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Historiadores. Memorias de tiempos vividos

Luis Alberto Romero

Benedict Anderson (1936-2015) murió un par de meses después de concluir Una vida más allá de las fronteras, su autobiografía. Nació en China, con ascendientes ingleses e irlandeses, católicos y protestantes. Educado en Inglaterra, desde los veintidós años vivió en Estados Unidos, pero pasó largas temporadas en Indonesia, Tailandia y Filipinas.

Su campo académico es tan difícil de precisar como su identidad nacional. Formado en lenguas clásicas en Cambridge, se dedicó a la ciencia política, se interesó por la antropología y la etnografía e integró esos enfoques en una perspectiva definidamente histórica. Publicó obras fundamentales sobre la historia contemporánea de los tres países de su especialidad, y otras menos eruditas y más reflexivas. Menos conocido que su hermano Perry Anderson, se hizo famoso por Comunidades imaginadas (1983), donde plantea un giro importante en los estudios, por entonces en auge, sobre la construcción de las naciones y el nacionalismo.

Las obras clave sobre ese tema fueron escritas por británicos: Ernest Gellner, Tom Nairn y Eric Hobsbawm (1917-2012). También Hobsbawm, como Benedict Anderson, reunió sus recuerdos de vida en Años interesantes. Una vida en el siglo XX (2003). La coincidencia no es casual. Desde que en 1986 el francés Pierre Nora promoviera la «Ego historia», muchos historiadores han cerrado su vida intelectual con un libro de memorias. Algunas son notables, como El refugio de la memoria (2010), del inglés Tony Judt (1948-2010), escritas dos años de su muerte, cuando ya estaba paralizado por la esclerosis, o Son memorias (2008), de nuestro Tulio Halperin Donghi (1926-2014), quien logró la hazaña de hablar de sí mismo como un personaje más del mundo en que vivió.

Separados por veinte años, con personalidades e intereses diferentes, Hobsbawm y Anderson tuvieron de todas maneras muchas cosas en común, algo que subrayan sus memorias. Ambos estudiaron en Cambridge, fueron políglotas y cosmopolitas. Hobsbawm, hijo de ingleses judíos nacido en Alejandría, Egipto, eligió vivir en los centros imperiales: su infancia y adolescencia transcurrieron en Viena y Berlín, enseñó y trabajó en Londres y al final de su vida -fascinado por el jazz- pasó largas temporadas en Nueva York.

Anderson prefirió los bordes. Como aborrecía al imperio británico -y a diferencia de sus hermanos- optó por la nacionalidad irlandesa. A poco de concluir sus estudios se instaló en la universidad estadounidense de Cornell, y hasta el final de su vida alternó entre el campus universitario y los países asiáticos donde hizo trabajo de campo, aprendió las lenguas -dominaba el javanés, el indonesio, el thai y el tagalog-, se mezcló con la gente, cultivó amigos y adoptó dos niños.

Ambos combinaron el trabajo de historiador con la militancia. Hobsbawm recuerda que fue un oscuro afiliado del partido Comunista inglés, con el que rompió en 1956 sin renunciar del todo a la pertenencia. Curiosamente, su intervención más importante tuvo lugar en el partido Laborista, defendiendo en 1983 la línea moderada que luego retomaría Tony Blair. La veta antiimperialista de Anderson, en cambio, lo llevó a solidarizarse con los movimientos nacionalistas y anticolonialistas y a promover en los campus universitarios acciones de repudio a sangrientas dictaduras. Como recuerda con dolor y orgullo, la de Suharto lo expulsó de por vida de Indonesia.

Hobsbawm enseñó en la universidad de Londres, pero se encontró más cómodo en el ambiente de los historiadores e intelectuales marxistas de la «New Left», editando revistas como Marxism Today y Past and Present y polemizando, entre otros, con Perry Anderson. El hermano mayor de Perry, Benedict, siguió de lejos esas discusiones, cultivando un marxismo heterodoxo. Vivió plenamente en el mundo académico norteamericano. La crítica a las orientaciones dominantes ocupan buena parte de sus memorias. Pese a ello dedicó un intenso esfuerzo al desarrollo del Programa del sudeste asiático, donde reunió un grupo numeroso y siempre renovado de profesores y estudiantes surasiáticos.

Anderson vivió plenamente su existencia asiática: en cada país encontró amigos, colegas respetados, militantes apasionados y una verdadera comunidad de vida. Hobsbawm tuvo una única experiencia intensa en el tercer mundo cuando decepcionado con los obreros europeos, creyó encontrar la clase revolucionaria en el campesinado latinoamericano. Lo estudió in situ durante unos cuantos años, pasando varias veces del enamoramiento a la decepción.

Desde lugares periféricos, ambos pudieron desarrollar visiones amplias y comprensivas, que combinaban rigor académico, compromiso político y una escritura llana y atractiva, Discutidos por sus colegas, ganaron amplia popularidad entre el populoso e inquieto mundo estudiantil y el público culto en general.

En cuatro notables volúmenes, verdaderos long-sellers, Hobsbawm construyó una síntesis de la historia occidental entre 1789 y 1991. En Naciones y nacionalismo desde 1780 (1991) desarrolló desde una perspectiva europea el proceso de construcción de las naciones, subrayando la importancia de la «invención» de las tradiciones nacionales.

Buscando lo mismo, Anderson partió de la periferia colonial, vinculó el sudeste asiático con los movimientos emancipatorios americanos del siglo XIX, para llegar a un momento originario anterior al de Hobsbawm: la Europa feudal. Esa perspectiva fue muy apreciada por quienes señalan el «eurocentrismo» de Hobsbawm y reivindican una «historia global» vista «desde los márgenes», de acuerdo con modas intelectuales que Anderson calificaba como «de previsible obsolescencia».

Ambos coinciden en deconstruir y desnaturalizar las narrativas nacionales que fundamentan los nacionalismos y también los imperialismos. Hobsbawm se refiere al «invento» de la nación, acentuando su naturaleza deliberada y artificial. Anderson habla de «comunidades imaginadas», señalando una dimensión de la vida social: la continua formulación de imágenes por parte de sus actores y la construcción de imaginarios, que constituyen una dimensión de la realidad.

Además de estas diferencias, sutiles pero importantes, los divide una diferencia de fondo: Hobsbawm -un marxista clásico- apunta al costado patológico del nacionalismo, contrario al ideal civilizatorio occidental, y Anderson -un anticolonialista de inspiración marxista- subraya la dimensión emancipadora de los nacionalismos que destruyen imperios. Como se ve, una diferencia muy presente en los debates actuales.

publicado en La Nación, 5/9/2020

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