Contribuciones de los socios

La expansión del plan nuclear es un craso error

Aleardo Laría

El gobierno del presidente Mauricio Macri anunció que había decidido instalar una quinta central nuclear en la Patagonia que se sumaría a Atucha I, Embalse, Atucha II y Atucha III (todavía no construida). Para la construcción de las dos centrales proyectadas, se cuenta con el concurso de China. Estos anuncios no han sido precedidos de ningún debate previo en la sociedad civil ni han dado lugar a ninguna presentación en el Congreso. Decisiones de semejante envergadura se toman por simples iniciativas del Poder Ejecutivo, algo inconcebible en una democracia republicana.

Las democracias modernas deben tomar decisiones en base al saber científico disponible. Como este saber es mutable y está sujeto a enormes cambios de paradigma, las decisiones que se adoptan deben estar legitimadas democráticamente. Esto quiere decir que los procesos de decisión deben adoptarse bajo el presupuesto que los gobiernos no tienen enfrente a una sociedad simple y pasiva, que se adapta plásticamente a la opinión de los expertos. El saber científico ya no viene revestido con sus tradicionales signos de autoridad, y tiene consciencia de sus propias limitaciones. De modo que las cuestiones vinculadas a la valoración científica de los riesgos y el potencial amenazador de las innovaciones científicas deben ser adoptadas en base a un debate abierto entre el gobierno y la sociedad civil.

Por otra parte, es indudable que las decisiones políticas no tienen la misma objetividad y universalidad por la que se guía la ciencia. Alguien ha mencionado la “ceguera periférica de los Estados modernos” para hacer referencia a que los decisores políticos se centran en el corto plazo, atienden más a los beneficios inmediatos, pierden de vista los riesgos que se vislumbran en el largo plazo y confían excesivamente en aquellos proyectos que realzan su imagen personal. De modo que la prudencia derivada de la complejidad de las tareas que quieren abordarse, demanda necesariamente la colaboración dinámica de actores estatales y no estatales. La sociedad del riesgo exige una participación real y efectiva de la sociedad civil en la toma de decisiones estratégicas de enorme relevancia.

El Plan Nuclear Argentino

Los recientes anuncios del gobierno nacional de Mauricio Macri no son más que la continuación de los planes nucleares encarados por el anterior gobierno kirchnerista. El Plan de Reactivación Nuclear Argentino de 2006 fue lanzado con gran pompa en agosto de ese año por el ex presidente Néstor Kirchner con el propósito de renovar y reactivar el desarrollo de la energía nuclear en Argentina. Los objetivos del plan contemplaban finalizar la planta nuclear Atucha II –que había sido empezada en 1980-; estudiar la viabilidad de una cuarta planta nuclear (Atucha III); extender la vida útil de la planta nuclear Embalse; construir un prototipo de reactor Carem -una planta nuclear de baja potencia de cuarta generación-; poner en marcha la planta de agua pesada ubicada en Arroyito (Neuquén) y reanudar las actividades de enriquecimiento de uranio en Pilcaniyeu (Río Negro). Cabe agregar que la planificación de construcción de las nuevas centrales nucleares de potencia fue encargada en 2005 a la empresa pública Nucleoeléctrica Argentina S.A. (NASA). A fines de 2009, fue sancionada la Ley 26.566, que entre otras cosas declara de interés nacional la construcción de la cuarta central, enmarcándola en el Plan Nuclear Argentino.

Posteriormente, el 5 de septiembre de 2013 se suscribió un primer Memorándum de Entendimiento para la cooperación y coordinación económica entre los gobiernos de Argentina y China, con el fin de profundizar la cooperación económica y comercial a largo plazo entre ambos países. Continuando con esa política el 18 de julio de 2014 el Gobierno de Argentina suscribió el Convenio Marco de Cooperación en Materia Económica y de Inversiones con el Gobierno de la República Popular China, por el cual las partes se comprometieron a promover la cooperación económica en diferentes áreas y sectores de sus economías. En materia de desarrollo nuclear, ambos gobiernos se pusieron de acuerdo en impulsar los proyectos de construcción de dos centrales nucleares con el objetivo de firmar los contratos comerciales antes del 30 de septiembre de 2017, de manera que las obras de construcción de las mismas pudieran iniciarse a comienzos de 2018 en el caso de la cuarta central nuclear, y en el transcurso de 2020 en el caso de la quinta central nuclear. Es sobre la base de esas iniciativas adoptadas durante el segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner que los entendimientos recientemente alcanzados entre la Argentina y China, en la ciudad de Pekín, representan una continuidad.

La cuarta y quinta central nuclear, que serán financiadas en su mayor parte por bancos de la República Popular China, corresponden a dos tecnologías diferentes. La cuarta central nuclear será de tecnología CANDU, de aproximadamente 750 MW de potencia instalada, utilizará uranio natural y agua pesada. Nucleoeléctrica Argentina SA, la empresa pública propietaria y operadora comercial de las centrales nucleares del país es propietaria de la patente CANDU. El agua pesada sería provista por la planta de agua pesada de Arroyito. En cambio la quinta central nuclear será de tecnología PWR de diseño chino, de aproximadamente 1.000 MW de potencia instalada, utilizará uranio de bajo enriquecimiento y agua liviana. Sólo resta señalar que la tecnología actual, al menos la que se utiliza en EEUU, China, Rusia y Francia, es en base al uranio enriquecido y el agua liviana, por lo que la planta de agua pesada de Arroyito, una vez que se provea de agua pesada a Atucha III, tiene un futuro incierto.

El ministro de Energía, Juan José Aranguren, adelantó que el gobierno nacional realizará una audiencia pública para activar la quinta planta nuclear que se construirá en la Patagonia, probablemente en la localidad rionegrina de Sierra Grande, sobre el Atlántico. Según el gobernador Alberto Weretilneck, la inversión será de US$ 8.000 millones, empleará a unos 5.000 operarios y llevará en total unos siete años de construcción. El gobernador dio a conocer imágenes de la central de Fujian, China, que tendrá las mismas características que la próxima planta nacional. “Es idéntica a la que emplazarán en Río Negro en 2020. Energía más limpia y menos contaminante”, según la optimista opinión del mandatario. Como suele suceder en estos casos, el intendente de Sierra Grande se mostró entusiasmado por el impacto económico positivo que podría tener para la ciudad en materia de empleo, mientras que el gobernador de Chubut, Mario Das Neves se mostró contrario a la instalación de una central nuclear en la región por los enormes riesgos ambientales que implicaría para la fauna de la cercana Península de Valdés.

Los riesgos medio ambientales

La polémica sobre la utilidad y necesidad de la energía nuclear tuvo un nuevo capítulo tras el devastador terremoto y tsunami que en el año 2011 arrasó con la central nuclear de Fukushima, Japón. La fusión del núcleo de tres reactores nucleares, las explosiones en los edificios que los albergaban, y los fallos en los sistemas de refrigeración, provocaron que fuera liberado material radiactivo en cantidades superiores a 500 bombas de Hiroshima. Se estima que la catástrofe tendrá un costo para Japón de 190.000 millones de dólares, sin contar los enormes daños provocados en el medio ambiente, difíciles aún de evaluar. Como consecuencia de la catástrofe, Alemania anunció el abandono paulatino de la energía nuclear. Por este motivo, hoy el sector de la energía nuclear está en crisis en la mayoría de los países que lo tienen, con pérdidas para los consorcios que los administran.

Los accidentes en centrales nucleares han sido numerosos. La gente recuerda sólo los más aparatosos, que están en el grado más alto de la Escala Internacional de Accidentes Nucleares del 0 al 7, pero no han sido los únicos. El 12 de diciembre de 1952 se produjo el primer accidente nuclear serio en el reactor nuclear NRX de Chalk River, Canadá. Un fallo en los sistemas de apagado y varios errores de los operadores provocaron una reacción en cadena que aumentó la producción de energía del reactor a más del doble del nivel normal. Se liberaron los productos de fisión de unos 30 kg de uranio a través de la pila del reactor. Agua ligera (usada como refrigerante) irradiada se derramó a través del circuito de refrigeración dañado en el edificio del reactor, y unos 4000 metros cúbicos de esta agua se bombearon a una zona de desecho para evitar la contaminación del río Ottawa. En 1957 se registró otro accidente nuclear de Nivel 5 en Windscale, Reino Unido. Un incendio en uno de los dos reactores provocó una fuga de radiación que contaminó 518 kilómetros cuadrados. Ganado y cultivos debieron ser destruidos y luego se reportaron 33 muertes humanas por cáncer. La central nuclear A1 de Jaslovske Bohunice en Checoslovaquia sufrió en 1977 un serio accidente durante la carga de combustible. El accidente, de nivel 4 de la escala INES, produjo amplios daños en el combustible y emisión de radioactividad en el área de la central. Como resultado la planta fue apagada y actualmente está siendo desmantelada. En la planta de Tokaimura, Japón, se produjo en el año 1999 un accidente de Nivel 5. Un error humano provocó una descontrolada reacción nuclear en cadena en una planta de procesamiento de uranio. En total dos empleados perdieron la vida de los 50 que estuvieron expuestos a altos niveles de gas radioactivo.

Los tres accidentes más graves han sido los de Three Mile Island en EEUU, el de Chernóbil en la actual Ucrania y el de Fukushima en Japón. El de la central Three Mile Island, situada en Pensilvania, ha sido el peor en EEUU y alcanzó el Nivel 6 en la escala internacional. Se produjo en el año 1979 debido a una combinación de fallos en los equipos de la central y de errores de los operarios. Se registró una pérdida de refrigerante y una fusión parcial del núcleo. Alrededor de dos millones de personas sufrieron exposiciones. Si bien no hubo víctimas inmediatas, los estudios radiológicos diagnosticaban casos de cáncer a largo plazo. La limpieza de la central duró más de 14 años, pero el agua contaminada usada como refrigerante se filtró en el hormigón del edificio dejando un residuo radioactivo imposible de eliminar.

El de Chernóbil, registrado en 1986, fue el peor accidente de la historia de la energía nuclear. Debido a una prueba de rendimiento del reactor, efectuada sin atender a las medidas de seguridad recomendadas, se produjo una explosión que liberó una nube radioactiva que se extendió desde Ucrania a Europa, alcanzando a los Estados Unidos y Canadá. Como consecuencia del accidente, miles de kilómetros cuadrados quedaron contaminados durante siglos y una cantidad estimada entre miles o centenares de miles de víctimas mortales como consecuencia de la radiación que se estima se verificarán a lo largo de los años, aunque todavía no hay una estadística confiable. Dos empleados de la planta murieron como consecuencia directa de la explosión y otros 29 fallecieron en los tres meses siguientes. Unas 1.000 personas recibieron grandes dosis de radiación durante el primer día después del accidente, y 800.000 durante los días posteriores y en los trabajos de descontaminación. Inmediatamente después del accidente se construyó un “sarcófago”, para aislar el interior del exterior, que se ha visto degradado en el tiempo por la acción de diversos fenómenos naturales. Ante el riesgo de desmoronamiento en 2004, se construyó un nuevo sarcófago para el reactor. En noviembre de 2016, treinta años después de la tragedia, se inauguró un tercer sarcófago, una suerte de cúpula que cubre el complejo, al que se denominó “Nuevo Sarcófago Seguro” a un costo de 1.500 millones de euros.

Como acertadamente señala Ulrich Beck (“Por qué renuncia Alemania a la energía nuclear” (El País, edición del 22.06.2011) “quien después de Chernóbil y Fukushima siga afirmando que las nucleares -francesas, británicas, estadounidenses, chinas, etcétera- son seguras, ignora que, empíricamente, hay que extraer la consecuencia exactamente opuesta: sólo una cosa es segura, el próximo accidente nuclear a gran escala”. Añade que “el concepto de riesgo del siglo XIX aplicado a la energía nuclear de comienzos del XXI es una categoría zombi, una categoría que nos hace ciegos a la realidad en la que vivimos. No sólo no es irracional el abandono de la energía nuclear: lo que es irracional es seguir respaldándola después de Fukushima, ya que se basa en un concepto anticuado de riesgo que se inmuniza contra la experiencia histórica”.

Sólo cabe añadir a lo expresado por Ulrich Beck los riesgos añadidos que corren los reactores costeros, como el de Fukushima, debido a la eventualidad de desastres naturales. Estos riesgos ya fueron evidentes unos años antes, cuando el maremoto habido en el océano Índico en diciembre de 2004 inundó el segundo complejo nuclear en importancia de India, con lo que quedó desconectada la central eléctrica de Madrás. Los reactores de agua ligera, como el que se piensa instalar en la Patagonia, utilizan el agua como refrigerante primordial. Las enormes cantidades de agua local que dichos reactores consumen para sus operaciones pasan a ser corrientes de agua caliente, que se bombean a los ríos, los lagos y los océanos. Durante la ola de calor de 2003 en Francia, hubo que reducir o detener las operaciones en 17 reactores nucleares comerciales a causa del rápido aumento de las temperaturas de los ríos y los lagos. Como es obvio, el agua de los océanos no se calienta ni mucho menos con la misma rapidez que la de los ríos o los lagos y, al contar con el agua del mar, no provocan escasez de agua dulce, pero, como han demostrado los reactores del Japón, las centrales nucleares costeras afrontan peligros más graves. El dilema fundamental de la energía nuclear en un mundo cada vez más afectado por la escasez de agua es el de que necesita enormes cantidades de agua y, sin embargo, es vulnerable ante el agua que necesita.

El debate sobre la viabilidad económica

Otro plano del debate nuclear se vincula con la evaluación económica de estos proyectos. Es sabido que las grandes centrales tienen costos exorbitantes de construcción y luego de construidas, son muy elevados los costos del manejo de los residuos que producen. Por ese motivo hoy existen sólo 440 centrales en todo el mundo y hace años que no se construyen nuevas. En la actualidad, hay decenas que ya cumplieron su vida útil y enfrentan el elevado costo de la decommission (desmantelamiento), sin que se deba dejar de computar el elevado costo del impacto ambiental y humano que genera cada accidente nuclear.

Los defensores de la energía nuclear la consideran conveniente porque emite cantidades muy inferiores de CO2 respecto de las centrales basadas en combustibles fósiles y aseguran que es un paso inevitable para transitar desde las energías fósiles a las renovables, dado que las últimas no han alcanzado todavía suficiente capacidad de generación para atender la demanda. Consideran que los sistemas de cuarta generación son más eficientes y seguros que hace 40 años y que el nivel de residuos es actualmente muy bajo. Sin embargo, decenios después de que Lewis L. Strauss, el presidente del Organismo de Energía Atómica de Estados Unidos, afirmara que la energía nuclear llegaría a ser “demasiado barata para medirla con contador”, la industria nuclear sigue subsistiendo en todas partes gracias a enormes subvenciones estatales. Es lo que acontece en Argentina con la empresa pública Nucleoeléctrica que se mantiene gracias a los subsidios del Estado. Los más optimistas consideran que esta empresa recién será viable cuando administre cuatro o cinco centrales y no ahora que tiene sólo dos centrales en funcionamiento mientras que una tercera, la de Embalse, está parada hasta que se le extienda el período de vida útil.

En la actualidad hay 65 reactores en construcción en todo el mundo, 50 de los cuales se alojan en China y otros países en desarrollo. Los países pioneros en la industria nuclear, como los Estados Unidos, están intentando prolongar la vida de las antiguas centrales nucleares, para que puedan operar hasta cumplir los 60 años. Pero en general no existen planes para sustituir esas viejas centrales por otras nuevas dado el elevado coste de construcción de los reactores y las dudas sobre su viabilidad futura. Se estima que construir un reactor nuclear cuesta entre 3.500 y 5.000 millones de euros. Estos elevados costos hundidos llevan a que algunos economistas cuestionen la rentabilidad de la energía nuclear frente a otras fuentes energéticas. A la construcción de las centrales debe añadirse las gastos en seguridad y mantenimiento y luego el costo de gestionar durante varios siglos los residuos radioactivos que generan las plantas.

Otro costo relevante, que no siempre se hace explícito, es el derivado de la decommission de las centrales obsoletas, que es carísimo, al punto que los gobiernos se resisten a hacerlo y las dejan como monumentos al progreso tecnológico equivocado. El subsecretario de Energía Nuclear, Julián Gadano, dejó abierta la posibilidad de avanzar en el desmantelamiento de Atucha I, inaugurada en 1974, con la idea de que deje de producir energía y sea destinada a tareas de investigación. “¿Qué hacemos con Atucha I? La decommission es carísimo. El ministro me va a decir “no, pará, ¿para qué la decommission si es carísimo? Mejor invirtamos y tengamos más energía” (Página 12, edición del 21.3.2016). Esto también explica la tentación de los gobiernos de extender la vida útil de las centrales, con los riesgos ambientales que ello supone como es el caso de Atucha I, que tiene una vasija deteriorada.

Otra cuestión donde tampoco hay consenso pero que abre serios interrogantes se vincula a las reservas de uranio. Los últimos estudios consideran que la carestía de uranio comenzará en 2040 mientras que el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) calcula que las reservas conocidas alcanzarán al menos para otros 80 años. Francisco Tarín, representante de España en la Agencia de Energía Nuclear europea, defiende públicamente que hablar de problemas de suministro nuclear es una “posibilidad falaz” porque considera que la demanda de este material incentivará a las empresas a buscarlo en otras zonas. Pero el problema es que esta búsqueda encarecería aún más la energía nuclear hasta el punto de que costaría más extraer uranio que los beneficios de una central nuclear según otros expertos.

En opinión de Ulrich Beck, la energía nuclear se hará más onerosa a la larga y la renovable más barata. “Quien abriera a la explotación a través de la energía solar siquiera una parte de los desiertos podría cubrir la demanda energética de toda la civilización. Nadie puede apropiarse de la luz del sol, nadie puede privatizarla o nacionalizarla. Cualquiera puede explotar y beneficiarse por sí sólo de esa fuente de energía. Algunos de los países más pobres de la Tierra son “ricos en sol”.

Conclusión

La industria nuclear es sumamente peligrosa, puede dañar gravemente el medio ambiente y demanda inversiones cuantiosas. Tiene costos imponderables, como son los que se derivan de eventuales accidentes nucleares y del resguardo de los residuos radioactivos. Frente a esta opción se alzan las energías derivadas de recursos renovables, como la eólica y la solar, que se puede obtener de placas solares instaladas en las propias viviendas. De allí que se haya afirmado que la energía solar hace a la gente independiente frente al monopolio energético de la energía nuclear. Es comprensible que los grupos económicos que obtienen rentabilidad de empresas vinculadas a la cadena de valor nuclear, sean defensores natos de la energía nuclear y minimicen los riesgos. Los gobiernos irresponsables, que sólo miran el corto plazo de sus mandatos, son miopes ante los riesgos del largo plazo. Pero desde una perspectiva amplia, que incorpore en la ecuación las alternativas sin riesgos que ofrecen las energías renovables, no debiera haber dudas acerca de lo absurdo de apostar por una energía tan peligrosa. La Patagonia ofrece las mejores condiciones para el desarrollo de la energía eólica, la energía geotérmica y la solar. Respetemos el medio ambiente y seamos prudentes ante los desafíos de la sociedad del riesgo. La Patagonia, uno de los lugares más bellos del mundo, debiera ser declarado territorio libre de riesgo nuclear.-

publicado en Confluencia Digital, 4/6/2017

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