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Lecturas: Las muchas vidas de Eric Hobsbawm

Luis Alberto Romero

A  juzgar por la cantidad de traducciones de sus libros, Eric Hobsbawm (Alejandría, 1917-Londres, 2012) probablemente sea el historiador más conocido del mundo. Varias generaciones de practicantes de la historia se han formado con ellos. Sus obras más difundidas integran una suerte de tetralogía: La era de la revolución (1962), La era del capital (1975), La era del imperio (1987) y La era de los extremos. Historia del siglo XX (1994). Lo que resultó una historia muy coherente de Europa y el mundo europeizado desde el siglo XVIII a la actualidad no surgió de un plan sino del encadenamiento de rotundos éxitos editoriales y de demandas por “la continuación”.

Respetado y discutido por los historiadores, Hobsbawm construyó un extenso público de lectores, que aprecian las síntesis históricas rigurosas, fundamentadas y bien escritas. Eric aprendió a hacerlo enseñando en una universidad para adultos, leyendo vorazmente todo tipo de libros y escribiendo en los diarios de manera casi obsesiva.

El marxismo fue la base de su análisis y de la narrativa que sostiene sus obras; pero lo usó de manera cada vez más libre y evitó toda formulación que no se sustentara sólidamente en los hechos. Buscó las conexiones antes que las determinaciones. Formuló tesis sólidas e hipótesis contundentes y provocadoras. Combinó la generalización con anécdotas o viñetas sugerentes, que convertían lo teórico en vida histórica viviente. Finalmente, volcó todo eso en un lenguaje claro y elegante. En suma, fue un maestro de la síntesis, uno de los grandes géneros de la historia.

Al final de su vida, Hobsbawm fue tentado a escribir una autobiografía que tituló Años interesantes (2002). Tiene todos los sesgos, olvidos y pequeñas tergiversaciones de cualquier reflexión autobiográfica; en su caso, fue la ocasión para el ensañamiento de sus críticos, de derecha e izquierda.

Otro destacado historiador inglés, Richard Evans (1947), autor de una importante historia del Tercer Reich, le acaba de dedicar ahora una biografía: Eric Hobsbawm. Una vida en la historia. En el extenso volumen, se preocupa por reconstruir, paso a paso, la mirada del historiador y los ambientes en que se formó y se desarrolló su perspectiva. Entre la vasta documentación revisada se encuentran los informes sobre Hobsbawm del MI 5, el servicio de inteligencia británico, que le siguió los pasos durante treinta años porque el historiador fue toda su vida un afiliado al Partido Comunista británico.

Se hizo comunista a los 16 años, en Berlín, en 1933, poco antes de que los nazis destrozaran a los comunistas. Esa experiencia inicial, muestra Evans, selló su identificación, casi tribal, con el marxismo y con el Partido. Desde 1956, cuando la URSS invadió Hungría, la posición de Hobsbawm fue muy crítica. Pero no acompañó a los intelectuales que renunciaron a su afiliación –entre ellos sus colegas Christopher Hill, Edward P. Thompson y Rodney Hilton– y optó por seguir desde dentro su lucha contra la línea partidaria dominante. Resistió tozudamente las presiones disciplinadoras de la dirección –deliciosamente reconstruidas por Evans gracias a las grabaciones del MI 5– hasta que el Partido optó por ignorarlo.

Desde entonces Eric vivió su vida libremente. Se movió en el incipiente mundo de la New Left (Nueva izquierda), donde encontró a trotskistas como Isaac Deutscher, y en ambientes mixtos, como la revista Past and Present, y se convirtió en referencia de la nueva historiografía británica. Excelente polemista, en todos estos ámbitos generó amplias discusiones, desde el nivel de vida de los nuevos trabajadores industriales a la Revolución francesa o el nacionalismo contemporáneo.

Su fondo marxista, que lo alejó de las modas posmodernistas y de la “corrección política”, se manifiesta en su concepción progresista de la historia y en una pregunta que guió su acción pública: ¿cómo cambiar el mundo? Así tituló en 2011 uno de sus últimos libros. A lo largo de su vida las respuestas oscilaron entre los dos polos clásicos: la revolución y la reforma.

Pero su verdadera pregunta era otra: ¿quién sería el protagonista de los cambios? En 1936, con 19 años, asistió en París a una manifestación del triunfante Frente Popular, con obreros marchando con el puño izquierdo en alto. Allí estaba el sujeto clásico del marxismo, la clase obrera, a la que dedicó sus primeros estudios importantes. Promediando su vida, en mayo de 1968 vio en París una revolución impulsada por los estudiantes, mucho más imaginativos que los sindicatos. Por entonces comenzaba a percibir borrosamente otro sujeto revolucionario: estudiantes, hippies, pacifistas, defensores de los derechos civiles y otros grupos de inconformistas. También vislumbró sus precursores prepolíticos: los “rebeldes primitivos” del siglo XVIII, y los “bandidos rurales” del XIX, sobre los que escribió un par de libros muy exitosos.

Desde la Revolución cubana –cuyo desarrollo siguió con moderado entusiasmo– comenzó a frecuentar América Latina, donde los campesinos andinos comenzaban a movilizarse, pero a mediados de los años setenta la ilusión se había desvanecido. A principios de los noventa, con la consolidación del thatcherismo, retomó la idea de un frente popular y democrático, basado, no ya en una clase obrera que se desintegraba, sino en los sectores medios cultos y en los intelectuales progresistas, que ayudó a convocar desde el Nuevo Laborismo de Tony Blair. Otra desilusión.

Por entonces, el pesimismo superaba al optimismo, como se advierte en su Historia del siglo XX. La implosión de la URSS y del “socialismo real” cuestionó sus convicciones; la emergencia de los nacionalismos en Europa, unidos a las limpiezas étnicas y la tortura, lo convencieron de que el mundo había perdido el sentido y se instalaba la barbarie. Denunció los nuevos peligros en otro libro devenido clásico: Naciones y nacionalismo (1991). Todo, sin renunciar nunca a ese comunismo imaginado en su temprana juventud, que ya no existía pero que seguía siendo su guía.

Así, su agenda de investigación, traducida en libros exitosos, se desarrolló a la par de sus experiencias políticas y de su creciente conocimiento del mundo, fruto de las invitaciones que recibía de los cuatro rincones. Disfrutó de los viajes, conociendo realidades extrañas pero no ajenas a sus preocupaciones. Siguió generando controversias, a derecha e izquierda, pero el establishment académico británico lo aceptó. Se incorporó a las instituciones más tradicionales, participó de sus rituales e hizo nuevos amigos, sin perder nunca –subraya Evans– su perfil de outsider. Recrear esos mundos tan distintos, entre los cuales transcurrió su vida, es uno de los mejores logros de esta biografía de Hobsbawm en la historia.

publicado en La Nación, 4/9/2021

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