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La pobreza cero es posible

Omar Argüello

En su reciente paso por Buenos Aires XI Jinping declaró que en cuarenta años de reformas estructurales China sacó de la pobreza a 750 millones de personas y que el objetivo es erradicar la misma en el 2020. Por otra parte, las mediciones sobre el cumplimiento de los “Objetivos de Desarrollo del Milenio” (ODM) de las Naciones Unidas muestran que la pobreza en la población del conjunto de países en desarrollo pasó de 43,5  en 1990 a 17% en 2011 y 13,4% estimado para 2015.

A contramano de estos logros y de la fuerte tendencia descendente observada (sin desconocer la baja exigencia de su definición operatoria) nuestro país ve crecer la pobreza  hasta afectar a un 33% de los argentinos. Fruto de un proceso regresivo que se alimenta de una política inadecuada que, influida por una cultura enemistada con el desarrollo económico, hace un manejo equivocado de la economía.

Cultura que se va construyendo por una sumatoria de factores que se remontan a los tiempos en que fuimos colonizados por una potencia gobernada por reyes católicos enemigos de la modernización y el desarrollo económico: mientras los países influidos por la reforma luterana pronto llegan a la revolución industrial (Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo), España privilegia su relación con el Alto Perú donde obtiene la plata y el oro con lo que importa desde Inglaterra todo lo que su descuidado desarrollo económico es incapaz de producir. El cierre del puerto de Buenos Aires tiene otra influencia cultural importante, ya que como señala Carlos Nino en Un país al margen de la ley los productores deben recurrir al contrabando para concretar su función económica y de esa manera fomenta el desvío de sus obligaciones tributarias.

A fines del siglo XIX se suma un proceso que, sin proponérselo, agrega otro elemento malsano a nuestra cultura política: aprovechando sus recursos naturales y las posibilidades de exportación, nuestro país se convierte en la quinta potencia económica del mundo. Evento coyuntural que dura apenas unos años (hasta la Primera Guerra Mundial) pero que instala en los argentinos la creencia de que somos una nación rica y que estamos “condenados al éxito”, sin preocuparnos por construir una alternativa económica al modelo agroexportador. En lugar de esa construcción, los gobiernos que se van sucediendo (peronistas y no peronistas) se muestran poco amigos del capital productivo.

Todo esto frente a una intelectualidad progresista que en lugar de crear conciencia sobre la necesidad de una producción que permita distribuir genuinamente, se deja llevar por fantasías a las que bien puede aplicarse el juicio de Gramsci (referido a la relación entre Estructura y Superestructura en Cuadernos de la cárcel) cuando habla de un “infantilismo primitivo (al que) hay que combatir con el testimonio auténtico de Marx”.

Frente a la fuerza de esta cultura política los gobiernos (civiles y militares) que se suceden durante las últimas décadas, solo atinan a un “facilismo económico” (Aldo Neri dixit) que no se atreve a encarar una estrategia económica que vaya más allá del asistencialismo y los repartos corporativos. Erradicar la pobreza de nuestro país será posible cuando los gobiernos usen el Estado para: 1) incentivar inversiones con alta productividad capaces de generar riquezas y el pago de buenos salarios; 2) extraer de esa riqueza los recursos que necesita para cumplir con sus obligaciones sociales y de infraestructura; 3) asumir una política impositiva que grave la riqueza hasta el límite de no desalentar las inversiones; 4) organizar un sistema de recaudación que evite la evasión; y 5) garantizar paritarias, el respeto por las leyes laborales y el cuidado del medio ambiente.

Alarmarse por las ganancias de los empresarios es otro “infantilismo primitivo” a combatir, ya que los impuestos (único recurso genuino para financiar los gastos del Estado) son proporcionales a esas ganancias. Cuanto mayor sea la riqueza producida (y así controlada), mayor será la recaudación.

publicado en Perfil, 17/2/2019

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