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La innovación política no es traición

Vicente Palermo

Dicen que tras la pandemia que asola al mundo nada será igual. Que la peste lo desestructura todo, en lo social, lo cultural, lo político. Tengo más dudas que certezas, al respecto. Pero, asumamos, lector, por un rato que esto es así.

Entonces, ¿qué nos impide pensar en que todo es posible también en la política argentina? ¿Usted se imagina, de aquí a menos de dos años, teniendo que elegir entre una derecha democrática, sí, pero reiterativa, cuya llama de creatividad se apagó con el fracaso de Juntos por el Cambio, y un peronismo democrático, sí, pero fagocitado por un kirchnerismo insaciable, camino de convertir a la Argentina en un páramo? Ni pensar.

En verdad, la Argentina está tan empantanada, y su política tan desencantada, que sólo la audacia podría sacarlas a ambas del atolladero. Algunos llaman traición a la audacia, pero ¿qué nos importa? Juguemos un poco con la imaginación: lo que se precisa es liderazgo, mucho liderazgo.

Liderazgo es autoridad sin autoritarismo; y aquí y ahora, liderazgo es equivalente a capacidad para sacudir lo que ya está desestructurado, maltrecho, deteriorado y hasta depravado – el sistema político argentino –, hasta que los materiales se reordenen dando lugar a algo nuevo, a una cosa que nos saque del letargo y de la penuria de sentido.

Los únicos que están en condiciones de consumar esta escandalosa traición creativa son tres personajes: Alberto Fernández, Horacio Rodríguez Larreta y Juan Schiaretti. La iniciativa es, cuando menos, verosímil, y debería, a mi juicio, partir de los dos primeros, no por mayor o menor valía personal, sino por ser conspicuos representantes de las dos alas del vetusto (actual) alineamiento político. Schiaretti debería acompañar, al unísono o como parte de un segundo movimiento en el nuevo tablero.

Si funciona (difícil, pero la Argentina está tan mal que cualquier cosa buena es muy difícil, y lo único fácil es no innovar y continuar en la ciénaga), podría configurarse (tomando en cuenta la capacidad de atracción de actores políticos y sociales) una coalición potencialmente ganadora. ¿Con qué programa? Bueno, el de un capitalismo próspero y de inclusión y equidad sociales.

Para ponerlo en fórmulas que el lector conoce: la “coalición exportadora” en la que viene insistiendo Pablo Gerchunoff haciendo tañir campana de palo; la “construcción institucional” que enfatiza Luis Rappoport desde la indigencia de recursos políticos del intelectual público. Fernández, Larreta, Schiaretti, podrían; ellos no son campanas de palo ni ratones de iglesia.

Serían capaces de conjugar bases sociales del mundo de los negocios con respaldos populares que estarían presentes al timón, presentes en serio, no solamente en las antiguas unidades básicas devenidas en terminales del clientelismo de las barriadas interminables del Gran Buenos Aires.

Para que una apuesta así nazca y se consolide, hará falta audacia y fortuna (pero la fortuna de Maquiavelo, o sea, aquella ayudada por la virtud de leer con clarividencia la situación y las posibilidades que ofrece). Y hará falta asimismo la emisión de señales de los tres actores en la escena imaginada.

Algunos ejemplos: Larreta debería señalizar una distancia más explícita con el registro neoliberal (sin apartarse del liberalismo político, si no no tiene gracia); Fernández, distanciarse del populismo jacobino y patibulario del kirchnerismo.

Tareas difíciles o muy difíciles. Pero hay que considerar que los agentes económicos están cansados de la depreciación que ha logrado el PRO actualmente existente del ideario dinámico de hace cinco años. Y que las masas populares están hartas del relato huero y los fuegos de artificio de los administradores de la pobreza. Desde luego, una movida como la que planteo desataría la madre de todas las tormentas. Sobre todo por su capacidad de atracción y de generar corrimientos (prefiero no dar ejemplos) tanto entre las huestes de Juntos como en las de Todos.

¿Se desestabilizaría así la presidencia de Fernández? Con una buena victoria electoral, no. El peronismo tiene tradición de fluctuaciones y recomposiciones y quizás llegue, para bien de la Argentina, la hora de realineamientos más perdurables. Por otra parte, los sabemos, si Fernández no va a la guerra, la guerra irá por Fernández, esto es más que obvio, así que mejor que elija el campo de batalla e intente mantener la iniciativa.

publicado en Clarín, 21/5/2020

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