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Inmigración: cómo encontrar una tercera vía política a este fenómeno global

Loris Zanatta

¿Puede el batir de alas de una mariposa provocar un huracán? Es poco probable, pero está sucediendo: unos pocos miles de migrantes hondureños están levantando una polvareda en Washington. “Cortaremos la ayuda si no los detiene”, advirtió Donald Trump dirigiéndose al presidente de Honduras. Mientras tanto, la caravana crecía y cruzaba fronteras: la de Guatemala, luego la de México. ¿Qué pasará cuando llegara a Estados Unidos y encontrara a la gendarmería alineada?

Si fuera hondureño, es probable que yo también trataría de salir del país: elecciones fraudulentas, violencia endémica, persecución del disenso, impunidad, corrupción, narcotráfico, miseria. ¿Cómo mirar al futuro en tales condiciones? Haría lo mismo si fuera cubano o venezolano, nicaragüense o salvadoreño: de hecho, ellos también están huyendo. Diré más: teniendo que salir de Honduras, también apuntaría hacia el Norte, buscaría la manera de cruzar el Río Grande. ¡Qué diablos! Solo allí podría esperar salir de la trampa de la pobreza.

Pero si fuera un ciudadano estadounidense, es probable que, a pesar de la empatía hacia esa humanidad que huye del infierno o confía en la tierra prometida, vería la cuestión de otra manera: ¿podemos, me preguntaría, acoger a todos los hondureños, los cubanos,  los venezolanos, los savadoreños? Es la pregunta que muchos europeos se han estado haciendo durante años: ¿cuántos nigerianos, senegaleses, pakistaníes, marroquíes logramos recibir?

La pregunta sonará cínica al oído de las almas inocentes, pero la respuesta es: por supuesto que no. Quien lo entendió mejor y explotó su potencial, quizás porque en términos de cinismo era imbatible, fue Fidel Castro. Sabía bien que sus súbditos harían cualquier cosa para salir de la isla y, de vez en cuando, desataba inmensas olas de migración hacia Estados Unidos, sabiendo que los pondría de rodillas. La llamaba su “arma de invasión masiva”: nunca un nombre fue más apropiado. Y esa misma arma, podemos estar seguros, fue la que inspiró a los organizadores de la caravana que, nacida con sordina y casi por accidente, atrae hoy la atención de los medios de comunicación de todo el mundo. No tanto por su tamaño, sino por su poderoso simbolismo. Los organizadores fueron geniales, a su manera: lograron elevar a evento global una práctica diaria en Centroamérica, donde día tras día miles de hombres y mujeres tratan de llegar a Estados Unidos: ¿se abrirá el Mar Rojo, se nos ocurre a todos pensar?

Los fenómenos migratorios están cambiando la faz de nuestro planeta. Es suficiente mirar un atlas, ver cómo se distribuye la población y consultar alguna estadística sobre las diferencias de riqueza en el mundo para llegar a la más obvia de las conclusiones: las grandes migraciones son inevitables, de África a Europa y de América Central a Estados Unidos; pero también dentro de Europa y dentro de América Latina. Estoy convencido de que, aunque en breve generen miedos y conflictos, a la larga serán el humus de un mundo mejor: menos mezquino y más cosmopolita, menos homogéneo y más plural, menos gris y más colorido, libre y divertido.

¿Puertas abiertas, entonces? ¿Mallas largas y bienvenidos al “paraíso”? Ni en sueños: primero porque el paraíso es una ilusión, como lo sabe cualquiera que tenga una vaga idea del estado en que se encuentran muchos suburbios estadounidenses o europeos; segundo, porque más allá de cierto límite, la inmigración pone en riesgo la tolerancia y el pluralismo en los países que la reciben; tolerancia y pluralismo sin los cuales no resiste ninguna buena intención. ¿Qué límite? Imposible saberlo antes; mejor no descubrirlo después. A juzgar por la forma en que votan y las sirenas que los atraen, muchos países ya lo han superado. Por lo tanto, es urgente encontrar una tercera vía sobre la inmigración, entre las fobias alimentadas por los xenófobos y la inconsciencia bien intencionada de los “evangélicos”; una tercera vía política, no ideológica o moral, capaz de incluir e integrar, pero también de imponer límites estrictos y reglas férreas, porque la seguridad también es libertad.

No es fácil: porque hay grandes emociones en juego cada vez que una barcaza de migrantes se hunde en el Mediterráneo o un inmigrante resulta responsable de un horrendo crimen; porque distinguir entre migrantes económicos y refugiados políticos es a menudo imposible; porque muchos migrantes, como los hondureños, aspiran a elegir el país de acogida, aunque sea muy distante del suyo; un principio hermoso en teoría, pero difícilmente sostenible: hace que los flujos migratorios sean aún más ingobernables de lo que ya son; y los trasplantes de poblaciones demasiado invasivos causan un rechazo peligroso: ¿cuántos otros ejemplos necesitamos para entenderlo? No es suficiente hacer el bien, decía Denis Diderot, hay que hacerlo bien. Porque un bien hecho mal solo hace daño, agrego. ¿A qué me refiero? Quiero decir que el batir de alas en Honduras beneficiará a Donald Trump en campaña electoral, un poco como la acogida indiscriminada predicada por el Papa llevó sin quererlo agua al molino de Matteo Salvini en Italia y sus emuladores en Europa. La heterogénesis de los fines siempre está al acecho.

publicado en La Nación, 2/11/2018

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