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Izquierda-derecha, una clasificación obsoleta

Maximiliano Gregorio-Cernadas

Cuando en vísperas de la Revolución Francesa los diputados se reunieron en la Sala del Juego de Pelota, los revolucionarios –que abogaban por las celebradas “libertad-igualdad-fraternidad”– se ubicaron en las tribunas de la izquierda y los monárquicos –conservadores de un gobierno despótico, estamental y opresivo–, a la derecha, inaugurando una de las categorizaciones políticas más longevas de la historia.

Pero dicho esquema entrañaba un malentendido congénito: podía ser adecuado hasta que se desató la revolución, pero cuando los revolucionarios tomaron el poder e incluso bastante después, ya dominado el caos por Napoleón –celebrado al comienzo como “revolucionario” por muchos europeos conspicuos, incluido Beethoven–, aquella “izquierda” se convirtió en una de las expresiones más crudas de lo opuesto a la “libertad-igualdad-fraternidad”, simbolizando una paradoja clásica de la mayoría de las revoluciones “liberadoras”.

Para ser de “izquierda” no basta con declamarse “revolucionario” en vísperas de la revolución, sino que lo definitivo consiste en la forma concreta en que se ejerce el poder.

Esta confusión ha perdurado hasta nuestros días, no sin dudosas intenciones, pues abundan los regímenes que invocan ser de “izquierda” –término más atractivo y demagógico–, pero se apartan de la “libertad-igualdad-fraternidad” anhelada por sus iniciales seguidores, mientras que otros muchos legítimos admiradores de estos ideales deben resignarse al apelativo “derecha” con tal de distinguirse de aquellos regímenes que se autodenominan de “izquierda”, pero que implementan el tríptico “dictadura (de un líder, del proletariado, del partido, del Estado, de las Fuerzas Armadas, de una confesión religiosa, etc.)-derechos corporativos (partidarios, militares, gremiales, eclesiales, empresariales, etc.)-discordia y conflicto (‘lucha de clases’ en su modo extremo, ‘grieta’ en su forma light o ‘vivir peligrosamente’ en su versión ‘pseudorromántica’)”.

No ingenuamente, los diversos fascismos, ansiosos por enmascarar su conservadurismo, han seducido a lo largo de la historia a sus millones de seguidores con híbridos confusos que “olieran” a izquierda, como “nacional-socialismo”, “república-popular”, “nacional-populismo”, etc. Para superar estos equívocos se abren dos opciones: se restituye su verdadero sentido al díptico “izquierdaderecha” o se lo reemplaza por otro. La primera alternativa podríamos descartarla por ingenua o excesivamente ardua. Una opción sencilla, clara y ajustada consiste en reemplazar aquel díptico por “liberal conservador” como es habitual en los países sajones, menos afectados por las deformaciones derivadas de la Revolución Francesa.

Aquellos que alientan los ideales modernos de“libertad-igualdad fraternidad” merecen el apelativo de “liberales”, mientras que a aquellos que abogan por un régimen más inclinado a ideales pre y posmodernos, como “iliberalismo derechos diferenciados-discordia” les cabe la categoría de “conservadores”. En un país como la Argentina, en el que aquella confusión ha calado tan profundo y ha hecho una contribución tan decidida a nuestras frustraciones políticas, hasta el punto de que el régimen prevaleciente en los últimos 90 años ha tendido más hacia el “autoritarismo-corporaciones-grieta”, produciendo disparates como calificar de “izquierda” a líderes militares, facciones violentas, la Iglesia Católica o a las centrales sindicales, quienes reúnen holgados méritos para ser designados sin desmedro “conservadores”, intentar una recategorización de nuestras opciones, entre “liberales y conservadores”, ofrecería una perspectiva más sincera y esclarecedora para los votantes y conducente para la salud de la República.

publicado en La Nación, 7/9/2020

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