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La pandemia y los fantasmas del pasado

Luis Rappoport

La crisis del 2002 fue –hasta ese momento- la peor de la democracia reiniciada en 1983.

Hubo varias condiciones que explican la salida virtuosa de esa crisis, las principales fueron las siguientes.

La primera: había liderazgo político y ese liderazgo actuaba sin mezquindades, con cooperación para enfrentar la situación. Duhalde y Alfonsín tenían reconocimiento, dirigían con persuasión más que con coacción a sus respectivas fuerzas políticas y trabajaban en conjunto. El equipo de Duhalde –con humildad- consultaba con los economistas radicales.

La segunda: el ministro Jorge Remes Lenicov sabía a dónde iba, tenía un plan, lo ejecutaba y lideraba a un equipo técnico de excelente nivel.

No actuaban en un mundo ideal ya que las presiones de la sociedad complicaban la ejecución de cualquier plan y los consensos eran resultado de una interacción que no necesariamente era amable. Pero se había establecido un vínculo de confianza.

Contemos una tercera condición, que como todas las cosas implícitas era, quizás, la más importante: el consenso social sobre la democracia y sus instituciones, que –más allá de la derrota militar en Malvinas y del acto eleccionario- tuvo su punto fundacional en el Juicio a las Juntas Militares.

Para visualizar el peso de esa condición sería bueno imaginar una historia contrafáctica, en la que los líderes democráticos hubiesen debido enfrentar el desafío de militares ofreciendo, una vez más, una solución “mesiánica” a través de la interrupción de la institucionalidad democrática.

Cómo una sociedad y sus líderes procesan los crímenes del pasado es un tema central para construir el futuro. Posiblemente los dos caminos más importantes son: la “verdad” y la “justicia”, que luego habiliten un reencuentro para construir ese futuro.

El caso argentino fue incompleto en lo referente a los ’70 porque los indultos de Menem –si bien eran un intento de dar vuelta la hoja y mirar para adelante- no se condicionaron a un compromiso de militares y montoneros, de exponer a la luz pública sus archivos de los años de plomo.

La intervención posterior del gobierno de los Kirchner se pareció más a “venganza” que a “justicia”. Tal vez eso limitó que arrepentidos honestos echaran luz sobre el pasado. No se conoció toda la “verdad” y muchos padres y madres de “desaparecidos” llegan al fin de sus días sin saber cómo fueron los últimos padecimientos de sus hijos y dónde están enterrados sus restos.

Los años de plomo pasaron, los nuevos delitos no son comparables con aquel baño de sangre. Pero esos nuevos delitos traban la convivencia de la sociedad en un momento crítico. La pregunta actual es: ¿cómo construir consensos de cara al futuro, cómo replicar la experiencia de Duhalde y Alfonsín de aquellos años 2002 y 2003?

Hay profesionales con solvencia técnica para una tarea como la que cumplió Jorge Remes Lenicov con su equipo. Pero para ser eficaces, los actuales funcionarios deberían habilitar un canal de consultas con sus pares de la oposición.

¿Existe liderazgo que habilite esa interacción? Sí: los dos dirigentes legitimados por la población son, ni más ni menos que los dos ex presidentes Mauricio Macri y, aunque escondida, Cristina Kirchner.

Hay dos situaciones dilemáticas: la primera, cómo juntar a dos enemigos irreconciliables, la segunda, qué debería ocurrir con las causas judiciales de los Kirchner y ahora –eventualmente- los cargos contra el presidente Macri.

El hueso más duro de roer es el de la corrupción de los Kirchner, que acumula enormidad de pruebas y de maniobras dilatorias de abogados, fiscales y los jueces.

Hay un gobierno débil, que no puede enfrentar con eficacia la pandemia y la post pandemia, porque el presidente Alberto Fernández y todos sus funcionarios sean rehenes de la situación judicial de la vicepresidente. El espacio del Presidente y sus funcionarios depende de sostener las mentiras de esa década, aún cuando la corrupción del pasado pese sobre ellos mismos y sobre las instituciones de la república.

Los jueces, atentos a su propio interés, cómplices al fin, no van a emitir condenas contra la vicepresidente. Al mismo tiempo, como tienen pruebas apabullantes, se les dificulta emitir absoluciones. Sienten que buena parte de la sociedad los vigila, y –en su dependencia de los “poderes ejecutivos”- no saben quién va a ser su interlocutor en pocos años. Todo lleva a demoras de décadas y a la consolidación de la impunidad.

La solución a los dilemas es sencilla pero dolorosa: que los dos presidentes se presenten ante los jueces de la Nación donde se tramitan las causas y digan la “verdad” sin subterfugios procesales y con todo detalle, desde las escuchas y vigilancias de la AFI de ambos gobiernos hasta los bolsos, desde las inversiones para el blanqueo hasta los testaferros, desde las mentiras del Indec hasta los sobreprecios de la obra pública y sobre todo la explicitación del destino del dinero. Luego –si es el caso- la devolución del dinero mal habido. Las condenas tendrían que salir de inmediato y ser aceptadas sin apelaciones. El siguiente paso debería ser un indulto presidencial y el reconocimiento de los jueces y de la sociedad que la hija del matrimonio Kirchner no fue cómplice sino víctima. Será liberador: un “Nunca Más” a la corrupción.

Se habilitarán todos los puentes, la grieta se diluirá, reaparecerá la confianza en los líderes y en las instituciones. Y los dos ex presidentes serán reconocidos como estadistas que supieron enfrentar el peor momento del país y del mundo.

De ahí en adelante el debate argentino será sobre políticas públicas y, por lo tanto, sobre dilemas éticos que toda política pública incorpora. Por fin, se habilitará la planificación de largo plazo del futuro argentino con los consensos necesarios en una democracia con alternancias.

La alternativa a ese camino es, en lo inmediato, un gobierno y una oposición que enfrentan la peor catástrofe económica y social de la historia con las manos atadas. En el futuro continuarán las actuales tendencias de la sociedad: más pobreza y estancamiento, y más corrupción con la certeza de la impunidad. Se consolidarán las bases morales de una sociedad que retrocede.

Como suelen decir las Abuelas de Plaza de Mayo: “La verdad, aunque sea dolorosa, siempre es reparadora”.

publicado en Infobae, 15/7/2020

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