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La prudencia, una virtud desafiada por el mensaje de Roma

José María Poirier Lalanne

¿Una nueva intervención política del papa Francisco? Si bien sabemos que no corresponde circunscribir su acción pastoral a los entuertos de nuestro país, sus palabras cobran una vez más esa extensión (¿aplicable o no?) entre nuestros compatriotas. ¿Corresponde que se refiera en este momento a la prisión preventiva y sus alcances?

En todo caso, lo más penoso es la lentitud de la Justicia en nuestros países y no la mera aplicación de una medida discutible. La presencia en Roma de un discípulo de Eugenio Raúl Zaffaroni -quien fuera juez de la Corte Suprema- como lo es el penalista Roberto Manuel Carlés, frustrada propuesta de la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner para reemplazo de su renunciante maestro, no hace sino aumentar el malestar ante los rumores de la intrusión papal en la compleja y delicada vida política e institucional argentina.

Escribe oportunamente en este diario Elisabetta Piqué: «En un discurso que pronunció ante juristas que participan de un Congreso Mundial de la Asociación Penal Internacional de Derecho Penal, en curso en Roma sobre el tema ‘Criminal Justice and Corporate Business’, al referirse a ‘abusos de poder sancionatorio’, Francisco mencionó este término inglés ( lawfare), muy utilizado recientemente para referirse a la situación de varios exgobernantes latinoamericanos como Lula da Silva o Cristina Kirchner, con procesos judiciales pendientes».

Por su parte, el periodista italiano Amedeo Lomonaco, de la Radio Vaticana, señala que el Papa en su discurso a los participantes en el Congreso afirmó que «el derecho penal no ha sido capaz de protegerse de las amenazas que, en nuestra época, pesan sobre las democracias».

Y que señaló dos aspectos importantes relacionados con la «idolatría del mercado» y los «riesgos del idealismo penal».

Agregó un tema caro a él: que la persona frágil está indefensa ante los intereses del mercado, y que, como afirmaba en su difundida encíclica Laudato si, algunos sectores económicos «ejercen más poder que los propios Estados»

Expresa Francisco: «Lo primero que los juristas deberían preguntarse hoy es qué pueden hacer con su propio saber para contrarrestar este fenómeno, que pone en peligro las instituciones democráticas y el mismo desarrollo de la humanidad. En concreto, el reto actual para todo penalista es el de contener la irracionalidad punitiva, que se manifiesta, entre otras cosas, en reclusiones masivas, el hacinamiento y las torturas en las prisiones, la arbitrariedad y el abuso de las fuerzas de seguridad, la ampliación del ámbito de la penalidad, la criminalización de la protesta social, el abuso de la prisión preventiva y el repudio de las garantías penales y procesales más elementales».

Y agrega: «El capital financiero mundial está en el origen de graves delitos no sólo contra la propiedad, sino también contra las personas y el medio ambiente. Se trata de criminalidad organizada responsable, entre otras cosas, del sobre-endeudamiento de los Estados y del saqueo de los recursos naturales de nuestro planeta».

Al referirse a las prisiones preventivas no parecería hablar de los detenidos vip en nuestro país ni de quienes gozan de privilegios políticos.

Eso vale para muchos detenidos de los que nadie se ocupa, como las mujeres encarceladas por ser «mulas», aunque estén en situación muy grave. Y tantos otros. Por su parte, el Papa insiste en la poca o inexistente atención que reciben los delitos más graves: la «macrodelincuencia de las corporaciones».

La prudencia señalaría la oportunidad de tomar distancia de estas opiniones en momentos en los cuales América Latina en general y la Argentina en particular atraviesan momentos particularmente delicados y conflictivos.

Sin embargo, todo indicaría que nada puede cambiar el rumbo de Bergoglio, hombre acostumbrado a marcar su propio derrotero sin tener demasiado en cuenta otros factores.

¿Es acaso Francisco un jurista? ¿Tiene que ver su misión religiosa con estas declaraciones? No faltan quienes se preguntan si no le alcanzan los problemas que ya ocupan a la Santa Sede, que no son pocos y no están resueltos.

¿A dónde apuntan sus intromisiones? ¿Deberá la Iglesia luego arrepentirse como sucedió, en muchas otras ocasiones, por ejemplo con la condena de Galileo Galilei; o con la intervención política de Bonifacio VIII, que, tras alentar la renuncia de Celestino V, provocó el destierro florentino del autor de la Divina Comedia? Eso será, en todo caso, tema de historiadores y literatos.

publicado en La Nación, 16/11/2019

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