Contribuciones de los socios

¿Hacia el pos-populismo?

Jorge Ossona

Como pocas veces antes desde la instauración democrática de 1983, el panorama electoral luce incierto a pocos meses de sus tres instancias decisivas. Pero hasta hace solo unas semanas esos comicios planteaban un férreo dilema entre el pasado y el futuro que hoy parece disiparse.

Hasta daría la impresión que más allá de quien termine imponiéndose, el país transitara durante la próxima gestión un tramo más en el camino hacia el post populismo comenzado en 2013 y hacia la resolución de los múltiples traumas del colapso de 2001.

Aun así, el cuadro de situación resulta esquivo a los juicios demasiado terminantes. Lejos del paseo triunfal en primera vuelta supuesto por el Gobierno en medio de la euforia electoral de 2017, éste se exhibe golpeado por el brutal sinceramiento económico comenzado hace un año que sepultó a su programa gradualista. La secuela recesiva de la devaluación que se sustanció entre abril y octubre -cuyos últimos coletazos se exhibieron acechantes en marzo- fueron mucho más allá que los peores pronósticos oficiales. Otro tanto ocurrió con la inflación que recién empezó a ceder el mes pasado y a un ritmo más lento que el previsto.

La coalición electoral y legislativa Cambiemos también ha acusado recibo de la tempestad motivando la inquietud de sus socios radicales y la voluntad de algunos de romper o, en su defecto, exigir espacios más generosos en las listas y aun en la gestión gubernamental. El planteo está lejos de zanjarse aunque las amenazas de ruptura distan de ser irrevocables. Otra curiosidad de la coyuntura es que el arte negociador de la cúpula gubernamental ha avanzado bastante más en garantizar la reedición del “partido del ballotage” de 2015 que en soldar las fisuras de su coalición; tal vez, reservada para otra secuencia. ¿Insistirá el presidente Macri en su reelección o son solo sobreactuaciones que ocultan otros planes eventuales o ya decididos para no perder la iniciativa en medio de la fragilidad económica? Todo parece apuntar por la afirmativa; pero el desenlace provisorio de los dilemas kirchneristas habilita la prudencia.

Lo que está pasando por la cabeza de la ex presidente Cristina Kirchner constituye otro misterio difícil de develar. ¿Ha cavilado desde el llano, pese a la gimnasia destituyente que caracterizó a su espacio, sobre los problemas inocultables de su segunda gestión? Siguiendo esta línea, ¿juzga de veras prudente volver a las fuentes de la administración de su esposo concentrado en sostener la recuperación comenzada en 2002 y normalizar la situación internacional del país ulterior al default? La elección de su ex jefe de Gabinete parecería confirmarlo; aunque resulta tan contrastante respecto del curso populista comenzado por el conflicto con el campo que suscita sospechas.

Alberto Fernández fue un testigo protagónico de aquella zaga fatídica: encomendó al ministro Martín Lousteau la memorable reglamentación 125 para preservar los superávit gemelos pero su vocación negociadora fue quedando al margen al compás de la espiralización del conflicto.

Hasta que la paranoia oficial terminó envolviendo también al sindicado por su ahora compañera de fórmula como el representante corporativo del Grupo Clarín dentro del Gobierno. Desde su renuncia, el jefe de Gabinete migró a la oposición participando en un sitio notorio en la “rebelión de los intendentes” de la Primera Sección electoral bonaerense en 2013. Encabezados por el intendente tigrense Sergio Massa, estos le asestaron al kirchnerismo un golpe electoral que inició el camino hacia su derrota en 2015.

Es difícil producir un juicio taxativo sobre la ideología de Fernández, pero sin duda se trata de un peronista aggiornado en la línea de los 80 y los 90. Durante el gobierno de Kirchner alentó a transformar al peronismo en el eje de un frente socialdemócrata que inspiraba el por entonces secretario de Cultura, Torcuato Di Tella.

A la postre, naufragó la tentación neo populista procedente de Venezuela y el reemplazo de las ideas de Di Tella por las de Ernesto Laclau, seducido por el autoritarismo carlshmittiano.

¿No aspirará Cristina Kirchner a reeditar aquella ecuación fallida de 1973 de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”? Sería además de extemporáneo, pueril porque ni Fernández posee un perfil tan sumiso y dependiente como el del odontólogo de San Andrés de Giles, ni la Señora de Kirchner exhibe las dotes de conducción del ex presidente Perón. Las desafortunadas alquimias electorales que ensayó desde el nombramiento de Amado Boudou como su vice en 2011 y que concluyeron en las inconsistentes formulas provincial y nacional de 2015 más bien invitan a pensar que desde el fallecimiento de su esposo, el peronismo se halla sumido en una nueva acefalía de final abierto.

Así lo indica un probable escenario en el que tal vez resulte, a gusto del Gobierno, dividido en tres como en 2003. Cómo se alineará La Cámpora y el kirchnerismo de paladar negro respecto de la moderación “neoliberal” de Fernández constituye otra incógnita.

Pero todo parece indicar que la propuesta del Gobierno en torno de los diez puntos tiende a consolidarse independientemente del resultado. Menos a la manera del modelo de los pactos de La Moncloa que de un proceso más plástico orientado a continuar transitando el pos populismo y a retomar la dinámica exportadora comenzada a fines de los 90 e interrumpida por un estancamiento que ya lleva casi una década.

publicado en Clarín. 28/5/2019

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