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Las cuatro reformas por venir

Guillermo Rozenwurcel

La ofensiva cristinista que afectó seriamente la ya escasa credibilidad del Presidente, terminó repercutiendo sobre la autoridad de la Vice. La recomposición de gabinete que, sólo por ahora, puso fin a la crisis del oficialismo producto de su derrota electoral, terminó instalando al peronismo “real” (de gobernadores e intendentes) al frente no sólo del gabinete nacional sino también de la provincia de Buenos Aires, para intentar revertir en las elecciones de noviembre, aunque sea parcialmente, la aplastante derrota sufrida en las primarias.

La decisión de profundizar las políticas que venían ensayándose para poner más dinero en el “bolsillo de la gente”, como si esa fuera la manera de revertir la derrota, parece ignorar sus causas profundas: los sectores pobres están agobiados por su situación económica, pero ya no se conforman con los planes, ni los que trabajan por menos que el dinero que ofrecen esos planes, ni muchos de quienes los reciben, que esperan volver a trabajar. Además, están preocupados por la inseguridad y reclaman el restablecimiento del orden.

Sin embargo, el relanzamiento del gobierno con un nuevo gabinete, cuya permanencia después de las próximas elecciones es una incógnita, no puede dar por seguro un mejor resultado en noviembre.

Para que en los próximos dos meses la expansión monetaria (posible la maniobra contable realizada con los DEGs otorgados por el FMI) llegue al bolsillo de la gente, el gobierno deberá intentar, por todos los medios, postergar sus efectos sobre la inflación y las presiones sobre el dólar mediante los escasos instrumentos de que dispone: la prolongación de los controles de precios y el reforzamiento del cepo cambiario.

De fallar, las consecuencias sobre inflación, reservas y depósitos bancarios pueden acelerar la crisis económica. De lograrlo, de todos modos, las consecuencias del rumbo elegido se harán sentir en los dos años que faltan hasta las elecciones presidenciales.

La posibilidad de que entonces el país cambie de rumbo son demasiado inciertas en un país donde veinticuatro meses son una eternidad.

Además, los antecedentes del gobierno de Cambiemos no aseguran que su triunfo garantice un mejor desempeño en materia económica y social.

En efecto, es preciso reconocer que, mientras dispuso de financiamiento externo, el gobierno de Macri no mostró en ninguno de ambos frentes una política demasiado diferente a la precedente: hasta que se quedó sin reservas eludió avanzar en el ajuste fiscal (sólo lo hizo, aunque apenas parcialmente con las tarifas públicas), no puso en marcha ninguna de las reformas estructurales pendientes y aumentó expresivamente las transferencias a los movimientos sociales y las provincias para mantener una cierta paz social.

Si se mira para atrás, puede decirse que la grieta discursivamente instalada por el kirchnerismo, de la que venimos hablando sin descanso desde la crisis del campo en 2008, no es tal cuando se trata de juzgar, más allá de la retórica, el posicionamiento a través del tiempo de los principales partidos políticos.

Tanto el peronismo como el no-peronismo abrazaron retóricamente posturas neo-liberales con el menemismo y el macrismo (pese a que en los hechos, mientras pudieron, ambos hicieron populismo), en tanto que se bandearon al progresismo con la Alianza (que poco pudo hacer asfixiado por la Convertibilidad) y el kirchnerismo (que aprovechó el boom de las commodities para llevar el populismo a su máxima expresión).

De hecho, aunque por cierto con muchísimos vaivenes, desde mediados de los 70’s la trayectoria económico-social no se modificó sustancialmente.

La declinación productiva y la caída del ingreso per cápita fueron persistentes, lo mismo que el desempleo estructural y la informalidad. Somos una economía cada vez más cerrada, que no exporta y se volvió totalmente dependiente del financiamiento externo, que no tiene más remedio que recurrir al FMI cada vez que las divisas se agotan. La pobreza y la exclusión aumentaron sostenidamente.

La alta inflación reapareció luego del paréntesis de la Convertibilidad. La distribución de ingresos empeoró de manera significativa.

Mientras los excluidos aumentaron hasta ser hoy casi la mitad de la población y los sectores medios se empobrecieron, los más ricos ponen sus ahorros y su capital en el exterior, a resguardo de la extrema incertidumbre que se vive en el país.

Si se aspira a intentar, al menos, romper esta trayectoria es preciso pensar un proyecto económico y social modernizante y redistributivo, adaptado a las condiciones de un país que hace rato dejó de ser próspero y capaz de superar el anacronismo de las políticas ensayadas desde el regreso a la democracia.

Ese proyecto, que hoy ningún sector político plantea, debe proponer una estrategia de desarrollo sostenible, articulada con una política de estabilización que normalice la macroeconomía, hoy totalmente desmadrada.

Implementar un proyecto semejante llevará inevitablemente varios períodos presidenciales. Tendrá costos y, en buena medida estos se sufrirán antes que se generen beneficios significativos.

Por esto es imprescindible que esa estrategia, aunque pueda variar en sus matices y énfasis, sea compartida por las dos coaliciones que tienen posibilidades reales de alternarse en el ejercicio del poder.

El conjunto de acuerdos mínimos sobre los que debería basarse la cooperación entre ambas fuerzas políticas debe incluir al menos cuatro cuestiones: reforma educativa, del mercado de trabajo, previsional y del federalismo fiscal. No hay demasiado margen para el optimismo, pero a mi juicio no hay otra salida.

publicado en Clarín, 30/9/2021

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