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Hipólito Yrigoyen: claroscuros del ingreso en la democracia de masas

Jorge Ossona

El ingreso del país en la política de masas estuvo marcado por la convicción, por parte de los sectores más modernos de la elite, sobre la necesidad de depurar las prácticas electorales, y el consiguiente diseño de un sistema de mayorías y minorías. Tras el crecimiento frenético de la novel República entre 1880 y el Centenario ya era posible percibir algunos indicios: la Unión Cívica Radical, surgida de la revolución metropolitana durante la crisis de 1890 que le costó el cargo al presidente Juárez Celman; el Partido Socialista, fundado por Juan B. Justo en 1895, robusto en la Capital, y el Demócrata Progresista, en las cuencas agrícolas litoraleñas. El último desafío consistía en institucionalizar la fragmentada coalición de fuerzas provinciales oficialistas en un partido moderno.

Desde 1906, el viejo conservadorismo roquista fue relevado por una vanguardia modernista encarnada en los presidentes José Figueroa Acorta y Roque Sáenz Peña; ambos con buena sintonía respecto del caudillo radical Hipólito Yrigoyen para que abandonara el abstencionismo revolucionario. El acuerdo se soldó definitivamente en 1912 con la sanción de la ley electoral que establecía el voto secreto y obligatorio para todos los ciudadanos varones nativos que hubieran cumplido con el servicio militar. El proyecto navegaba viento en popa suponiendo una transición de escalas estilizadas. Sin embargo, los vientos internacionales lo tornaron impredecible.

El estallido de la Gran Guerra europea impactó brutalmente en las exportaciones agrícolas. El fallecimiento repentino del presidente Sáenz Peña, por otra parte, interrumpió su obra, agrietando aún más a un oficialismo agobiado por el mal humor social de la recesión económica. En ese contexto, los hechos se precipitaron en un sentido que hasta entonces parecía imposible, al menos, en el corto plazo: Hipólito Yrigoyen ganó las elecciones nacionales de 1916 convertido en el primer líder de masas del país moderno.

Su arribo al gobierno dejó estupefactas a las elites tradicionales, pese a que no era precisamente un ignoto en el establishment. Había sido diputado provincial bonaerense entre 1878 y 1880, y nacional entre este último año y el siguiente. También profesor de Historia Argentina e Instrucción Cívica en la escuela Normal de Maestras; comisario de la seccional 16 del barrio de Balvanera, francmasón y socio del Jockey Club. Por lo demás, era un próspero productor agropecuario, propietario de estancias en Buenos Aires, Córdoba y San Luis. Había participado con su tío y maestro político, Leandro N. Alem, en la revolución mitrista de 1874; aunque luego se aproximó al Partido Nacional del presidente Nicolás Avellaneda. Pero su reciente conversión a la legalidad luego de tres insurrecciones fallidas que habían conmovido al régimen en 1890, 1893 y 1905 generaba tanta suspicacia como su misteriosa personalidad y su magnetismo popular menos en el interior que en las ciudades y zonas rurales centrales.

Yrigoyen desplegó sin miramientos su concepción político-filosófica procedente de sus lecturas de autores idealistas españoles. El nuevo oficialismo dejó de concebirse como una expresión partidaria para devenir “la causa”, una suerte de religión encargada de depurar a la Nación “reparando” los daños que le fueran infligidos por “el régimen falaz y descreído”. Se autopercibía como un “apóstol” procediendo a la “higienización” interventora de las jurisdicciones opositoras que alcanzaron a una veintena. La más significativa fue la de Buenos Aires en 1917, desde donde montó una maquinaria electoral que convirtió a la UCR en una nueva fuerza dominante hasta el peronismo. Misticismo y fe cívica ¿un retroceso respecto del positivismo vigente desde la Organización Nacional, o expresión emblemática de los partidos de masas en expansión? Las reservas opositoras no tardaron en devenir rechazo preventivo, bloqueando todas sus iniciativas en medio del temporal de la Guerra y su ulterior secuela.

Yrigoyen ignoró al Congreso y optó por el ejecutivismo de los decretos ¿Convicción antirrepublicana o pragmatismo frente al asedio sistemático del Senado? De hecho, no tardó en concebir a su partido como un “movimiento”; y como tal, a la “patria misma”. Su republicanismo se expresó, sin embargo, en el cultivo de una austeridad que lo abstenía de asistir a fiestas, galas e incluso obras de teatro. Detestaba las fotos y solo admitió que lo llamaran por su nombre sus entrañables amigos Fernando Saguier y Marcelo T. de Alvear. Su gran distracción eran la lectura en su sobrio departamento de Constitución y sus largas caminatas nocturnas por las calles porteñas. Por lo demás, nunca renunció a sus convicciones liberales plasmadas en el respeto irrestricto a las libertades públicas.

Su tibio reformismo se vio obstaculizado por los rigores de la posguerra. Su ministro de Hacienda, Domingo Salaberry, aplicó una política ortodoxa. Entre 1919 y 1921, ordenó la represión sangrienta de los últimos estertores anarquistas en Buenos Aires, Santa Cruz y Santa Fe. Solo una vez normalizados los intercambios internacionales hacia 1920 y sojuzgado el déficit fiscal se permitió congelar los alquileres urbanos e intervenir, vía el Departamento Nacional del Trabajo, en los conflictos sociales favoreciendo a los trabajadores; aunque se avanzó poco en materia de legislación. También, extender el aparato partidario en todo el país mediante una trama de alianzas poco ajustadas a su principismo, al tiempo que siguió interviniendo provincias radicales “díscolas” como Mendoza y San Juan. Hacia las postrimerías de su gobierno, el radicalismo se había convertido en un fenómeno de veras nacional.

Pero su legado más significativo fue una democratización que se hizo tangible a raíz del ingreso de “gente nueva” en diversas dependencia públicas; y, sobre todo, en el aval decidido al movimiento reformista universitario que puso fin a las castas académicas garantizando la autonomía y el gobierno tripartito de las casas de altos estudios. El verano económico luego de la posguerra aumentó su popularidad y habilitó una transición ordenada a su sucesor, Marcelo de Alvear, quien conjugó sensibilidad popular con circunspección patricia. Y pese a la amistad indestructible entre ambos, el enfrentamiento entre sus acólitos motivó una nueva fractura intrapartidaria entre yrigoyenistas y “antipersonalistas”. Retornó en 1928 “plebiscitado” por la mitad del electorado que en un 80% concurrió a votar. Era la feliz consumación del ideal saenzpeñista; al menos, en lo relativo al involucramiento popular en los asuntos públicos.

Pero su deteriorada salud a los 76 años le impidió gobernar con plenitud. La Gran Depresión de 1929 paralizó su gestión, impactándolo como la Guerra de 1914 a su antecesor, De la Plaza. Por debajo de esta saga y a la manera de un tango feroz –no por nada, un género cuyas letras devinieron durante la etapa radical una suerte de moral popular– se estaba incubando una torsión histórica profunda de la que a casi un siglo de distancia aún no nos hemos repuesto.

La política contemporánea debería ser más cuidadosa al momento de rotular con trivialidad a aquellos hombres probos empobrecidos durante su paso por la función pública omitiendo la complejidad de los procesos históricos.

publicado en La Nación, 11/6/2022

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