Lecturas sugeridas

La Iglesia, de la palabra de Dios a las clases de economía

Loris Zanatta

BOLONIA.- La «nueva economía» mundial nacerá de las salas sagradas del Vaticano. Y será más justa, solidaria, sostenible. Eso es lo que desea el papa Francisco. Los arquitectos del nuevo orden, los sepultureros de la globalización liberal, de esta «economía que mata», desfilan por la pasarela de sus seminarios romanos. Es una noble intención.

Pero se sabe: el mundo está lleno de descreídos. ¿Es esa la tarea que le corresponde al Papa, preguntan los malévolos? Los bromistas van más allá: si un argentino arregla la economía mundial, un panadero puede reparar un automóvil. La historia económica argentina, seamos sinceros, no es una buena tarjeta de presentación. Los más cínicos comentan: la economía es demasiado seria para dejarla en manos de los economistas.

Sin embargo, el Papa ha reunido a prestigiosas figuras mundiales. ¿Quién no lo vio retratado entre sus caras sonrientes? Nada que hacer: los escépticos no aflojan; yo entre ellos. Antes de explicar por qué, una cuestión de método: los problemas de desarrollo y sostenibilidad, pobreza y desigualdad son serios y complejos. Involucran la gobernanza global y las instituciones políticas locales, la ayuda al desarrollo, las nuevas tecnologías y mucho más. Nadie sabe con certeza cómo encararlos mejor y por eso hay un encendido debate al respecto. Bueno, de ese debate no hay rastro en los seminarios del Papa. Todos los invitados que aparecen en la foto pertenecen a la misma parroquia ideológica. No hay nada malo en eso, siempre que esté clara una cosa: el Papa alinea, así, la Iglesia en un frente político, apoya una tesis rechazando a priori el pluralismo de ideas. Así es su pontificado.

En primer plano se destaca Stefano Zamagni. Economista católico de la Universidad de Bolonia, merece respeto, a pesar de la sombra de algunos plagios. Siempre fue un «demócrata cristiano de izquierda», alguien diría un » catocomunista». Que aparezca sentado al lado del Papa es lo mínimo que se puede esperar. Supongo que aspira a hacer lo que siempre hizo: ponerle los pantalones al capitalismo, para bien o para mal.

Detrás de él, Jeffrey Sachs sonríe con picardía. Para muchos es el hombre del «gran capital»; la prueba, gritan los conservadores, del pacto de Francisco con el diablo. El odio los ciega. Desde que escribió El fin de la pobreza, un best seller, Sachs es el gurú de la ayuda a los países pobres. El norte rico expiará su culpa ayudando al sur a terminar con la pobreza. Música para los oídos del Papa. ¿Funciona esa fórmula? Sachs está seguro de que sí; otros, no. La ayuda hace más daño que bien -dicen muchos-, alimenta la corrupción de los gobiernos, genera culturas asistencialistas, derrocha recursos. William Easterly lo explicó en otro best seller: Los desastres del hombre blanco. Angus Deaton, premio Nobel de economía, también está en contra de «bombear» ayuda al sur. Los Nobel más recientes, Banerjee y Duflo, son más pragmáticos y posibilistas, pero igualmente dudan de las recetas de Sachs. Ninguno de ellos aparece en la foto con el Papa.

En cambio, está Kristalina Georgieva. ¿Qué hace un pez gordo del Fondo Monetario con el Papa? ¿No debería estar en el infierno cumpliendo la merecida pena impuestas al «capital internacional»? Nada de eso. El Fondo está a la vanguardia de la financiación de la utopía salvadora de Sachs y del Papa. Hace décadas que gasta inmensos recursos para ayudar a gobiernos que los malgastan. Cuando a estos se les acaba el dinero y lloran miseria, el FMI les da más o cancela sus deudas. Un perro que se muerde la cola, la peor pedagogía jamás vista. A veces pienso que el Fondo habría que cerrarlo, pero por razones opuestas a las aducidas por los «antiimperialistas». Se entiende así que el Papa esté presionando a Georgieva para que sea indulgente con la deuda argentina. ¿Qué decir al respecto? Durante años nos explicaron que Francisco no tenía tiempo para pensar en su pequeña patria, que el universo era su horizonte. Ahora actúa como un lobista cualquiera.

A la derecha, en la foto, aparece Joseph Stiglitz, un Nobel, una estrella internacional. Leí un hermoso artículo suyo, de cristalina escuela popperiana: la historia se compone de ensayos y errores, aprendizajes y correcciones, decía. De aplausos. Pero los «errores» son siempre los de los demás. Él parece estar exento de cometerlos. ¿Será así? Yo lo recuerdo cuando iba como invitado de honor a los seminarios que Castro organizaba en La Habana, tan parecidos a los que el Papa organiza actualmente en el Vaticano: mismos temas, mismos invitados. Desde qué púlpito… Lo recuerdo a Stiglitz alabando la economía chavista cuando ejércitos enteros de economistas la consideraban una carrera suicida destinada a estrellarse contra una pared. ¿Quién tenía razón? Como historiador, me pregunto qué sabrán estos tótems de la economía global acerca de los países sobre los que pontifican; qué conocerán de su historia, sus instituciones, su cultura.

Por último, claramente visibles en la foto, se destacan dos argentinos. Gustavo Beliz recitó una vieja letanía anticapitalista escudándose en Roosevelt y en Borges; un manido artificio retórico. Si la deuda argentina es impagable, explicó, si la pobreza crece, es culpa de la «especulación». La Iglesia lo ha enseñado durante siglos: el problema es «la finanza», un blanco fácil y popular. Al menos ya no es «judía». Será así, ¿cómo dudarlo? Sin embargo, hay países con cuentas ordenadas, deuda sostenible, pobreza en fuerte disminución. ¿Eso ocurre porque los especuladores se olvidaron de ellos? ¿O lo que pasa es que hay países mejor gobernados que otros? Beliz concluye que «la democracia debe reinventarse». Abróchense los cinturones de seguridad: intolerantes a la democracia normal, los gobiernos peronistas siempre prometen algo mejor…

Dulcis in fundo, muy cerca del Papa aparece monseñor Sánchez Sorondo. Su presencia me sorprende, aunque sea el dueño de casa. Siempre pensé que Francisco, prudente y astuto, preferiría mantenerlo un poco alejado, evitar mostrarse asociado con él. De regreso de China, Sánchez Sorondo dijo que vio reinar allí la doctrina social de la Iglesia. Una barbaridad. Para sonrojarse. ¿Habrá leído algún un informe de Amnistía Internacional? También creí que sus burdas e infantiles homilías peronistas harían que el Papa tomara cierta distancia. De ninguna manera: yo estaba equivocado.

En conclusión: la economía mundial necesita reformas profundas, en eso hay consenso. Sobre qué reformas requiere, hay opiniones encontradas, es normal. No estoy seguro de que los reformadores reunidos por el Papa sean los mejores: hay medicamentos que curan y otros que matan. Valdría la pena escuchar a varios especialistas. ¿Y la Iglesia? Una vez enseñaba la palabra de Dios, hoy da clases de economía. ¿Será así?

publicado en La Nación, 12/2/2020

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