Lecturas sugeridas

Juzgar o absolver son tareas de la Justicia, no de «la historia»

Loris Zanatta

BOLONIA.- ¿Otra vez? ¿Realmente han vuelto a entonar la cantinela de que solo «la historia» puede juzgarlos, de que «la historia» los absolverá, de que ya los ha absuelto? Cuesta creerlo, cuesta reprimir las carcajadas. Hay quienes le hablan a la «historia» como nosotros les hablamos a nuestras mascotas: será que tienen un ego desmedido que, como un globo, vuela alto en el cielo. A mí me dan ganas de pincharlos, de hacerlos bajar a la tierra, entre aquellos a los que nadie nos va a «juzgar» aparte de nuestra conciencia; y un tribunal, claro, si infringimos la ley.

Repito: ¿otra vez esa cita tan manida, gastada por el abuso? Entonces, cita por cita, evoquemos a los «clásicos», a la tragedia que se repite como farsa, según Marx; o a Goebbels: una mentira repetida mil veces se volverá verdad, enseñaba, y añadía: cuanto más grande sea la mentira, más se la creerá. Quien solía citarlo era Fidel Castro, autor de la famosa frase: «La historia me absolverá». Ni siquiera entonces tenía nada de original: se inspiró en la defensa de los jerarcas nazis en Nuremberg; ellos también invocaron la justicia de Dios y de «la historia». En fin, Cristina Kirchner y Evo Morales no inventan nada: la estratagema de oponer el juicio de «la historia» al juicio de los hombres es muy antigua y la utilizaron tirios y troyanos.

No es de extrañar: la justicia humana es a menudo injusta. ¿Cuántos inocentes padecen condena? ¿Cuántas figuras públicas o ciudadanos comunes son linchados a priori sin poder defenderse? ¿Cuántos magistrados sirven al poder del cual deberían ser independientes? El garantismo no debería ser opcional, sino la base de toda cultura liberal y democrática. Pero una cosa es reclamar el Estado de Derecho y otra muy distinta invocar el juicio de «la historia» contra el de los tribunales. Este reclamo implica riesgos inmensos y denota una preocupante falta de espíritu democrático. Los riesgos saltan a la vista: no todos los que invocan el juicio de la posteridad son víctimas inocentes de un abuso, no todos los que gritan » j’accuse» defienden a un Dreyfus. La historia está llena de causas sacrosantas enturbiadas por quienes han distorsionado sus fines; de personajes que pretenden escapar de la Justicia apelando al «pueblo»; aunque el «pueblo» sea capaz de liberar a Barrabás y crucificar a Jesús.

Pero mucho más inquietante que esta prosaica estrategia política es la visión del mundo que revela; una visión escatológica en la que «la historia» responde a un diseño divino, a leyes y etapas que, el día del juicio final, llevarán al triunfo de la verdad y a la salvación de la humanidad. Quienquiera que la invoque como su juez se yergue así en figura providencial, en vocero del Señor enviado a redimirnos; se pone literalmente por encima de «la historia». Es un ejemplo diáfano de «la miseria del historicismo», la fuente bautismal de los totalitarismos modernos y de su furia milenarista, la coartada de todos aquellos que invocando un fin superior pretenden evadir la ley y los límites a los que estamos expuestos los humanos normales.

Pues bien, a todos ellos es bueno recordarles lo que toda forma democrática de pensamiento debería intuir: que «la historia» no es la Escritura, y mucho menos un sustituto de la Constitución; «la historia» no es un tribunal o un confesionario, no absuelve ni condena: es un libro abierto en el que cada opinión o sentencia se compara con otras opiniones o sentencias sobre la base de hechos y razonamientos, no de dogmas de fe o reclamos de santidad. Por frustrante que suene, «la historia» no tiene un fin específico; es un continuum de errores y correcciones, nuevos errores y nuevas correcciones. Y dado que no tiene un destino escrito, sino que es un proceso de aprendizaje difícil e imperfecto, nadie tiene derecho a invocarlo para levantarse como Salvador por encima de las instituciones humanas.

Pero incomodar a esos fantasmas quizás sea excesivo, dadas las circunstancias. En realidad, nos enfrentamos al montaje de un antiguo ritual político al que los países católicos están más acostumbrados que otros: la «cultura del victimismo» paga grandes dividendos entre nosotros. Es una cuestión cultural, y como todas las cuestiones culturales tiene raíces profundas e invisibles. En nuestra escala de valores, ayudar a los necesitados es un deber, la empatía con el perseguido es instintiva. ¿Cómo no simpatizar con la «víctima» frente al «verdugo»? Nos hace sentir moralmente mejor, espiritualmente satisfechos.

Sin embargo, incluso las cosas más nobles tienen un lado oscuro: el «victimista» es a la «víctima» lo que el glotón al hambriento o el alcohólico al sediento. No todos los «victimistas» son «víctimas» de verdad y no todas las «víctimas» se abandonan al «victimismo». Cuando invoca «la historia» como su juez y testigo, el «victimista» escapa a la responsabilidad de sus acciones y la descarga sobre los demás. ¡Cuánto victimismo nos rodea! ¡Cuántos lloriqueos! » Fotti e chiagni», joder y llorar, dicen en Nápoles: no sabría decirlo mejor. Violamos la ley porque «el sistema» nos maltrata; somos pobres porque «los ricos» nos explotan; no prosperamos porque «el imperio» nos coloniza; evadimos impuestos porque «el Estado» nos oprime; nos atacan con el » lawfare» porque representamos al «pueblo». El «victimista» no practica la ética de la responsabilidad, no apela a la racionalidad; excita nuestro sentimiento de culpa y nos atormenta con su chantaje moral: si él es una «víctima», debe haber un «culpable»; usa nuestra piedad como escudo protector, nuestra compasión como arma política. Pero las verdaderas «víctimas» somos nosotros: víctimas de los victimistas.

publicado en La Nación, 7/12/2019

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