kirchnerista. En el medio, un sindicalismo oscilante pero negociador, y unas clases medias afectadas por el ajuste, pero que no quieren volver al pasado. Que desprecian las posverdades con sus relatos de sacrificios heroicos y desintereses simulados, de CEO avaros y pobres hambreados. Tanto como los de una inflación y un déficit fiscal que no ceden y de denuncias de una corrupción rampante que desgastan sus esperanzas de cambio.

publicado en La Nación, 22/2/2018

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