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La irrefrenable pulsión suicida de jugar con fuego

Jorge Ossona

La historia no se repite nunca. Pero si de algo sirven las analogías que nos brinda es para tomar nota de errores recurrentes. La situación sustanciada en las PASO remite a la del 14 de mayo de 1989. Fue la fecha elegida por Alfonsín para celebrar las elecciones generales seis meses antes de la entrega del gobierno a su sucesor, el 10 de diciembre. Las razones eran desopilantes: una victoria exigua de Carlos Menem podía suponer alguna negociación superadora entre alfonsinistas y renovadores en el Colegio Electoral. Un cálculo totalmente disociado de la situación social y económica.

El Plan Primavera, ultima letanía del intento estabilizador del Austral, había sido saboteado tanto por aquellos que decían encarnar al «pueblo» como por «los mercados», que terminaron entrelazándose. Los últimos, mediante figuras emblemáticas del establishment, denunciando ante el FMI la inconsistencia de la estrategia antiinflacionaria oficial. Y los primeros, disponiéndose a demoler el prestigio del presidente haciéndolo irse «escupiendo sangre». Tal fue el sentido de augurar un dólar «recontra alto» y de jugar a la movilización final de los indigentes suburbanos.

El efecto de la maniobra desestabilizadora de enero en Washington fue deletéreo, como lo probó la devaluación del 6 de febrero. El BCRA cedió a las presiones devaluatorias y generó una volatilidad que abrió las puertas al infierno hiperinflacionario acechante desde hacía como poco 15 años. El candidato peronista triunfó holgadamente por efecto del voto castigo que la administración radical ya había recibido premonitoriamente en las elecciones de 1987.

Lo demás vino por añadidura: el nuevo país de la pobreza extrema estalló en medio de la anomia de los precios y Alfonsín debió resignar su cargo el 9 de julio. El nuevo gobierno peronista renunció al populismo económico del «salariazo» y la «revolución productiva», adoptando una versión reformista mucho más ortodoxa que la alfonsinista. Y sin restricciones, por la condición que le impuso a la administración saliente de aprobar en el Congreso sendas leyes de emergencia.

Hay analogías y diferencias entre aquella coyuntura y la actual. En mayo de 1989 ya había un gobierno electo de sustitución. Hoy ni siquiera; cosa que evoca una situación aún más grave, reveladora de la distancia entre la responsabilidad de la clase política y una realidad económica en la cornisa desde hace casi una década. Someter al país a un estrés electoral de casi un año no estaba a la altura de nuestras limitadas posibilidades materiales. A los costos de la elección en sí, se les suman las contingencias económicas a la vista.

Celebramos el lujo de una encuesta masiva disfrazada de primaria sin serlo: salvo algunas situaciones provinciales y locales, no se eligió absolutamente a nadie; aunque su resultado supuso un inmenso cisne negro de consecuencias impredecibles dada la eternidad que resta hasta la vuelta de octubre. En suma, el juego político de suma cero en medio de la crisis económica nos ha conducido nuevamente a una trampa peligrosísima; y ojalá que no mortal.

El día después de una derrota a manos del kirchnerismo ha llegado disparando con crudeza todos los demonios contenidos desde abril. En solo una jornada, el peso experimentó una devaluación de más del 25%, los valores argentinos se han derrumbado y ya se han registrado pérdidas indiscernibles de aquellas del memorable «golpe a la especulación» de febrero de 1989. Son indicadores que marcan el peligro cierto de un nuevo crash, como los de 1989 y 2001. El empobrecimiento de la sociedad argentina que se está incubando es monumental; e indudablemente tendrá consecuencias gravísimas en el corto y en el mediano plazo no bien la devaluación se extienda a los precios dada nuestra arquitectura productiva.

A los errores y la mala fortuna de la administración actual en 2018 se les sumarán los -hoy por hoy soterrados- de la anterior, que nos colocaron en más de una oportunidad al borde del abismo, como en 2014. Fue mérito de ambos evitar el desbarranco. Pero la Argentina parece gozar periódicamente el juego con una irrefrenable pulsión suicida. Falló en la dirigencia, una vez más, la conciencia de que desde hace una década venimos caminando sobre las brasas de un país estancado que oscila entre recesiones y reactivaciones de corto aliento.

Cuando en septiembre de 2008 estalló la crisis de LehmanBrothers, el presidente conservador saliente, George W. Bush y el demócrata electo, Barack Obama, concertaron una salida de emergencia descartando los fundamentalismos ideológicos. Algo parecido ocurrió en Brasil durante la transición de Fernando Henrique Cardozo a LuizInacio Lula da Silva. En ambos casos primó la responsabilidad patriótica sobre el interés general por encima de la puja facciosa, salvando a sus respectivos países de estrellarse. En el caso norteamericano, el esfuerzo evitó incluso una nueva depresión a escala planetaria como la de 1929, rápidamente disipada.

No está clara cuál será la estrategia del Gobierno para recuperarse, como promete, de acá a octubre. Una perspectiva que en modo alguno requiere prescindir de pactos de gobernabilidad básicos como los diez puntos enunciados hace apenas unos meses que el frenesí electoralista ha dejado en el olvido.

El peligro de un nuevo crash mientras tanto está ahí, acechante. De producirse, resulta, como poco, ingenuo pensar que habrá beneficiarios políticos inmediatos. Lo que sí está claro es que el fogonazo inflacionario disparará la desocupación y la pobreza a niveles peores que aquellos de 1989 y 2001. La coalición peronista victoriosa tampoco saldrá indemne: luce potencialmente inconsistente, e incuba tensiones internas que precipitarán y serán más difíciles de procesar que en una transición tranquila. Por lo demás, y más allá de los «destinos» de trágica memoria, ya no habrá empresas públicas que vender ni ningún prodigio salvador, como la supersoja de los 2000, sino una penuria que podría acotarse de evitar el cataclismo.

Pero de producirse como un sino trágico, el curso de los acontecimientos se les escurrirá entre las manos a todos, quedando a merced de los oportunistas providenciales, que no tardarán en aparecer. Esta vez reforzados por los riesgos de un nuevo autoritarismo que sepultará los últimos vestigios del consenso democrático de 1983. «Todos los incurables tienen cura hasta cinco minutos antes de la muerte», señalaba un Ricardo Balbín desesperado en marzo de 1976 ante la imposibilidad de un acuerdo que nos alejara de una pesadilla más honda que aquella que estábamos atravesando. Lo demás es sabido… Ojalá que la historia pueda asistir a nuestros dirigentes sobre las consecuencias de reincidir en otra pulsión fatídica.

publicado en La Nación, 15/8/2019

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