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La hora de la educación

Sabrina Ajmechet

Los argentinos nos sentimos bien diciendo en voz alta que la educación nos importa. Es uno de nuestros valores: estamos orgullosos de su historia, de su temprana obligatoriedad y su espíritu laico, de su gratuidad y de todo lo que hizo para integrarnos como sociedad y sentar las bases para nuestro progreso. Sarmiento está en la primera fila de nuestro panteón y podría ocupar ese lugar por muchos motivos, pero el que elegimos para celebrarlo es el de padre del aula.

Es muy doloroso tener que aceptar que gran parte del orgullo de nuestra educación lo conjugamos en pasado. Durante mucho tiempo el tema no ha estado en la agenda pública. Sin embargo, los problemas no son nuevos, como podemos comprobar con el fracaso de la búsqueda laboral que llevó adelante Toyota hace unos meses. Las consecuencias actuales son producto de lo que venimos arrastrando hace por lo menos quince o veinte años, tiempo en el que se tendrían que haber formado los que hoy deberían cubrir esos puestos de trabajo.

Desde que empezamos a medirlos, los resultados de aprendizaje son cada vez peores. Sin embargo, el ciclo de noticia de esta información es muy breve. Cada vez que se publican, nos entristecemos por lo mal que está la educación y seguimos adelante con nuestras vidas, olvidándonos inmediatamente de los pésimos resultados y negando lo evidente: las consecuencias que estos datos tendrán sobre el futuro.

Guillermina Tiramonti explicó que muchos argentinos comenzaron a elegir escuelas privadas creyendo que así encontraban una solución. Cuando los zooms se metieron en nuestros hogares entendimos que es ilusorio aspirar a la salvación individual: no solucionamos el problema mandando a nuestros hijos a una escuela en particular. Incluso teniendo en cuenta que las formas en la que pudieron dar respuesta muchas escuelas privadas fue diferente a lo que se pudo hacer desde las públicas, eso que Claudia Romero clasificó en Escuelas Zoom y Escuelas Whatsapp –las que tuvieron encuentros sincrónicos y en las que los chicos siguieron viendo a sus maestros, y aquellas en donde se enviaba la tarea y se devolvía sin gran intercambio–, lo cierto es que, aun en los mejores casos, todo fue insuficiente.

La eterna y catastrófica cuarentena educativa tuvo una de las consecuencias más virtuosas de la política argentina en décadas: se formó Padres Organizados y otros grupos de familias que lucharon por la presencialidad. Con militancia, sistematización de información y un uso intensivo de las redes sociales y de los medios, lograron dar la más exitosa batalla cultural. Discutieron con datos las hipótesis de niños supercontagiadores que matarían a sus abuelos y ayudaron a demostrar que las escuelas son lugares seguros. En cada chat de mamis despejaron miedos y sumaron cada vez a más familias a una pelea básica y fundamental: los chicos en las aulas.

El kirchnerismo se equivocó tanto y con consecuencias tan graves cerrando las escuelas que una parte importante de la sociedad vio la necesidad de involucrarse activamente para garantizar la educación de sus hijos. La bandera de la educación se metió en la vida de todos, como hacía mucho tiempo que no sucedía. Y es muy interesante mirar las consecuencias inesperadas de esto: hubo un aprendizaje colectivo que no debe desaparecer con la presencialidad. Ahora la apuesta tiene que ir por más: no alcanza con volver a como estábamos antes de la pandemia.

Reformar la educación es difícil porque son muchos los protectores de su status quo. Eso hace que muchas veces resultemos impermeables a los datos, como este que viene mostrando Florencia Salvarezza.

Esta medición tiene casi diez años (es del 2013) y compara a estudiantes brasileños y finlandeses. En ese momento, los datos de la Argentina eran estadísticamente muy similares a los de Brasil. ¿Qué se puede concluir del gráfico? Que si al estudiante promedio brasileño (o argentino) lo trasladamos a Finlandia, formará parte del 5% más bajo.

Una vez que conocemos esta foto y nos damos cuenta de sus consecuencias, el paso siguiente debería ser el de generar una transformación profunda en nuestro sistema educativo. ¿Cómo podemos hacer para que los estudiantes argentinos reciban una educación de más calidad y aprendan más y mejor? Obviamente, lo primero es hacer un diagnóstico, lo que se logra mediante una palabra que, sólo al mencionarla, ya levanta polémica: evaluaciones. La semana pasada, la Ciudad de Buenos Aires llevó adelante las pruebas FEPBA, que tienen el objetivo de medir los aprendizajes en prácticas del lenguaje y matemáticas que tienen los alumnos de 7º grado. Estas evaluaciones no buscan calificar estudiantes ni juzgar a las instituciones ni a los docentes; su único objetivo es el de comprender cuánto han aprendido los chicos al terminar la primaria. A nivel nacional tenemos las Pruebas Aprender. La última medición con la que contamos es del 2019, ya que el gobierno decidió suspenderlas en 2020. Tampoco quería realizarlas este año pero, gracias a la presión de los distritos opositores, el Consejo Federal de Educación decidió tomarlas en el nivel primario.

Desde que la Argentina comenzó a medir aprendizajes, hace más de 20 años, los resultados son cada vez peores. Lo que hoy nos cabe esperar como consecuencia de escuelas cerradas es que aquello que ya estaba mal, haya empeorado.

EL OPTIMISMO DE LA OPORTUNIDAD

“Crisis es oportunidad” es una frase a la que los argentinos nos agarramos como un mantra: después de todo, nuestras crisis son tan tenaces como nuestra voluntad de estar mejor. Pero en este momento tenemos la posibilidad de hacer de ella más que un mensaje esperanzador. Estamos en un estado tan crítico que hay un sentido común compartido y extendido que nos permite empezar a hablar de lo mal que estamos. Cada vez tienen una voz más débil aquellos que piensan que tener datos estigmatiza. Esto brinda la oportunidad de salir de discusiones ideológicas y empezar a planificar a partir de la evidencia. Averigüemos qué hacemos bien para mantenerlo, prestemos atención a lo que no está funcionando para mejorarlo.

Argentina ya no es el paraíso educativo latinoamericano. Sucedió lo que creíamos impensable durante gran parte del siglo XX: México y Brasil están teniendo mejores experiencias y resultados educativos que nuestro país. Hoy estamos por debajo de la media latinoamericana. No hay motivos para sorprenderse: la Ley 25.864, de 2003, fija un ciclo lectivo anual de al menos 180 días. Mientras que algunos distritos lo cumplen e, incluso, superan este objetivo, provincias como Santa Cruz, Chubut y Neuquén vienen ya desde antes de la pandemia con conflictos sindicales extendidos en el tiempo que los aleja de la meta. Todos lo sabíamos y, sin embargo, no importaba.

Hace dos semanas, Juan José Sebreli nos recordaba acá las tres prioridades del programa de Tony Blair: “educación, educación y educación”. Hoy la educación, después de décadas, es tema en una campaña electoral. En Juntos por el Cambio tenemos proyectos que serán nuestra prioridad en el Congreso: en primer lugar, que sea ley la emergencia educativa. A partir de la declaración de la educación como actividad esencial, un proyecto de emergencia educativa –como el presentado en el 2020 por Brenda Austin con el apoyo de otros 14 diputados de JxC– puede prever la reorganización del calendario escolar y la adaptación de los contenidos curriculares. El último año y medio ha incrementado las desigualdades educativas y, por eso, es necesario garantizar planes de contingencia orientados a abordar de manera integral las diversas trayectorias de los estudiantes. La pandemia nos ha quitado mucho y lo debemos recuperar.

No hay que inventar nada. Lo que debemos hacer es llevar a los estudiantes de todo el país los dispositivos de recuperación que ya existen en la Ciudad de Buenos Aires. Es necesario implementar un programa como “Decí Presente”, que devuelva a las aulas a quienes las fueron abandonando. Todos sabemos que son muchos los chicos que necesitan más apoyo que nunca y los Centros de Acompañamiento de las Trayectorias Escolares vienen funcionando muy bien, abriendo sus puertas los sábados. Durante el receso escolar de julio fueron una gran experiencia las escuelas de invierno que funcionaron no sólo como colonias recreativas sino también como espacios de recuperación de aprendizaje, y esto se repetirá en las vacaciones de verano. La Ciudad también demostró que las clases pueden empezar en febrero, como sucedió en 2020 y como esta semana anunciaron Larreta y Acuña que también sucederá en el 2021.

Lo que queremos es que todas estas medidas que funcionan en la Ciudad tengan su correlato en el resto del país para que no siga habiendo distritos en los que se privilegia la educación y otros en los que no.

Por otro lado, se hace más urgente que nunca garantizar las evaluaciones estandarizadas por ley para que no dependan del humor del ministro de Educación si las hace o no. Queremos, además, que los resultados de estas pruebas sean públicos y estén disponibles, tanto para que cada escuela sepa qué fuertes tiene y qué cosas tiene para mejorar como para que la comunidad pueda acceder a esos datos a la hora de elegir la institución en la que quiere educar a sus hijos.

También nos resulta urgente unir educación y trabajo (¡otro tema tabú!) y proponemos prácticas profesionales para todos los estudiantes en su último año de secundario.

También nos resulta urgente unir educación y trabajo (¡otro tema tabú!) y proponemos prácticas profesionales para todos los estudiantes en su último año de secundario. Así como se hace hoy en las técnicas porteñas y en los bachilleratos orientados en software en Córdoba, todos los chicos de todo el país pueden beneficiarse adquiriendo horas de experiencia en aquello a lo que se quieren dedicar.

¿Otra propuesta? Representación de las familias. Porque lo dijimos: llegaron para quedarse y entendimos todos que son un actor fundamental. Es necesario que sigan involucrados para mejorar los procesos de toma de decisiones que afectan la educación de sus hijos. Las familias tienen que estar sentadas en las mesas de debate educativas y tienen que tener un rol activo en la definición de la política educativa. Ya aprendimos lo bien que sale cuando se hace: en el 2020 la ciudad recibió opiniones de más de 27 mil familias para atravesar la crisis educativa más importante de nuestra historia. Mucho de lo que se hizo no se hubiera podido hacer sin sus aportes y su apoyo, por eso es que tienen que seguir estando, para que la educación de todos los niños argentinos sea mejor.

Sabemos que al proponer evaluaciones y transparencia en la publicación de datos nos van a acusar de estigmatizar, cuando hablemos de prácticas profesionales nos van a decir que queremos explotar a los chicos. Van a insistir en la acusación de que nos apropiamos de una bandera que no era nuestra, la de la educación. Lo interesante es que podrán decir muchas cosas pero estarán hablando sólo entre unos pocos fanáticos que se resisten a los datos y las políticas públicas que tienen como objetivo el desarrollo y el progreso. Nos van a acusar de meritocráticos y nuestro mayor logro va a ser responderles formando jóvenes que sí saben leer y escribir, que sí son contratados por Toyota, que tienen futuro en su país o en donde elijan. Y esto va a ser posible porque ya no son sólo algunos expertos en educación los que saben qué se debe hacer y tampoco son sólo los responsables de los ministerios. Son miles de docentes y directivos que ven la decadencia en sus aulas hace años y que ahora se animan, cada vez más, a decirlo en voz alta y buscar un cambio. Son los padres que empezamos con la presencialidad y vamos por más, para que nuestros hijos tengan la educación que queremos. Para que la escuela sea un lugar de aprendizaje y respeto; no de maltrato y adoctrinamiento. Somos nueve millones de argentinos que elegimos decirle basta a esta realidad en las PASO, que aprendimos de la experiencia de nuestro gobierno anterior y que vamos a volver a gobernar para cambiar la Argentina con un programa claro: “educación, educación, educación”.

publicado en seul.ar, 17/10/2021

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